Música para una banda sonora vital – Eisenstein en Guanajuato (Peter Greenaway, 2015)

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La Danza de los caballeros del ballet Romeo y Julieta, compuesto por Sergei Prokofiev en el verano de 1935, adquiere enorme protagonismo en la última y gozosa extravagancia de Peter Greenaway, titulada Eisenstein en Guanajuato (2015).

Con un tono que combina tragedia y parodia, belleza y humor, irreverencia y barroquismo, enfermiza verborrea con profunda sensibilidad visual, culto a la cinefilia, crítica política y mucha sorna y cachondeo, la película, excesiva y abigarrada pero sin un solo fotograma de desperdicio, aborda la estancia durante más de un año del célebre cineasta soviético en el país en el que, fascinado por la festividad del Día de los Muertos y por sus complejos rituales religiosos y funerarios, mezcla de catolicismo y sincretismo indígena, filmó, entre otras obras, el material que décadas después Grigori Aleksandrov montaría para conformar la película ¡Que viva México! (1979). Se da la curiosa circunstancia de que este viaje, emprendido desde el fugaz paso de Eisenstein por Hollywood, tuvo lugar en 1931 y que la composición de la pieza musical con que es recibido, precisamente esta de Prokofiev, no se encargó hasta 1934. Sin embargo, dada la particular concepción del tiempo y de las relaciones causa-efecto que ofrece la película, no es descartable que Greenaway, si es que reparó en ello, se pasara el desajuste de fechas justamente allí por donde Eisenstein pierde la virginidad en el filme, momento que se muestra con todo lujo de detalles (y no hablamos de la geografía mexicana, precisamente).

Una pequeña incongruencia que no resta un ápice de fuerza ni a la partitura del maestro ruso (hoy ucraniano) ni al poderoso virtuosismo visual y verborreico de esta película de Greenaway, igual de excesiva pero mucho más potable y disfrutable que otros pomposos y ególatras títulos del director de Newport.

Vidas de película – Leslie Howard

En este caso, habría que titular la sección Muertes de película (sería sin duda más curiosa y más “exitosa” de lo corriente).

Leslie Howard Stainer forma parte del club de ilustres cineastas e intérpretes hollywoodienses de ascendencia húngara, si bien nació en Forest Hill, en un distrito de Londres, en 1893. De empleado de banca y actor de teatro en sus inicios derivó en los años 30 en una de las máximas estrellas del cine, archiconocido a nivel mundial, fama y repercusión que alcanzarían la inmortalidad al dar vida a Ashley Wilkes en Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, Victor Fleming-David O. Selznick, 1939).

Antes de eso, su carrera durante los años 30 fue una continua sucesión de éxitos. Desde La llama eterna (Smilin’ through, Sidney Franklin, 1932), con Norma Shearer y Fredric March, La plaza de Berkeley (Berkeley square, Frank Lloyd, 1933) y la versión que George Cukor dirigió de Romeo y Julieta en 1936 hasta el cuarteto de sus películas más populares o recordadas de esa década junto a la epopeya sureña de Selznick, La pimpinela escarlata (The scarlet pimpernel, Harold Young, 1934), rodada en Gran Bretaña junto a Merle Oberon, la magistral Cautivo del deseo (Of human bondage, John Cromwell, 1934), junto a una excepcional Bette Davis, El bosque petrificado (The petrified forest, Archie L. Mayo, 1936), de nuevo con la Davis y con Humphrey Bogart, y Pigmalión (Pygmalion, 1938), codirigida por el actor junto a Anthony Asquith.

El año de su consagración protagonizó además la versión norteamericana de la cinta sueca de Gustaf Molander Intermezzo (Gregory Ratoff, 1939), primera cinta americana de Ingrid Bergman, y comenzó los cuarenta dirigiendo dos películas, una secuela moderna de La pimpinela escarlata y la biografía de un famoso diseñador aeronáutico de la época.

Paradójicamente, el 1 de julio de 1943 el actor viajaba en un avión que cubría la ruta Londres-Lisboa cuando éste fue atacado y derribado por la aviación alemana. Al parecer, los alemanes creían que a bordo se encontraba el Primer Ministro británico Winston Churchill camino del norte de África. No hubo supervivientes.

Mis escenas favoritas – West side story

Conocido es que al promotor de esta humilde escalera el musical no le eriza los pelos precisamente. Sabido es también que hay escasas pero importantes excepciones a esta regla sumarísima. West side story, incalculable compendio de la suma de los talentos de los directores Robert Wise y Jerome Robbins, de ese pedazo de genio de la música llamado Leonard Bernstein, del grandísimo guionista Ernest Lehman y de actores y bailarines pluscuamperfectos como Natalie Wood, Rita Moreno (Oscar en 1961) o George Charikis, revisitación de Romeo y Julieta en el West side neoyorquino y con traje y corbata sesentero en lugar de los leotardos típicos de la Verona del Renacimiento, es por derecho propio la primera excepción (o la segunda, que por ahí anda Cantando bajo la lluvia) a la regla de esta escalera de tirar los musicales por su hueco. Esta escena hace mover los pies, provoca una sonrisa, un puntillo de orgullo hispanoamericano y una enorme frustración para quienes, como quien escribe, a la hora de bailar tienen dos pies izquierdos… Muchas son las escenas inolvidables de esta cinta: la pelea de bandas, María… Por más reservas que se tengan hacia los musicales, esto es otra cosa.

Música para una banda sonora vital – The Cardigans

Erase and rewind, del grupo sueco The Cardigans, bastante prolífico en lo que a participaciones en bandas sonoras se refiere (como con Lovefool en la postmoderna versión de Romeo y Julieta perpetrada por Leonardo di Caprio y Claire Danes), es lo más recuperable de Nivel 13, en un principio, interesante, y finalmente aparatosa, absurda y bastante tonta película de ciencia ficción y realidades virtuales, casi peor que Matrix, que ya es decir. La película, dirigida por Josef Rusnak en 1999 y que tiene en Vincent D’Onofrio a su intérprete más conocido, es una intriga a caballo de un mundo virtual de 1937 y la actualidad y logra convertirse en una sandez de tamaño industrial, con un guión sostenido no con alfileres, sino con cerillas chinas, que gira en torno a la muerte en extrañas circunstancias de un magnate de una empresa de programación informática y para cuya investigación su socio y discípulo debe introducirse en los diferentes mundos paralelos. Lo dicho, el resultado, partiendo de una idea interesante, traspasa los límites del ridículo más espantoso.

Preferimos quedarnos con la música de este grupo sueco, y sobre todo con la cantante, Nina Persson, que está para invitarla a un café, o para protagonizar con ella una de esas españoladas sobre la seducción playera de suecas que Alfredo Landa y José Luis López Vázquez elevaron a la categoría de lamentable clásico sociológico.