Un asunto de honor: El caso Winslow (The Winslow Boy, David Mamet, 1999)

BBC Two - The Winslow Boy

De un sucedido que podría considerarse casi anecdótico en cualquier biografía, pero que aquí no lo es en ningún modo, David Mamet, que adapta una obra de Terence Rattigan, extrae un fenomenal retrato de una época, de un orden social, de una estructura mental que, encarnados en el Imperio británico, llegaron a dominar el mundo. En 1910, casi diez años después del fin de la era victoriana, Ronnie (Guy Edwards), el hijo pequeño de la familia Winslow, alumno de la exigente y prestigiosa Escuela Naval de Osbourne, es acusado de robar cinco chelines del giro postal de un compañero de estudios y, en cumplimiento del riguroso régimen disciplinario, expulsado. Interrogado al respecto por su padre, Arthur Winslow (Nigel Hawthorne), el muchacho proclama su inocencia, por lo que Winslow, decidido a limpiar no solo el nombre de su hijo sino el legado histórico de su apellido, la honorabilidad de toda su familia pasada y presente, entabla una larga batalla administrativa y judicial contra la Academia y las autoridades policiales y judiciales que no duda en llevar hasta las últimas consecuencias, llevándose por delante buena parte de los recursos económicos, las opciones de futuro e incluso la salud física de su esposa, sus hijos e incluso el servicio de la casa. La obra de Rattigan y la película de Mamet construyen así un drama sencillo en la forma pero más que complejo en el fondo, un tratado que analiza los recovecos de cualquier sociedad (como la británica de entonces, como la española de siempre) centrada primordialmente en las apariencias, toda una lección sobre lo que implica el honor, la consideración social, la reputación, y la carga de clasismo y vanidad, y como resultado, de beneficios económicos y de posición, a ellos asociados.

Mamet, dramaturgo, cineasta y excelente guionista, comprende que la principal máxima del cine es “menos es más”, y desde el principio centra el tema mediante un magistral doble ejercicio de elipsis narrativa. En primer lugar, omite el momento de la comisión del delito, de modo que debe ser el público el que, a la vista de los hechos relatados por el joven y de la forma en que lo hace, determine inicialmente si confía o no en el personaje, si cree al niño y toma partido por la familia en la cruda lucha que plantea a eso que ha dado en denominarse “opinión pública”, o cierra filas con la masa que opina sin suficientes elementos de juicio y, sobre todo, sin la debida prudencia racional y moral. Mamet traslada así al espectador el tema sobre el que gira el argumento, el centro neurálgico del relato, la reflexión que propone sobre el juicio sumarísimo hecho al prójimo, con ligereza o con cautela, según el caso, cuando se abre públicamente la espita del linchamiento social y mediático. Por otro lado sabe eludir, de manera eficaz, cualquier tentación de caer en el maniqueísmo del drama judicial moderno, contando la historia de lo que sucede fuera de las salas de Justicia, de los tribunales de apelación, de los despachos de los abogados, salvo la brillante excepción que supone la aceptación de la defensa por el reputado (de nuevo, la reputación, aunque comience a su vez a estar amenazada) abogado criminalista y también diputado de la Cámara de los Comunes, Sir Robert Morton (Jeremy Northam), y una breve excursión al Parlamento británico, a cuyas sesiones plenarias llega igualmente el asunto Winslow debido a su importancia creciente en el debate público.

De esta manera Mamet puede centrar la atención en lo que más le interesa, en lo que más se ajusta al sentido último de la historia, en cómo la larga lucha judicial afecta a la familia con el paso del tiempo y el desgaste de los trámites, los procesos, las vistas y los reveses, la erosión económica y emocional entre sus miembros, durante largos años deudores de una servidumbre legal que quizá hubiera sido mejor olvidar desde el principio, después de todo, para que ellos hubieran podido conservar sus vidas y el pequeño Ronnie, tan joven aún, hubiera podido pasar página y retomar las cosas desde un nuevo principio. El baldón de la mala fama, la mancha de la ignominia, el estigma de la mentira y la falsedad hubieran señalado el apellido Winslow para siempre, pero al menos habrían conservado sus vidas. Porque mucho es lo que han perdido: El hijo pequeño, su apenas naciente carrera naval; el hijo mayor, Dickie (Matthew Pidgeon), un buen futuro en el banco en que trabaja; la hija, Catherine (Rebecca Pidgeon), sus posibilidades de estudiar en la universidad y el futuro matrimonio con su prometido, el brillante oficial del ejército John Watherstone (Aden Gillett), ya que no podrían mantener la vida que se espera de su posición con la paga de un oficial pero sin la dote y la renta anual de ella; Arthur y Grace (Gemma Jones), la salud y la paz de espíritu. Incluso el personal de servicio va abandonándolos poco a poco, salvo la irredenta Violet (Sarah Flind), algunos porque no quieren trabajar en una casa marcada; otros, simplemente, porque los Winslow, con el paso del tiempo, no pueden costear sus salarios a la vez que sostienen económicamente el proceso.

