Mis escenas favoritas: The Ladykillers (Joel y Ethan Coen, 2004)

El remake que de la gran comedia negra de Alexander MacKendrick El quinteto de la muerte (The Ladykillers, 1955) dirigieron los hermanos Coen en 2004 queda, como casi siempre, a años luz del original. No obstante, algún momento genuinamente gracioso logran en su traslación de esta historia del atraco a un banco en el Londres de los cincuenta al asalto a un casino flotante  en el Mississippi de comienzos del siglo XXI. Y es que, como dicen en América, “crime never pays”.

Mis escenas favoritas – Salvar al soldado Ryan (1998)

Resulta sobrecogedora esta secuencia de Salvar al soldado Ryan (Saving private Ryan, Steven Spielberg, 1998), a pesar de que a partir de ella la película decaiga notablemente y de que haya antecedentes que claramente han servido de algo más que de inspiración a la forma y el tono en el que Spielberg se conduce en su filmación.

Sin embargo, es uno de los hitos más importantes del cine en la enorme dificultad que siempre ha supuesto colocar al espectador en el interior de la atmósfera violenta y cruel de un conflicto bélico en toda su crudeza, y cuyo valor principal reside, precisamente, en su poder de impacto sobre el público.

La tienda de los horrores – Sobrevalorados

En esta secuencia de la fenomenal Manhattan (Woody Allen, 1979), Isaac (Allen), Mary (Diane Keaton), Yale (Michael Murphy) y Tracy (Mariel Hemingway) hablan de, entre otras muchas cosas, su particular lista de personajes sobrevalorados de la cultura de todos los tiempos y de la vida en general, entre los que incluyen ilustres nombres como Gustav Mahler o James Joyce.

Esto de la sobrevaloración tiene su aquel. No es un fenómeno nuevo, ni mucho menos. Pero en la sociedad actual, acosada más que nunca por el marketing y la publicidad, cuya única finalidad no es la defensa de la calidad de un producto ni la mejora del bienestar o de la felicidad de los seres humanos y de un próspero aumento de sus condiciones de vida, o una contribución a la cultura o a la creación y mantenimiento de un sistema de creencias, valores y concepciones, sino la venta a toda costa del producto y el incremento de los márgenes de beneficio de empresas, compañías y fortunas particulares que ya tienen el riñón bastante bien cubierto, lo de la sobrevaloración ha llegado a ser incluso por sí misma un hecho cultural en el que no hay límite ético alguno, cancha abierta para la manipulación, el fraude y el provecho económico con escaso mérito o incluso sin él.

En España, es algo tan cotidiano y habitual que no pocas figuras del cine, la música y el artisteo en general se ganan la vida más que bien gracias más a la publicidad y al uso que de su imagen hacen los medios de comunicación que por la calidad última de los trabajos que perpetran, hasta el punto de que son absorbidos por la cultura mediática oficial como tótems de lo bueno, de lo mejor, de las esencias patrias deseables. Tal es así, que en la música española llamada popular, por ejemplo, son mayoritarios, por no decir que tienen el monopolio casi casi en exclusiva (Alejandro Sanz, Miguel Bosé, la familia Flores, Estopa o adquisiciones trasatlánticas como Shakira o Paulina Rubio, puaj!!!, y un larguísimo etcétera). Y en el cine también hay unos cuantos.

A nuestro juicio, esto de la sobrevaloración se da de dos maneras: 1) aquellos mediocres cuyos trabajos van en general de lo discreto a lo lamentable pero que, no se sabe por qué pero quizá por eso mismo son absorbidos por la cultura “oficial”, que los mima, los acoge, los subvenciona, les da incluso trabajo (TVE, la de carreras y cuentas corrientes que ha salvado…), los promociona gratuitamente con el dinero de todos y los erige en bandera de un modelo de cultura, de pensamiento, de trabajo o de estética deseables, no se sabe por qué o para quién, o aquellos que, tampoco se sabe por qué pero quizá a causa de todo lo expuesto, gozan del favor del público mayoritario, generalmente el menos reflexivo o exigente, gracias a la influencia de medios de comunicación de masas que simplemente repiten eslóganes, lugares comunes o se hacen eco de las notas de prensa de las agencias de publicidad, o también gracias a la “facilidad”, pobreza o calidad pedestre, asumible y cutre de lo que ofrecen. Y 2) Aquellos elevados por el esnobismo cultural más exacerbado a la categoría de inmortales en el Olimpo de la trascendencia, aunque nadie sea capaz de aguantar sus películas o terminar sus libros, por causa de quienes, en el ánimo de parecer distintos a sus semejantes, oponen lo culto a lo popular para distinguirse, significarse, separarse de la masa, alimentar su ego, su autoestima, su necesidad de sentirse mejores, por encima de sus semejantes, del “populacho”. Es decir, el “efecto gafapasta”.

