Diálogos de celuloide – Pierrot el loco (Pierrot le fou, Jean-Luc Godard, 1965)

pierrot_39

FERDINAND (PIERROT): ¿Qué es el cine?

SAMUEL FULLER: La película es como un campo de batalla… Amor… Odio… Acción… Violencia… Muerte… En una palabra… Emoción.

Pierrot le fou. Jean-Luc Godard (1965).

POR MUCHOS AÑOS MÁS DE EMOCIONES

 ¡¡¡FELIZ AÑO NUEVO!!!

Frankensteins

Ese otro cine español: Apartado de correos 1001 (Julio Salvador, 1950)

apartado de correos_1001_39

El cine español clásico es campo abonado para todo tipo de influencias cinematográficas procedentes del exterior, con solo un par de límites: el techo técnico y presupuestario y las tijeras de la censura. Y a pesar de ello, la cinematografía española se impregna de modos y maneras foráneos, interacciona con ellos, los inserta en ambientaciones y temas propios, y en muchas ocasiones, como resultado, ofrece productos más que estimables. En el caso de Apartado de correos 1001, dirigida por Julio Salvador, uno de los expertos españoles en el cine criminal, la huella de Fritz Lang o Sam Fuller se da la mano con cierto costumbrismo, casi casticismo, derivado de la situación de la película en entornos y barrios populares de la Barcelona de los años cincuenta. Lamentablemente, las imposiciones de la censura obligan a establecer un marco previo del que la acción no puede salirse: de entrada, encontramos una voz en off que canta las alabanzas de las fuerzas del orden, de su abnegación y entrega al servicio por bien de la comunidad, a su desinteresada labor de sacrificio y su continuos desvelos por la protección del ciudadano. Esta exigencia política viene acompañada de otra de carácter moral: en toda película policial que se precie durante la dictadura, los buenos (el orden) y los malos (cualquier desorden de cualquier clase, político, económico, social, sexual, religioso, etc.) deben estar perfectamente marcados, separados, de tal manera que resulte indudable a quién debe apoyar el público, qué punto de vista asumir y cuál rechazar, y en caso de personajes complejos que transiten de uno a otro lado, la manera de exponer su situación debe contener una justificación moral, un pretexto narrativo admisible que permita explicar conforme a la moral oficial sus evoluciones durante la trama o, llegado el caso, disculparlo con la indulgencia dedicada a la oveja que vuelve al rebaño.

Pese a estas premisas obligadas, Apartado de correos 1001 empieza por todo lo alto: un joven es tiroteado en plena calle, ante una de las principales oficinas bancarias de Barcelona; la única pista: en la habitación que tenía alquilada durante su estancia en Barcelona, los inspectores Miguel (Conrado San Martín) y Marcial (Manuel de Juan) descubren un ejemplar del diario La Vanguardia con un anuncio marcado: se solicita un gerente para una importante empresa de productos químicos, pero para concursar al puesto es necesario enviar una importante cantidad de dinero en concepto de fianza. La dirección: apartado de correos 1001 de Barcelona. La película se centra en la compleja y minuciosa tarea investigadora de los agentes, sus vacilaciones iniciales, sus primeros fracasos, los primeros indicios válidos, y la presencia de ese instinto que sabe detectar de dónde cabe tirar para desenredar la madeja. Con ritmo vibrante, gran economía narrativa (el metraje no supera unos 90 minutos repletos de acontecimientos, localizaciones, diálogos y acción), una buena fotografía naturalista de Federico Larraya y un tratamiento que logra una perfecta simbiosis entre la intriga y la acción sin respiro y ciertos lugares emblemáticos de Barcelona (calles y plazas reconocibles, la sede del periódico, la secuencia del partido de frontenis, o la apoteosis final en las, por entonces, famosas atracciones Apolo -quizá un guiño a Orson Welles-), que contribuye a esa mixtura de género y populismo ensamblada a la perfección. Irregular en cuanto a interpretaciones, destaca sin embargo el bien trenzado guion, lleno de aciertos y curiosidades (la muestra del funcionamiento interno del correo, el proceso de recogida, clasificación y reparto), obra de otros dos importantes directores españoles, aunque algo posteriores, Julio Coll y Antonio Isasi-Isasmendi, que resulta tan ceñido a los cánones censores como, por otro lado, más que valiente (ahí está la clave del crimen en torno al tráfico de cocaína o, en otro orden, el rápido establecimiento de complicidades y relaciones entre uno de los policías y una apetecible sospechosa…). Y, además de eso, persecuciones, disparos, huidas en el último momento, habitaciones secretas, compartimentos camuflados, contactos en pisos de bloques semiderruidos…

