Mis escenas favoritas: Alexander Nevsky (Aleksandr Nevskiy, Sergei M. Eisenstein, 1938)

Estaba claro que la biografía de Alexander Nevsky era carne de propaganda soviética. El príncipe defendió y protegió a la Rusia del siglo XIII de una doble invasión, la teutona por el norte y la mongola por el este. La batalla sobre la superficie helada del lago Peipus, adornada con la inmensa partitura compuesta por Sergei Prokofiev, es uno de los momentos más brillantes de esta cinta del maestro soviético Sergei M. Eisenstein, ya más que cuestionado entonces por las instancias oficiales de la dictadura.

La secuencia destaca tanto por su valor simbólico y su carácter premonitorio (no iban a tardar mucho nuevos invasores alemanes en vérselas con un feroz enemigo ruso sobre superficies heladas) como por su significativa ruptura del eje en la construcción narrativa.

Música para una banda sonora vital – Eisenstein en Guanajuato (Peter Greenaway, 2015)

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La Danza de los caballeros del ballet Romeo y Julieta, compuesto por Sergei Prokofiev en el verano de 1935, adquiere enorme protagonismo en la última y gozosa extravagancia de Peter Greenaway, titulada Eisenstein en Guanajuato (2015).

Con un tono que combina tragedia y parodia, belleza y humor, irreverencia y barroquismo, enfermiza verborrea con profunda sensibilidad visual, culto a la cinefilia, crítica política y mucha sorna y cachondeo, la película, excesiva y abigarrada pero sin un solo fotograma de desperdicio, aborda la estancia durante más de un año del célebre cineasta soviético en el país en el que, fascinado por la festividad del Día de los Muertos y por sus complejos rituales religiosos y funerarios, mezcla de catolicismo y sincretismo indígena, filmó, entre otras obras, el material que décadas después Grigori Aleksandrov montaría para conformar la película ¡Que viva México! (1979). Se da la curiosa circunstancia de que este viaje, emprendido desde el fugaz paso de Eisenstein por Hollywood, tuvo lugar en 1931 y que la composición de la pieza musical con que es recibido, precisamente esta de Prokofiev, no se encargó hasta 1934. Sin embargo, dada la particular concepción del tiempo y de las relaciones causa-efecto que ofrece la película, no es descartable que Greenaway, si es que reparó en ello, se pasara el desajuste de fechas justamente allí por donde Eisenstein pierde la virginidad en el filme, momento que se muestra con todo lujo de detalles (y no hablamos de la geografía mexicana, precisamente).

Una pequeña incongruencia que no resta un ápice de fuerza ni a la partitura del maestro ruso (hoy ucraniano) ni al poderoso virtuosismo visual y verborreico de esta película de Greenaway, igual de excesiva pero mucho más potable y disfrutable que otros pomposos y ególatras títulos del director de Newport.