Mis escenas favoritas: El hombre que pudo reinar (The man who would be King, John Huston, 1975)

La justicia imperial, protestante y blanca (“no somos dioses; pero somos ingleses, que es casi lo mismo”), llega a los pueblos atrasados y oprimidos del Asia Central en esta maravillosa película de John Huston, basada en la historia de Rudyard Kipling, probablemente la más hermosa, y sustanciosa, película de aventuras que se ha hecho jamás. Un proyecto que Huston intentó levantar en distintas décadas (con Clark Gable y Humphrey Bogart, con Kirk Douglas y Burt Lancaster, con Paul Newman y Robert Redford) y que vio la luz en el momento justo con Sean Connery y Michael Caine. Una película que todo contertulio y periodista debería ver antes de ponerse a opinar sobre todo lo que ha ocurrido, y sigue ocurriendo, en aquella zona del planeta desde septiembre de 2001, y aun antes.

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Amistad y aventuras coloniales: Gunga Din (George Stevens, 1939)

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Inspirada en un poema de Rudyard Kipling, Gunga Din, otra obra mayor de la “quinta” del 39 (una de las mejores cosechas de la historia del cine la de aquel año) dirigida en esta ocasión por George Stevens (uno de los grandes directores del cine clásico más olvidados con el paso del tiempo), parte de una premisa compartida con el western clásico, si bien convenientemente traducida al entorno de la India colonial de la era victoriana: tres sargentos británicos unidos por una estrecha amistad, Cutter (de nombre Archibald, como el nombre de pila real del actor que lo interpreta, Cary Grant), MacChesney (Victor McLaglen) y Ballantine (Douglas Fairbanks, Jr.), son enviados con su destacamento hasta una aldea al norte de su campamento para reparar la línea de telégrafo cortada por los Estranguladores, una secta religiosa de adoradores de la diosa Kali que pretende expulsar a los británicos de la India. Así, los británicos desempeñan el mismo papel que tradicionalmente corresponde en los westerns a la caballería americana, mientras que  los indios de la India ocupan en la historia la posición de los indios de Norteamérica. Es decir, que nos encontramos con un retrato de la vida militar en la India del siglo XIX que alterna las columnas de soldados que recorren un paisaje que apenas oculta la amenaza de un enemigo hostil con el retrato costumbrista de la vida en un cuartel, incluida la ineludible secuencia que transcurre en un baile de sociedad.

Una vez superado ese punto de partida, la película ofrece otros aspectos de mucho mayor interés. El principal, la presencia de un humilde, sencillo e ingenuo aguador de las tropas, Gunga Din (Sam Jaffe), que sueña con enrolarse en las filas británicas para convertirse en soldado de Su Majestad. Y, por supuesto, las distintas pruebas a las que se somete la amistad a tres bandas de los sargentos, cada uno con sus distintas aspiraciones: la de Cutter, encontrar un tesoro y hacerse rico; la de Ballantine, casarse con su prometida, Emmy (Joan Fontaine, en uno de los papeles más insulsos y una de las interpretaciones más sosas de su carrera), y abandonar el servicio; y la de MacChesney, que no es otra que sujetar a sus amigos en la unidad para no perderlos y no sentirse solo y desamparado sin ellos. Todo ello, acompañado de las correspondientes escenas de acción y lucha, las más modestas, las que recogen peleas “de borrachera” entre soldados o cuerpo a cuerpo contra indios rebeldes, filmadas con notable torpeza y risible resultado; las más complejas, las que incluyen movimiento de los ejércitos y evolución de los personajes en escenarios o exteriores repletos de matices, rodadas con mucho mayor brío, talento y emoción y sin dejar de lado el suspense.

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De este modo, la lectura superficial de la película contiene en sus 117 minutos grandes dosis de amistad (con un tono irónico y humorístico que proporciona un buen puñado de momentos estimables, como la secuencia del ponche en el baile de celebración del compromiso) y acción (con la excelente secuencia del combate por los tejados del pueblo, estupendamente precedida del suspense de la eliminación uno por uno de los centinelas), con apuntes de cine de aventuras (la fuga de Cutter que Gunga Din propicia y su descubrimiento del templo de oro donde se oculta el enemigo, el cruce del puente colgante…) y toques románticos (la relación de Ballantine y Emmy, la lucha de él por mantenerse ligado a sus amigos y a la milicia y la de ella frente a los otros sargentos por apartarle de todo eso). Tratándose de Kipling y de un guión escrito y reescrito por ocho manos distintas, entre las que se incluyen los grandes Ben Hecht y Charles MacArthur, estos extremos quedan reflejados con suficiencia, si bien el paso del tiempo ha afectado a no pocas de las bromas y al tratamiento de algunas secuencias de acción que han quedado irremisiblemente envejecidas. La espléndida fotografía en blanco y negro, la inolvidable música de Alfred Newman, con influencia de las típicas fanfarrias militares, y la presencia periódica de las gaitas escocesas, terminan de conformar una atractiva atmósfera para la aventura propia de las grandes historias.