Es decir, misterio, enigma, romance incipiente, unos malos nítidos, claros, plenamente justificados, que reciben el final que merecen, todo a mayor gloria de la policía (se trata de la Brigada Criminal, claro, no de la Político-Social) y de esa entusiasta voz en off que salpica de vez en cuando el relato para guiar al espectador (poca confianza se tiene en su inteligencia, desde luego) y a la vez ensalzar convenientemente el trabajo policial. Un personaje con dimensión propia es esa Barcelona en blanco y negro, luminosa y radiante, poco que ver con el marco en principio asociado con la sordidez del crimen, del tráfico de estupefacientes y de los entornos secretos y reservados, una ciudad hermosa y viva en cuya trastienda se desarrolla la labor criminal de los marginados, los desfavorecidos y las mentes perversas y corruptoras de inocentes. Ese continuo choque entre la calma aparente y el torbellino en la sombra transita por la película de principio a fin, ya desde el momento del crimen (en una concurrida acera, a pleno sol, a mediodía, el momento de mayor presencia de transeúntes) y también en el final: el magnífico sabor de boca que deja la película viene directamente asociado a la secuencia de desenlace, la persecución policial en la atracción de feria, donde se dan la mano la cruda realidad, descarnada y violenta, y la fantasía y la diversión de quienes acuden allí a evadirse, los disparos y las peleas y los quejidos de angustia se entremezclan con las risas y la música del carrusel en sintonía con el propio clima social del país que el film no se molesta en disimular. Esta conclusión, prodigiosamente rodada, plena de tensión y acción, contiene un buen puñado de instantes interesantes, imágenes icónicas que debieran ser rescatadas en cualquier antología del cine español que se precie. Una de las grandes películas del cine español, injustamente olvidada, y que está a la altura de sus coetáneas de otras demarcaciones cinematográficas con mayor aceptación, especialmente Hollywood y Francia.

Vidas de película – Jeff Chandler

Aquí tenemos al bueno de Ira Grossel, conocido cinematográficamente como Jeff Chandler, caracterizado de Cochise, el famoso guerrero y caudillo apache antagonista de James Stewart en Flecha rota (Broken arrow, Delmer Daves, 1950), sin duda una de las mejores películas de su carrera, y una de sus interpretaciones más soportables. Porque el amigo Ira, o mejor dicho, Jeff, fue uno de esas colecciones de virilidad, músculos, miradas torvas y ademanes grandilocuentes con el que el Hollywood clásico intentaba impresionar a las jovenzanas -y a más de un jovenzano- que debían abarrotar las taquillas de los cines, y que por lo general nunca superaban los límites del cacho de carne con ojos que transita por delante de la pantalla sin mayor valor, aporte o interés artístico o dramático.

Asiduo a westerns de bajo presupuesto, películas de acción de serie B y filmes bélicos de corto recorrido, Jeff Chandler nació en Brooklyn en 1918, y antes de dedicarse al cine combatió en la Segunda Guerra Mundial -excelente campo de pruebas para no pocas de sus posteriores películas- y fue actor radiofónico y también de teatro. Además, desarrolló un enorme talento para el violín, instrumento musical del que podía considerársele un auténtico virtuoso (quizá el cine ganó un mediocre actor y la música perdió un aceptable violinista, en el tejado o no…; quizá en el cuarto de las escobas…). Y además desarrolló con el tiempo otra afición de la que se terminaría resintiendo su vida personal: al amigo Chandler le gustaba vestirse de mujer. Sí, a este tipo atlético, musculado, con ese pelo corto, casi rapado, de toques blanquecinos, si no directamente canoso, le gustaba vestirse de señora mayor y deambular por casa de esa guisa (Ed Wood no era un caso aislado, ni mucho menos, y menos en Hollywood). Eso le costó no pocos disgustos con su esposa, Marjorie Hoshelle, o con su más conocida amante, la nadadora-actriz Esther Williams, que se fue a practicar natación sincronizada a otra parte cuando se hartó de que él comprara bañadores, albornoces, gorros de baño, toallas y demás infraestructura logística piscinil -si existe el palabro- femenina para sí mismo, sin dejar que ella los catara.