Para nosotros, lo culto y lo popular no son opuestos, sino solo matices, apellidos de un mismo fenómeno. Nos da igual Tarkovski que Groucho Marx, Alfred Hitchcock que Leslie Nielsen siempre que lo que ofrezcan sea producto del trabajo, de las ideas, del mérito, de una elaboración profesional con ánimo de aportar, de crecer, de mejorar, de avanzar. Todo esto sea dicho como pretexto, sin salir del cine, o saliendo de él, qué más da, para proponer nuestra particular lista -meramente orientativa, sin ánimo de compendio- de SOBREVALORADOS, a la que todos los escalones están invitados a proponer nuevos nombres para su inclusión permanente y vergonzosa en la galería de fotos de nuestra tienda de los horrores. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Sobrevalorados”

Música para una banda sonora vital – Jefferson Airplane

La música de Jefferson Airplane, grupo de rock influenciado por la psicodelia y las drogas alucinógenas contemporáneo de The Mamas & The Papas o Scott McKenzie, suele ir ligada, como muestra el primero de los vídeos que aparecen a continuación, a un periodo muy determinado de la historia reciente norteamericana, los años sesenta y setenta, a acontecimientos como la guerra de Vietnam, Woodstock o la lucha por los derechos civiles y a figuras como los hermanos Kennedy o Martin Luther King. No se le escapó este detalle a Robert Zemeckis para Forrest Gump y ese doble compendio de rock, pop y folk que constituye su banda sonora, todo un éxito de ventas en su día que incluía joyas de la música imprescindibles. Precisamente la abre Volunteers, un clásico del grupo californiano convertido en himno contra la intervención militar norteamericana en el sudeste asiático. Otro de los grandes clásicos del grupo, Somebody to love, tenía una presencia destacada en Apolo 13, de Ron Howard, y además es perpetrada por Jim Carrey en esa cosa llamada Un loco a domicilio, bodrio dirigido por Ben Stiller, el eslabón perdido de Atapuerca.

Magia, amor, humor y ternura a la vuelta de la esquina: El bazar de las sorpresas

bazar

Esta es la historia de “Matuschek & Compañía”, del señor Matuschek y de las personas que trabajan para él. Su bazar está a la vuelta de la esquina de la calle Andrassy. En la calle Balta, en Budapest, Hungría.

