Vidas de película – Dan Duryea

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Dan Duryea, uno de los más míticos villanos del cine clásico y, por tanto, de toda la historia del cine, nació el 23 de enero de 1907 en la ciudad de Nueva York, y llegó al cine de la mano de Samuel Goldwyn quien, después de verlo sobre los escenarios de Broadway en la no menos mítica obra La loba, en 1941 se lo llevó a Hollywood para incluirlo en el reparto de la versión cinematográfica dirigida por William Wyler, con Bette Davis como protagonista.

De la mano de Goldwyn, su nómina de títulos durante los años 40 es abundante y absolutamente impresionante, ya sea en comedias como Bola de fuego (Ball of fire, Howard Hawks, 1941), en la que interpreta al gángster que hace de contrapunto, o en El orgullo de los Yanquis (The pride of the Yankees, Sam Wood, 1942), un biopic en el mundo del béisbol junto a Gary Cooper, ya en bélicos como Sahara (Zoltan Korda, 1943), junto a Humphrey Bogart, pero también, y sobre todo, en el cine negro, con títulos como Ángel negro (Black angel, Roy William Neill, 1946) o El abrazo de la muerte (Criss Cross, Robert Siodmak, 1949), pero especialmente su tripleta de títulos para Fritz Lang, El ministerio del miedo (Ministry of fear, 1944), basada en una obra de Grahame Greene, y las sublimes La mujer del cuadro (The woman in the window, 1945) y Perversidad (Scarlet Street, 1945). En los años cuarenta sale cada año por tres, cuatro o hasta cinco películas.

En los años cincuenta se incorporó al western, con cintas como Filón de plata (Silver lode, Allan Dwan, 1954) o la protagonizada por James Stewart Winchester 73, dirigida por Anthony Mann en 1950, con quien ya trabajara en El gran Flamarion (The great Flamarion, 1945), repitiendo con ambos en la cinta de aventuras Bahía negra (Thunder bay, 1953). Su último gran papel, antes de morir de cáncer en 1968, también junto a Stewart, fue El vuelo del Fénix (The flight of the Phoenix, Robert Aldrich, 1965). El gran villano, traicionero, mujeriego y amoral, vivió más de 30 años casado con su novia de toda la vida, Helen Bryan.

Dos grandes (II): El gran Flamarion

Aquí tenemos nada menos que a Erich von Stroheim emulando a una especie de Billy el Niño de etiqueta en esta semidesconocida película negra dirigida por el gran Anthony Mann en 1945, basada en una historia de la austriaca Vicki Baum (la autora de Gran Hotel, la novela que inspiró la gran triunfadora de los Oscar de 1932 dirigida por Edmund Goulding), y que cuenta además en su reparto con Mary Beth Hughes, una de las actrices con peor suerte de Hollywood, y al gran Dan Duryea, rostro frecuente en el ciclo dorado del cine negro norteamericano y también del futuro cine de Mann (Winchester 73, de 1950, por ejemplo) y cuya filmografía y calidad en sus interpretaciones bien merece reconocimiento y atención en los anales, recopilatorios, artículos, listas y demás literatura especializada en el cine clásico.

La película, de una brevísima duración (apenas 75 minutos) está construida sobre la base de un flashback casi total. México, 1936: en un teatro de variedades especializado en atracciones y vodevil actúan varios artistas ambulantes, payasos, acróbatas, magos, cantantes y bailarinas, entre otros. Durante uno de los números se escucha entre bastidores el grito agónico de una mujer y, seguidamente, el eco de unos disparos estalla en la platea. Los murmullos, el nerviosismo devienen en psicosis y, mientras el público intenta huir desesperadamente del lugar en el que creen que se acaba de cometer un crimen, tras el escenario el descubrimiento del cadáver de una mujer corre paralelo a la huida del asesino, que corre a ocultarse en las alturas del telón y los decorados. Sin embargo, cuando el teatro ha sido desalojado y está acordonado y ocupado por la policía, que intenta cercar al asesino, éste cae sobre el escenario y es encontrado por uno de los miembros de la compañía. Moribundo, agonizante, el asesino relata el por qué de su crimen.

Nos encontramos con una película negra de estructura clásica, si bien en un entorno poco frecuente como escenario principal (no tanto en relación con los muchos personajes, sobre todo femeninos, que aparecen en el cine negro provenientes de ese marco), el mundo de las variedades, la revista y el vodevil. Sin embargo, los personajes y las relaciones establecidas entre ellos son de manual: El gran Flamarion (Von Stroheim) es un artista de las armas, su número consiste en representar una escena de celos junto a sus dos ayudantes (Mary Beth Hughes y Dan Duryea), que en la “realidad” son matrimonio. Se supone que Flamarion interpreta a un marido celoso y vengativo que vuelve a casa y halla a su esposa en brazos de su amante, a los cuales tirotea sin descanso haciendo blanco en distintas partes de su vestimenta y complementos, así como en el decorado que los circunda. Se trata de un número de gran mérito y precisión que levanta pasiones entre el público dada la extraordinaria puntería y habilidad de Flamarion, que nunca falla. Las relaciones del grupo fuera del escenario son, sin embargo, muy frías y distantes. Para Flamarion sus ayudantes son objetos tan imprescindibles como las armas, pero no les presta ni la atención ni los cuidados que dedica a éstas. Al Wallace (Duryea) permanece casi siempre en estado de embriaguez, mientras que su esposa Connie, siempre sola y relegada a un segundo plano por el interés de su marido por la bebida, busca la atención masculina en otra parte. Y, claro está, la encuentra en un acróbata del que se encapricha y que no tarda en corresponderle. En este punto empiezan a rodar los engranajes del cine negro. Connie, buscando una forma de librarse de su marido, la encuentra con facilidad. Nadie pondría objeciones ni investigaría si en el escenario, por accidente, Flamarion equivocara el tiro y acabara con su ayudante, un notorio borracho del que no habría extrañado que cometiera un fallo de colocación o actuación durante la representación. Pero para eso, el artista tendría que dispararle a conciencia y simular el error, y por ello es necesario conseguir lo único que podría convencerle de algo así: seducirlo. Eso no resultará tan fácil, porque Flamarion es un ladrillo, un pedazo de hielo como no hay otro, inalterable, insobornable, que ni sonríe ni alterna con nadie. Pero la mujer fatal del cine negro es mucha mujer, y no tardará el pistolero en caer en sus redes y someterse a sus planes… Continuar leyendo “Dos grandes (II): El gran Flamarion”