Pero, igualmente, tratándose de Kipling, cabe esperar un relato que ensalce las bondades del Imperio británico, así como la condición de la India como la primera y principal de sus colonias, la joya de ese Imperio (la reina Victoria se hizo así coronar Emperatriz de la India). Continuar leyendo “Amistad y aventuras coloniales: Gunga Din (George Stevens, 1939)”

Música para una banda sonora vital – I wanna be like you

Tema optimista, lleno de vida, de simpatía, de afabilidad, de las cosas que importan, para, desde aquí, mandar una gran mierda virtual -la real, ya les llegará- a todos los que intentan día a día jorobarnos la vida con su pesadez, su estupidez, su incompetencia o su simple presencia: los banqueros, los políticos, los sectarios, los borregos, los fanáticos religiosos, los nacionalistas nazi-onanistas, los analfabetos funcionales pegados a maquinitas de pantallitas y botoncitos, los entrenadores portugueses, los fashion-delanteros portugueses, las agencias de (des)calificación, los que otorgan premios estúpidos, los que acuden a recibirlos, los periodistas propagandistas, los matones de patio de colegio, los palurdos de la caverna mediática, los incultos que confunden prosperidad con hacer dinero, los actores y actrices monigotes, los directores de academia que no leen libros y que por eso nunca serán cineastas, los músicos y cantantes hechos con molde, los cocineros que deconstruyen, los modistos que no modelan, los escritores que copian, los escritores que no saben escribir porque no saben pensar porque no saben leer…

Porque la vida sigue siendo bonita cuando vosotros no estáis, no salís, no os nombran ni os buscan ni os retratan ni hablan de vosotros. Es bonita gracias a gente como tú, que madrugas cada mañana para trabajar o para hacer la cola del paro, que cuidas de tu gente, que no haces daño a nadie, que todavía conoces conceptos como la vergüenza, la piedad, la compasión, el altruismo o el desinterés, que te enamoras y te dan calabazas o que tienes suerte y te retrasan el momento días, semanas, meses o incluso años, que vives por y para los tuyos, que ríes y sueñas con trabajo y pundonor, que construyes, creas, piensas, sientes y anhelas, que miras y sabes ver, que lees y entiendes, que escuchas y disciernes, que disfrutas con tus amigos o en la soledad de tu pensamiento y tu reflexión. Que sigues siendo persona y no consumidor de productos, ideas, modas, películas, videojuegos o panfletos. Para ti, esta canción. Porque, amigo o amiga, I wanna be like you [de El libro de la selva (The jungle book, Wolfgang Reitherman, 1967), lejana -y ligera- adaptación de Rudyard Kipling made in Walt Disney].

A los demás, a los parásitos, a la morralla, como decía el gran Antonio Ozores, que les vayan dando…

Cine en fotos – El hombre que pudo reinar

Aprovechamos unas fotografías del rodaje y del estreno de El hombre que pudo reinar (The man who could be king, John Huston, 1975) para invitar a nuestros queridos escalones a una nueva sesión del III Ciclo Libros Filmados, que tiene lugar en Fnac Zaragoza-Plaza de España.

El hombre que pudo reinar es posiblemente la película de aventuras más hermosa de todos los tiempos. Poética, trágica, evocadora, que aúna acción, historia, pasión, exploración e incertidumbre. Una magnífica película que ofrece en distintos niveles reflexiones acerca de, por ejemplo, la naturaleza de la amistad y de la lealtad personal, o sobre el fenómeno colonial del periodo que retrata (segunda mitad del siglo XIX en la India británica) o del momento de la filmación (en el final de la guerra de Vietnam y en plena conclusión del gran periodo descolonizador de los años 60 y 70).

III Ciclo Libros Filmados
3ª sesión: martes, 27 de marzo de 2012
El hombre que pudo reinar, de John Huston, basada en la obra literaria de Rudyard Kipling.
– 18:00 h.: proyección
– 20:10 h.: coloquio


Sean Connery, Shakira Caine y su esposo, Michael.