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Territorios humanos: Mesas separadas (Separate tables, Delbert Mann, 1958)

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Coescrita para el cine por el autor de la obra de teatro en que se inspira, Terence Rattigan, Mesas separadas, dirigida por Delbert Mann tres años después de la inolvidable Marty (1955), constituye, ante todo, un extraordinario recital interpretativo, un auténtico disfrute de lo que implica la profesión de actor. Lo consigue, además, contrastando dos escuelas a priori diametralmente opuestas, la británica, sostenida principalmente gracias a su excelsa tradición teatral, y la estadounidense en su versión ajena a Broadway, la edificada en torno a Hollywood.

En el coqueto y modesto hotelito de la costa británica que regenta la señorita Pat Cooper (Wendy Hiller), en el que transcurren los cien minutos de metraje, se da cita un curioso grupo de huéspedes residentes, cada uno con su propia historia, pero, a su vez, extrañamente envueltos en los avatares de sus compañeros de alojamiento. El primero, la relación que la dueña de la casa mantiene, más o menos secretamente, con el periodista John Malcolm (Burt Lancaster), un hombre que arrastra un pasado de desencanto y frustación que lo mantiene anclado a la bebida. Por otra parte, la joven Sibyl (una impresionante Deborah Kerr), una muchacha tímida y pusilánime, no logra sacudirse el dominio que sobre ella ejerce su madre, Mrs. Railton-Bell (Gladys Cooper), que pasa sus días en compañía de otra vieja chismosa, Lady Matheson (Cathleen Nesbitt). El gran animador del lugar es el comandante Pollock (grandioso David Niven, premiado con el Óscar por su personaje), militar retirado que no cesa de recordar sus experiencias en el norte de África durante la Segunda Guerra Mundial. Otros huéspedes más o menos circunstanciales son Fowler, veterano profesor de cultura griega (Felix Aylmer), Miss Meacham (May Hallatt), una solterona obsesionada con las apuestas, y dos jóvenes novios que, ante los demás, se hacen pasar por estudiantes que preparan sus exámenes de Medicina (Rod Taylor y Audrey Dalton). El pacífico equilibro del tranquilo aburrimiento del hotel se quiebra debido a una doble circunstancia: en primer lugar, la llegada de Ann Shankland (Rita Hayworth), famoso personaje del mundo de las revistas del corazón que es, además, la antigua esposa de Malcolm; en segundo término, la publicación de una noticia en la prensa que cubre de vergüenza a uno de los huéspedes, y que, además, revela la falsedad de su identidad.

Como buena adaptación teatral, no solo no rehúye, sino que aprovecha las limitaciones espaciales de la historia para hacer de la necesidad virtud. Mann fragmenta el espacio del hotel para conformar distintos escenarios paralelos y distribuir las presencias y ausencias de los personajes, sus encuentros y sus diálogos, con las zonas comunes como foco de atención principal, con puntuales excursiones a determinadas habitaciones, la cocina, la recepción, las dependencias privadas de Pat o la terraza exterior, poseedora esta de un valor narrativo crucial en la relación retomada entre Ann y Malcolm. Naturalmente, la gran fuerza de la historia radica en el texto y en el reparto, que administran magníficamente los distintos giros del argumento y la inversión de la carga moral y emocional de las sucesivas escenas, que alteran sus relaciones y sus estados de ánimo y en las que dominan la nobleza y el anhelo de romper con la soledad en la que viven todos estos territorios humanos, como islas próximas a la costa pero incomunicadas con ella. La narración funciona a distintos niveles, y si en un primer plano se exponen el juego de odios aparentes y ascuas ardiendo de la pareja Malcolm-Ann, la sumisión de Sybil para con su madre y las dudas y angustias de Pollock, el retrato colectivo de los distintos personajes y de sus relaciones ofrece un mosaico prácticamente completo del devenir de las relaciones amorosas entre un hombre y una mujer. De este modo, asistimos al cortejo (en los temerosos inicios, por ambas partes, de la relación entre Sibyl y Pollock), la pasión (los jóvenes estudiantes), el compromiso (Malcolm y Pat), el matrimonio, el abandono y el espejismo de la reconciliación (el triángulo que forman Malcolm, Pat y Ann) y la viudez y la soledad (Lady Matheson, Mrs. Railton-Bell, tal vez Fowler y Miss Meacham). Continuar leyendo “Territorios humanos: Mesas separadas (Separate tables, Delbert Mann, 1958)”