Diario Aragonés – Melancolía

Título original: Melancholia
Año: 2011
Nacionalidad: Dinamarca / Alemania / Suecia
Dirección: Lars von Trier
Guión: Lars von Trier
Música: Mikkel Maltha
Fotografía: Manuel Alberto Claro
Reparto: Kirsten Dunst, Charlotte Gainsbourg, Kiefer Sutherland, Charlotte Rampling, Alexander Skarsgård, Stellan Skarsgård, Udo Kier, John Hurt
Duración: 136 minutos

Sinopsis: Claire (Charlotte Gainsbourg) y su marido (Kiefer Sutherland) han organizado hasta el más mínimo detalle del convite de la boda de Justine (Kirsten Dunst), la hermana de Claire, con Michael (Alexander Skarsgård), que se celebra en su lujosa mansión. En la fiesta se dan cita muchos familiares y amigos, y se destapan tensiones, rencillas y secretos. Por otra parte, un planeta bautizado como Melancolía, se aproxima a La Tierra. Lo que para algunos no es más que la posibilidad de ser testigos de un espectacular fenómeno astronómico, para otros es una amenaza real de colisión, la llegada del fin del mundo.

Comentario: Después de que Von Trier la liara parda en el festival de Cannes con sus estúpidas declaraciones (a las que sólo Charlotte Gainsbourg reaccionó debidamente con un serio gesto de desaprobación y unas declaraciones de rechazo, mientras que Kirsten Dunst ponía cara de “no sabe, no contesta, pero por si acaso yo aquí me quedo, monísima de la muerte”), es hora de ver si bajo su orquestado mecanismo de difusión hay algo que valga la pena, como ha ocurrido algunas veces, o bien, como en la mayoría, el director danés, que se autoproclama más inteligente que su público a la par que mejor director del mundo, vuelve a realizar un ejercicio de pretensiones intelectuales visualmente depuradas fácilmente tomadas por cualquiera con dos dedos de frente como banalidades de primer grado y provocaciones de matón de biblioteca. Pero, al menos esta vez, Von Trier acierta más de lo que falla, y ofrece una película a ratos escalofriante, hipnótica por momentos, y, cosa rara en él, dotada de contención, poco proclive a sus acostumbradas poses falsamente profundas, a los subrayados intencionados y a las provocaciones gratuitas.

La trama de Melancolía puede resumirse fácilmente como la suma de Celebración (Festen, Thomas Vinterberg, 1998) y Sacrificio (Offret, Andrei Tarkovski, 1986). Dividida en dos segmentos [continuar leyendo]

La tienda de los horrores – Bailar en la oscuridad

Para el escritor Javier Marías, inspirador de esta entrada gracias a su descacharrante artículo Insomnio de cine (2000).

Que Lars von Trier es gilipollas perdido es algo que se viene comentando hace días por los mentideros estos de las películas. Él mismo no lo niega sino que, habiéndolo confirmado de palabra motu proprio en no pocas ocasiones, no le duelen prendas en mostrarse tal cual es incluso en las ruedas de prensa promocionales de las películas que acaban de recibir ovaciones y elogios (ya se sabe, su estúpido discurso en Cannes sobre su particular comprensión de los comportamientos de Hitler). Hasta ese momento, sin embargo, a un montón de juntaletras y no pocos críticos de buena fe impresionables con cada reinvención de la rueda, Von Trier les parecía la panacea de la rebelión y de la provocación tras la cámara, el culmen de la intelectualidad y de una refrescante y necesaria nueva mirada cinematográfica (el tal Dogma, que, salvo excepciones contadas, ha producido películas que parecen resultado de largas horas de orgía etílica), haciendo caso omiso de sus pretenciosos y casi siempre huecos juegos pseudosesudos y de sus artes promocionales basadas en la ofensa, la controversia y la polémica gratuitas, hasta que la falla ha ardido del todo y el amigo Lars ha terminado retratándose como un pretencioso director sin más con una carrera llena de altibajos, con películas excelentes (Dogville, El jefe de todo esto, Rompiendo las olas), mediocres (Europa, Los idiotas) o directamente espantosas, entre las que destaca por encima de todas este celebrado engendro llamado Bailar en la oscuridad (2000).

Lo que llama la atención es que semejante plaste haya logrado tal corriente de admiración casi unánime entre críticos, aficionados y público en general tratándose de una casi ridícula traslación a imágenes de un guión todavía más ridículo. Y más aún que en Cannes, donde hoy no le darían ni las buenas tardes, le regalaran nada menos que la Palma de Oro en la edición que probablemente más barata se ha vendido, por no mencionar el premio a la mejor ¿actriz? para su horripilante protagonista, la pseudocantante Björk, que cansada de sus perpetraciones musicales decidió aprovechar la oportunidad de trasladar su abominable presencia a la pantalla. La película (que, como viene siendo habitual en Von Trier y su productora, Zentropa, aspira al título de coproducción más superpoblada de la historia, pues forman parte de ella productores de Dinamarca, Alemania, Holanda, Italia, Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Suecia, Finlandia, Islandia y Noruega; casi la ONU…), por más premiada que esté y más elogios que reciba, desprende por sí misma lo que es, una musicalización (si es que a lo suyo, obra de la susodicha islandesa, se le puede llamar música) de una historia que asume uno por uno todos los pestilentes postulados del culebrón más ramplón y del folletín decimonónico de más baja estofa concebible: sin escatimar azúcar, lágrimas y cursilerías varias, Von Trier nos acerca a la historia de Selma (la pedorra de Björk, una de las ¿artistas? más incomprensiblemente sobrevaloradas de todos los tiempos), una inmigrante checa en Estados Unidos que malvive en un régimen de semiesclavitud en una fábrica. Como tal caracterización es poca desgracia, la muchacha es madre soltera y además padece una extraña enfermedad ocular degenerativa y hereditaria (sin que en ningún momento digan cuál es) que la está dejando ciega. Pero este cúmulo de desgracias contrarresta su mala fortuna siendo un cacho de pan: más buena, más dulce, más amorosa, más pava, no puede ser. Más bien pavisosa, con esa congelada sonrisa como si permanentemente se regocijara de una ventosidad expulsada sin que nadie se haya dado cuenta. El primer problema de la película radica precisamente ahí: mientras que todos los personajes la adoran por su bondad, al otro lado de la pantalla sólo se ve a una idiota suprema, a un ser bobo, meloncio, consciente de manera autocomplaciente de su propia bondad y, por tanto, falsa, soberbia, engreída, presuntuosa, una Teresa de Calcuta de andar por casa, de cartón piedra.

Si ahí terminaran las incongruencias y los caprichos narrativos, el pecado se quedaría a medias. Para continuar con la estructura telenovelera, resulta que su nene, que padece de la misma enfermedad ocular que ella y que no desempeña ningún otro papel en la película que ser una coartada emocional sin protagonismo alguno más que de manera tangencial (ni la propia Selma, como señala Marías, le hace ni puto caso), precisa de una operación cuyos costes ella sola no puede afrontar sin realizar enormes sacrificios y pasar por grandes privaciones, guardando cada céntimo y cada dólar que puede en el calcetín destinado a la intervención quirúrgica. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Bailar en la oscuridad”