Bienvenidos al Nuevo Hollywood: Mi vida es mi vida (Five easy pieces, 1970)

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Hay cuatro excelentes razones para acercarse a esta maravillosa película dirigida por Bob Rafelson: a) es el primer papel protagonista de Jack Nicholson; b) constituye una de las fundamentales cartas de presentación del llamado Nuevo Hollywood (está producida por Bert Schneider y su compañía, Raybert, una de las más importantes en el descubrimiento y la financiación de nuevos talentos en aquellos años), aquel movimiento “revolucionario” que presidió el cine americano entre 1967 y 1980 y que a punto estuvo de dejarnos en herencia un cine maduro, inteligente, comprometido, responsable, ambicioso en lo argumental, lo intelectual y lo sentimental, y grandioso y magistral en cuanto a lo estético, es decir, justamente lo contrario del Hollywood generalista de hoy; c) la interpretación de Karen Black, una camarera frívola y despreocupada que ve pasar los últimos días de su juventud y empieza a darse cuenta de que su vida está vacía, que está tremendamente sola; y d) la secuencia en la que Jack Nicholson se “pelea” con una camarera de un bar de carretera para conseguir que le sirva una simple tostada como acompañamiento a la tortilla que le apetece tomar. Por si fuera poco, puede añadirse la espléndida fotografía de Laszlo Kovacs y la inteligencia en el uso de la música, o mejor dicho, de la no-música, puesto que su aparición en la banda sonora se reduce a clásicos de Bach, Chopin y Mozart, siempre de forma fragmentada o interrumpida.

Nicholson, encauzado definitivamente hacia la interpretación tras el éxito de su aparición en Buscando mi destino (Easy rider, Dennis Hopper, 1969) y sus primeros coqueteos con las películas de terror de Roger Corman y los westerns de serie B de finales de los sesenta, así como con la escritura de guiones y la producción de títulos menores, abre su filmografía como primer actor con un personaje que ya avanza las características fundamentales de sus más celebradas interpretaciones, el antihéroe carismático que alterna cierto histrionismo absurdo, a menudo con inclinaciones violentas, si no direcamente dementes, y al mismo tiempo una rara y extrema sensibilidad que le conduce a la melancolía y la depresión: Robert Dupea trabaja como operario en una refinería de petróleo. Sus coordenadas vitales transitan entre su trabajo y las noches en casa junto a Rayette (maravillosa Karen Black), su novia camarera, una chica triste y con pájaros en la cabeza que lo ama con locura pero a la que él considera como otro objeto decorativo de su vida. Quizás una noche en la bolera y algunas copas junto a Elton (Billy ‘Green’ Bush), su compañero de trabajo y amigo (junto al que no deja pasar ninguna oportunidad de echar una cana al aire con chicas que conoce en los bares o directamente con prostitutas), son sus únicos momentos de respiro. Rayette es muy buena chica, pero a Robert le irrita que sea tan profundamente convencional, previsible y pavisosa. Sin rumbo, vive caprichosamente al momento, dando tumbos, al día y sin pensar en más allá. Al menos hasta que un día se harta de Rayette, de su trabajo, de Elton, de su vida circunscrita a rutinas, y decide echar la vista atrás. Así sabemos que Robert fue un niño prodigio del piano, y que hace tres años que no pasa por la casa familiar ni sabe nada de su padre o sus hermanos. Sin embargo, después de ir a ver a su hermana y enterarse de que su padre está muy enfermo, decide viajar al norte, casi hasta la frontera de Canadá, para reencontrarse con él y “ver cómo van las cosas”.

Ese ensimismamiento de Robert en su propio pasado y en su conflictiva relación con el presente es donde se concentra la narración de Rafelson, un tanto caprichosa, tortuosa, vacilante y anárquica, igual que el personaje, un puzle a través del que Rafelson, coautor del argumento del filme, refleja entre otras cosas esa desorientación tan propia del ciudadano medio americano de la era Vietnam. Continuar leyendo “Bienvenidos al Nuevo Hollywood: Mi vida es mi vida (Five easy pieces, 1970)”

Damnificados del amor, ¡uníos!: Sueños de un seductor

Tras el éxito de sus dos primeras películas, Toma el dinero y corre (1969) y Bananas (1971), Woody Allen se puso a las órdenes de Herbert Ross -director que destaca, por encima de sus muchas comedias ochenteras de perfil bajo y musicales más bien horteras, como Footloose, por Adiós, Mr. Chips, (1969)- para adaptar y protagonizar en la pantalla la versión cinematográfica de su reciente éxito teatral en Broadway, Sueños de un seductor, acompañado de los mismos actores junto a los que se había subido a las tablas neoyorquinas, Tony Roberts, y la que a la larga sería una de sus más importantes musas y ex parejas, Diane Keaton.

Allen se zambulle en un personaje a su medida: Allan Felix, neurótico, inseguro, patético, cinéfilo, escritor de críticas cinematográficas en periódicos y revistas de medio pelo (no, quien escribe no habla de él mismo, se limita a describir el personaje de Woody), que acaba de ser abandonado por su esposa. Compadeciéndose de sí mismo, hundido en la desesperación (repetimos, este texto habla del personaje de Allen), sólo sus amigos Dick (Roberts) y Linda (Keaton), un matrimonio que parece vivir feliz, se empeñan en que supere esa temporal situación de soledad y se anime a salir para conocer otras mujeres. Bueno, no sólo ellos, porque la cinefilia de Felix encuentra una exótica plasmación real: el espectro de Bogey (Jerry Lacy), caracterizado en su personaje de Rick en Casablanca, es su Pepito Grillo particular: aparece en el momento más inesperado y le da consejos, le ofrece respuestas a sus dudas sobre el amor y las relaciones con el bello sexo según los cánones que los personajes interpretados por Humphrey Bogart seguían en sus célebres películas, especialmente en su desdén y distancia hacia las mujeres que decía amar.

Así, Felix intenta rehacer su patética vida, saliendo con alguna mujer, escapándose al campo y a la playa con su pareja de amigos (momentos que Woody aprovecha para retratar de manera sarcástica su recelo hacia los entornos no urbanos) y fantaseando acerca de un futuro esplendoroso en el que las mujeres acudan a él como un imán erótico. Sin embargo, nada más lejos de la realidad; sus desastres son continuos hasta que, casi sin querer, va dándose cuenta de que sus fracasos se deben a que es incapaz de ser él mismo ante una mujer que no sea Linda, que con ella se siente bien, que le tiene afecto, que la aprecia, que la ama… Continuar leyendo “Damnificados del amor, ¡uníos!: Sueños de un seductor”