Vidas de película – Akim Tamiroff

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Raramente suelen encontrarse imágenes del verdadero rostro de Akim Tamiroff, sin los aditamentos y particularísimas caracterizaciones, a veces realmente camaleónicas, con las que solía aparecer tradicionalmente en pantalla y que a menudo alteraban sustancialmente sus rasgos.

Nacido en Tbilisi, la capital de Georgia, por entonces ya dentro del imperio ruso, en 1899, estudió teatro con el mismísimo Stanislavsky antes de dar el salto a Estados Unidos y llegar a Hollywood ya a una edad considerable, la década de los años treinta. En esta primera época destaca su aparición en títulos como Tres lanceros bengalíes (The lives of a Bengal lancer, Henry Hathaway, 1935), con Gary Cooper y Franchot Tone, Deseo (Desire, Frank Borzage), 1936, de nuevo con Cooper y Marlene Dietrich, o El general murió al amanecer (The general died at dawn, Lewis Milestone, 1936), una vez más con Cooper y Madeleine Carroll. Su papel en esta película le valió una nominación al Oscar.

Su segunda nominación se produjo en los años cuarenta, por enésima vez al acompañar a Gary Cooper, y con Ingrid Bergman como improbable joven española en ¿Por quién doblan las campanas? (For whom the bells tolls?, Sam Wood, 1943). En esta década son importantes sus trabajos para Preston Sturges, como El gran McGinty (1940) y El milagro de Morgan Creek (1944), o para Billy Wilder, en Cinco tumbas a El Cairo (Five graves to Cairo, 1943), junto a Franchot Tone, Anne Baxter y Erich von Stroheim.

Pero sus interpretaciones más memorables tienen lugar junto a Orson Welles, codirector de Cagliostro (1949), basada en la obra de Alejandro Dumas, y también en Mr. Arkadin (1955) y, muy especialmente, en Sed de mal (Touch of evil, 1958) y El proceso (The trial, 1962), o su inacabada Don Quijote, en la cual interpretaba a Sancho Panza.

No termina en Welles la carrera de Tamiroff, que en los años cincuenta y sesenta apareció en filmes tan importantes como Anastasia (Anatole Litvak, 1956), Topkapi (Jules Dassin, 1964) o Lemmy contra Alphaville (Alphaville, Jean-Luc Godard, 1965).

Akim Tamiroff, casado una única vez con la actriz Tamara Shayne, falleció en 1972.

Comedia terrorífica: El baile de los vampiros

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La cuarta película de Roman Polanski, primera con producción norteamericana tras su magnífico debut en Polonia (El cuchillo en el agua) y sus dos primeras cintas británicas (las míticas Repulsión y Cul de sac) es, por diversas razones, una de las películas favoritas de quien escribe. Su combinación de divertimento paródico y cine de género de terror resulta enormemente ligera y entretenida a la par que inquietante y absorbente. Esta comedia de terror bebe directamente de las fuentes de las clásicas narraciones de vampiros pero, en un momento en que las historias de Drácula ya habían evolucionado del romanticismo de su momento histórico hacia una devaluación tópica, repetitiva y un tanto cutre (aun a pesar de no estar desprovista totalmente de encantos) a medio camino entre lo terrorífico, lo erótico y lo freak, se presenta como un film que carga las tintas contra la nueva ola de cine de serie B terrorífica de los años sesenta (la película es de 1967), y lo hace mezclando el código de la comedia y unos gags delirantes contrarios a la utilización de elementos chabacanos y facilones con el estilo del cine de terror del momento y unas gotitas de intriga.

La película relata las peripecias de dos cazavampiros, el estrafalario profesor Abronsius (Jack McGowran, actor clásico ya visto en El hombre tranquilo, Lord Jim o, tiempo después, como damnificado de la presunta maldición de El exorcista, su último trabajo), un científico loco que tiempo atrás tuvo que abandonar su cátedra en Könisberg por la defensa a ultranza de sus estrambóticas teorías sobre el vampirismo, y su asistente, el joven, apocado y pusilánime Alfred (interpretado por el propio Polanski), un estudiante que parece no tener nada mejor que hacer en la vida que acompañar cual Sancho Panza a un Quijote estaca en mano y ristra de ajos al cuello por toda la Europa oriental. En su llegada a Transilvania en busca de un castillo que pueda servir de guarida al príncipe de las tinieblas, topan con una taberna decorada con ajos y crucifijos, e inmediatamente darán con varias pistas que les conduzcan a la guarida del conde Von Brolock (necesario trasunto del conde Drácula por cuestiones de derechos): un jorobado siniestro que vive en un castillo cercano, la muerte y posterior vuelta a la “vida” del juerguista del tabernero (ya en vida deseoso de disfrutar de los encantos de sus camareras, lo cual le ocasiona – pero no sólo a él – más de un salchichonazo en la cabeza a cargo de su oronda mujer) y, sobre todo, el rapto que Brolock hace de la joven y apetitosa hija de éste, Sarah (la malograda Sharon Tate, posteriormente esposa de Polanski asesinada brutalmente tiempo después en Hollywood por la “familia” de Charles Manson; sobrecoge verla aquí en todo el esplendor de su belleza y también pensar en su final una vez vista la película).
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Llegó el escalón 32: cumpleaños feliz

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Efectivamente, según su autobiografía no autorizada y titulada como la célebre película de Nicolas Roeg protagonizada por David Bowie, El hombre que cayó a La Tierra, de 1976, el mantenedor de este blog cumple hoy 32 escalones, gozando de excelente salud física e incluso mental, gracias a ese gran invento llamado electroshock.

Entresacamos algunos fragmentos de estas polémicas memorias no autorizadas escritas por él mismo en las que aclara algunos puntos oscuros de su pasado:

…precisamente escogí el título porque mi llegada a este planeta el 24 de febrero, precisamente de 1976, no puede considerarse en ningún caso un nacimiento, sino más bien una irrupción, una caída a La Tierra en sentido literal, en concreto sobre una baldosa blanquinegra en una clínica zaragozana que ocasionó que lo primero que hice en la vida fuera romperme la clavícula. En conmemoración de aquel suceso, en ese mismo lugar, una gruesa placa de hierro con la leyenda “uso exclusivo Bomberos” recuerda el evento.
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