Mucho más que cine de aventuras: El hombre que pudo reinar

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El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente (Lord Acton, 1834-1902).

Probablemente sea ésta la película de aventuras más hermosa y trepidante de todos los tiempos, uno de los máximos exponentes de arte cinematográfico como compendio de entretenimiento, diversión y contenido didáctico, intelectual, dramático y emocional. Y sí, la forma es, mucho más perfeccionada que en su habitual rincón de la serie B, la de cine clásico de aventuras en una fecha tan tardía para él como 1975, no pudiendo ser de otra manera tratándose del autor que adapta, el inmortal escritor indio probritánico Rudyard Kipling. Pero el fondo, la historia que subyace tras las peripecias de dos aventureros y vividores que hacen del trapicheo, el timo y la cara dura su medio de vida, es tan antigua, tan grande, tan abismal y tan profundamente humana, que conecta lo que en apariencia es mera crónica de un viaje de descubrimiento y conquista de un país desconocido con una magistral introspección hacia el interior de las contradicciones, ambiciones, complejos, dignidades, frustraciones, bajas pasiones y debilidades del alma humana.

Película imposible de no haber sido rodada por John Huston, director capaz tanto de la mayor de las excelencias cinematográficas (filmografía impresionante como pocas: El halcón maltés, El tesoro de Sierra Madre, Cayo Largo, La jungla de asfalto, La reina de África, Moulin Rouge – la buena -, Moby Dick, Vidas rebeldes, La noche de la iguana, Fat city: ciudad dorada, El juez de la horca, El hombre de Mackintosh, El profeta del diablo, El honor de los Prizzi o Dublineses, por citar las más comunes), como de dejarse seducir inexplicablemente por la mayor de las mediocridades, incluso imitándose o plagiándose a sí mismo (Medalla roja al valor, La burla del diablo, Sólo Dios lo sabe, La Biblia, Casino Royale – no obstante, la buena – Annie o Bajo el volcán), sólo un cineasta poseedor del mismo espíritu inquieto, inconformista, un tanto anárquico, errabundo y desencantado, podía lograr filmar esta obra maestra de 129 minutos. No en vano estuvo dándole vueltas al proyecto durante décadas, reescribiendo y readaptando, cambiando múltiples veces de reparto según pasaba el tiempo (de Humphrey Bogart y Clark Gable a Robert Redford y Paul Newman, pasando por Burt Lancaster y Kirk Douglas), hasta que finalmente pudo llevarla a la pantalla con Sean Connery y Michael Caine (a sugerencia de Newman, que al rechazar el papel había comentado la conveniencia de que los personajes fueran interpretados por británicos).

La historia, adaptada por el propio Huston a partir de la obra de Kipling, nos sitúa en la India británica, joya de la Corona de la reina Victoria, autoproclamada emperatriz de la India, en la cúspide de la dominación británica sobre el país, 1880, para mayor gloria y admiración del escritor indio, un auténtico entusiasta de esa idea, en el fondo paternalista y racista, que dominó durante décadas la política exterior británica, imperialista y violenta, enunciada con la expresión “hacer del mundo Inglaterra”. En ese contexto geográfico y político, Peachy Carnehan (Michael Caine) y Danny Dravo (Sean Connery), antiguos casacas rojas de un regimiento de fusileros de Su Majestad, sobreviven en el país como pueden, ya sea con sesiones de falsa magia para incautos, ya con rocambolescos negocios de tráfico de armas o de mercancías exóticas. Sus constantes idas y venidas, sus viajes continuos, les llevan a tener noticia de las leyendas que señalan en lejano reino de Kafiristán, más allá del Himalaya, como lugar de fastuosas riquezas, de tesoros incalculables, un Eldorado en las planicies del Asia central. Continuar leyendo “Mucho más que cine de aventuras: El hombre que pudo reinar”

Mis escenas favoritas – Gunga Din

Clásico entre los clásicos del cine de aventuras, Gunga Din, dirigida por George Stevens en 1939 (excepcional cosecha cinematográfica la de aquel año), adaptación de la obra del escritor indio pro-imperio británico Rudyard Kipling protagonizada por Cary Grant, Douglas Fairbanks Jr. o Victor McLaglen, entre otros, contiene este memorable final, el del porteador de agua que siempre quiso ser soldado, vestirse de uniforme y desfilar, salvando a un regimiento de la emboscada que le han tendido los adoradores de la diosa Kali y que amenazan el dominio británico en la India. Inolvidable escena que tiempo después parodiarían magníficamente Blake Edwards y Peter Sellers en El guateque.