Bueno, en lo que al cine se refiere, que es lo que aquí interesa (aunque lo otro mole más), hay que reconocer que Jeff Chandler fue una víctima de la serie B, especializándose en westerns cutres y películas bélicas para Robert Wise, George Sherman, Jack Arnold, Joseph Pevney, George Marshall o Budd Boetticher, o en maniquí acompañante de bellezas oficiales como Loretta Young, Lana Turner o Kim Novak. Sus títulos más reseñables, además de Flecha rota, son Atila, rey de los hunos (Sign of the pagan, Douglas Sirk, 1954),  A diez segundos del infierno (Ten seconds to hell, Robert Aldrich, 1959), ambas con Jack Palance, Regreso a Peyton Place (Return to Peyton Place, José Ferrer, 1961) y, sobre todo, el excelente bélico de Samuel Fuller Invasión en Birmania (Merrill’s marauders, 1962).

Esta película le proporcionaría éxito y crédito póstumos, puesto que falleció en 1961 a causa de las complicaciones derivadas de una operación de hernia discal. Un personaje tan extraño, tan contradictorio, está claro que no podía tener una muerte normal…

El ‘toque’ Samuel Fuller: Casco de acero

The steel helmet fue el primer éxito comercial de Samuel Fuller, uno de los “chicos malos” oficiales de Hollywood, uno de esos directores considerados como sensacionalistas y políticamente incómodos en Estados Unidos pero que en Europa siempre ha sido tomado por creador de culto. Tras iniciarse como periodista de sucesos y escritor de novelas pulp, Fuller comenzó a escribir guiones durante los años treinta e incluso dirigió un par de westerns convencionales. Sin embargo, en 1951, con Casco de acero dio el primer toque de atención a crítica y público sobre sus enormes facultades como cineasta, un excelente pulso narrativo, el empleo de largas tomas y planos secuencia y también de primerísimos planos, al igual que sobre su gusto por las historias potentes y cargadas de violencia a través de la cual denunciar déficits sociales y políticos.

Nos encontramos en la guerra de Corea: Zack es el único americano que ha sobrevivido, gracias a su casco, que en recuerdo conserva la perforación de la bala, a la ejecución masiva de su pelotón por parte de los soldados comunistas. Junto al niño coreano que le libera de sus ataduras y un enfermero que encuentran en el bosque, se unen a una patrulla desorientada cuya misión consiste en tomar un templo budista utilizado por el enemigo como base de operaciones. Sin embargo, al llegar la posición parece desierta, y ellos la ocupan mientras esperan que llegue su relevo. No obstante, el enemigo no anda muy lejos, y no tardan en producirse bajas en el pelotón provocadas por unos combatientes invisibles que se mueven en la oscuridad de la noche.

Con una precariedad de medios evidente y unas limitaciones de presupuesto que le obligaron a economizar utilizando imágenes de archivo de la guerra real, Fuller construye un atípico alegato antibelicista que, además de cargar las tintas contra la crueldad y la violencia al margen de toda ley, sentido o sentimiento humano, apunta al origen de los conflictos, a los intereses que mueven a los gobiernos a involucrarse en escaladas armadas, y a los pretextos que enarbolan para obligar y convencer a los más desfavorecidos de sus sociedades a que acudan a morir por unos motivos que les son ajenos y que son vendidos con propaganda grandilocuente y discursos falseados. En ese sentido, resultan elocuentes las conversaciones que el prisionero coreano mantiene con dos de sus captores, en primer lugar el soldado negro, al que le pregunta cómo es posible que luche por un país que consagra la segregación racial y considera a los de su raza como animales o cosas, y no como a personas, y posteriormente con el soldado de origen japonés, al que le recuerda que sus conciudadanos japoneses nacidos o residentes en Estados Unidos fueron confinados en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.
Continuar leyendo “El ‘toque’ Samuel Fuller: Casco de acero”