Aunque este seductor cuento de almas infelices bien pudiera transcurrir en otras coordenadas temporales y geográficas igualmente propensas a las fábulas de anhelos insatisfechos y corazones hambrientos, la atención del mundo se concentra por un instante, de puntillas, casi sin hacer ruido, a través de ese microscopio de emociones que es el cine, que nos invita, cogidos de la mano, mecidos por una voz cálida y amable que cita el texto que abre este artículo, a colocarnos ante un sencillo, modesto, pero encantador y coqueto escaparate de, como dice la canción, seres imperfectos, soledades compartidas, ideales desmesurados y amores a escondidas, de sentimientos expuestos a la espera de alguien que sepa apreciar su calidad pagando su precio hace mucho tiempo rebajado, en un pequeño pero próspero comercio de marroquinería y artículos de importación de la vieja capital húngara en un momento, 1939, en que Europa está a punto de perder la inocencia, si es que alguna vez la tuvo o creyó haberse fabricado una memoria a medida que la hiciera olvidarse por completo y por siempre de sí misma. Así, llevados del brazo, con el susurro de la promesa de un amor a un tiempo sencillo y épico, legendario y corriente, mágico y cotidiano, nos situamos en la esquina de las calles Andrassy y Balta del viejo Budapest a la temprana hora matutina en la que los empleados de Hugo Matuschek van concentrándose ante la luna de la tienda a la espera de la irrupción del taxi que traslada al gran hombre mientras comentan las noticias del primer periódico del día, se cuentan los avatares acaecidos la tarde anterior en sus quehaceres privados, lamentan la nueva enfermedad de la esposa del señor Pirovitch, esperan el relato de Kralik sobre la cena de la noche anterior en casa del jefe, o hacen buenos propósitos para la jornada en curso, aunque algunos de ellos, de reojo, a la vez preocupados y ansiosos, aguardan la llegada del coche para ser ellos quienes, por una vez antes que el señor Vadas, tengan el privilegio de abrirle la puerta a Matuschek y mostrar su abnegación por la empresa y su inquebrantable adhesión a la persona de su dueño en forma de un servilismo extremo que les vuelva visibles a sus ojos, que les proporcione un momento de notoriedad que abogue por su compromiso en el negocio antes de subsumirse en el anónimo marasmo cotidiano de clientes, proveedores, trastiendas, caja registradora, horas de teléfono, cuentas y tratos, antes de que Matuschek se encierre en un despacho al que sólo Kralik, su ojito derecho, parece tener acceso libre e ilimitado.

Así, con unas breves, soberbias, delicadas pinceladas, con unos diálogos agudos, ágiles, rápidos, certeros, se nos presenta el pequeño universo humano que va a deleitarnos apenas hora y media. Pirovitch (Felix Bressart, un fijo en las más recordadas películas de Lubitsch), es un hombre de mediana edad, algo triste y desencantado, hecho a una rutina familiar plácida y tranquila, que se deja llevar por una vida sin sobresaltos, sin alicientes, y que encuentra en su esposa e hijos todo lo que anhela de la vida, un frágil y quizá timorato y cobarde pero también cómodo equilibrio vital que no desea ver perturbado, ni por su suegra ni por el tío con el que odia compartir veladas ni tampoco por culpa de un trabajo que necesita conservar a toda costa ante la imposibilidad de poder ser aceptado en otro sitio, de ahí que desee refugiarse en ese mismo anonimato laboral que otros rehuyen, escondiéndose o haciendo mutis por el foro cada vez que Matuschek busca un empleado al que pedir consejo u opinión si no tiene a Kralik a mano, y que hace que, precisamente sea él el objeto de los malos humores del dueño del lugar cuando una sombra se cruza por su cabeza. Flora (Sara Haden) es una mujer madura que, adivinamos, probablemente perdió el tren del amor hace mucho tiempo, por mala suerte o porque no tuvo coraje para comprar el billete, y pasa sus días en compañía de su anciana madre. En el trabajo es tan eficiente como silenciosa y discreta, es el talento contable que hay tras el diario cierre de caja, su tardío momento de gloria cotidiano, pero no nos cuesta imaginarla en la intimidad de su hogar, suspirando por las oportunidades perdidas. Ilona (Inez Courtney) también hace gala de timidez y discreción ante Matuschek, aunque no vacila en opinar abiertamente, criticar o colgar sambenitos si es menester cuando el jefe no está delante, buscando en la aceptación de sus compañeros el trato afectivo diario del que quizá está privada al llegar a casa. Ferencz Vadas (Joseph Schildkraut, magistral en su difícil componenda de ser el rostro antipático en un metraje repleto de afabilidad) no busca ser querido o respetado por nadie más que no sea el señor Matuschek, y no por aprecio o simpatía personales, sino por su acentuado egoísmo: no duda en meter cizaña, en conspirar o en dar la vuelta o sacar punta a comentarios de sus colegas con tal de tener algún chascarrillo que vender al gran jefe que le permita así ganar puntos en su ranking de lealtades. Rastrero, ruin, vil y despreciable, utiliza la hipocresía y la falsedad como armas de conducta ante todos con tal de lograr su único propósito, su propia prosperidad. Adulador, soberbio, egocéntrico, mezquino y despreocupado por otra cosa que no sea él mismo, sin límite ético alguno a la hora de conseguir lo que quiere, en el fondo es el caso más lamentable de Matuschek y Compañía, porque sólo hay algo peor que el hecho de que la persona amada no corresponda a nuestros sentimientos: no tener uno mismo alguien a quien amar, o mucho peor, carecer de la capacidad para hacerlo. Pepi (William Tracy), el chico de los recados destinado a convertirse en el eficiente dependiente conocido como señor Katona, es un golfo amable, simpático. Viene del hambre, y de ella ha salido con mucho y buen trabajo, pero también con grandes sufrimientos y amarguras, aprendiendo de la vida en las calles con sus buenas dosis de cara dura, continuas triquiñuelas, y, probablemente, con algún leve quebrantamiento de la ley. No hay maldad en su corazón, sólo la alegría de vivir a toda costa, ganas de disfrutar por anticipado de una felicidad de la que se ve acreedor como justo depositario de ella, que siente segura, una mera cuestión de tiempo, pero a diferencia de Vadas, no en exclusiva, sino como uno más que pueda compartirla con otros al mismo tiempo que la recibe de los demás. Hugo Matuschek (Frank Morgan) es un patriarca, ejerce de padre de familia de su comercio. Pese a llevar veintidós años casado con Emma, no tiene hijos, de ahí que el negocio lo sea todo para él y se relacione con sus empleados como un padre entre bienintencionado y cascarrabias, quisquilloso y de buen corazón, siempre absorbido por las cuentas, atento con los caprichos monetarios de su esposa y, aunque él forjó su fama y fortuna de la nada, a su avanzada edad está ya necesitado de un apoyo en quien confiar para superar las limitaciones de su indecisión ante los nuevos tiempos. Su reputación de hombre de negocios próspero no está a la altura de la realidad: probablemente sin el apoyo de Kralik todo fuera distinto. Alfred Kralik (espléndido, maravilloso James Stewart, toda una estrella ya por aquel entonces, en una de sus mejores encarnaciones de hombre ordinario, común, cotidiano) es un héroe anónimo de firmes convicciones morales, de conquistas pequeñas y, no obstante, decisivas, que persigue un ideal tan recto como sencillo, la felicidad. Lleva nueve años en Matuschek y Compañía, desde que era un aprendiz como Pepi, le ha dedicado a la tienda toda su vida, y conoce los entresijos del negocio tanto y tan bien como el propio Hugo Matuschek, o quizá más y mejor, dado que a él no le cuesta ir adaptándose a los nuevos tiempos. Una vez convertido en encargado, sin embargo, la vida le sabe a poco, necesita abrirse a nuevas experiencias que han permanecido ajenas a él mientras ha necesitado invertir todo su tiempo en hacerse con una posición. Ahora siente la llamada de la poesía, de la música, de la vida, busca enriquecer su existencia antes de seguir los pasos de Pirovitch y llegar tarde a casi todo. Buscando alguna oferta de venta de enciclopedias de segunda mano ha encontrado un anuncio en el que una joven con inquietudes culturales busca interlocutor epistolar con quien intercambiar ideas filosóficas. Apartado de correos 237 de Budapest. Inmejorable para empezar. Con lo que no cuenta es con pasar de la cultura al amor, un terreno nuevo y resbaladizo para Alfred. Continuar leyendo “Magia, amor, humor y ternura a la vuelta de la esquina: El bazar de las sorpresas”

La tienda de los horrores: Tienes un e-mail

El cartel dice: “la mejor comedia romántica del año”. Debió ser un mal año 1998 para ser considerada la mejor en nada. Sorprendentemente bien acogida por la crítica, esta almibarada comedieta podría ser el ejemplo principal de un futurible libro que pudiera titularse “Cómo el Hollywood moderno puede tomar un clásico magnífico y destrozarlo en cinco fáciles pasos”. Este remake de The shop around the corner (El bazar de las sorpresas, de 1939), del maestro Ernst Lubitsch, carece de todo lo maravilloso de aquella legendaria cinta y recubre la historia de un barniz romanticón, baboso y blandorro insoportable. Continuar leyendo “La tienda de los horrores: Tienes un e-mail”