Coreografías urbanas: En la ciudad de Sylvia (José Luis Guerín, 2007)

Mirada y evocación. La propuesta de José Luis Guerín brilla en su sencillez y su sinceridad, se recrea en el ensimismamiento, conforma visualmente un episodio de nostalgia, búsqueda y frustración, de fracaso de un sueño, de recuerdo de sensaciones que se filtran por los bordes de la memoria y de los sentidos para perderse lenta e inexorablemente. Pérdida contra la que el protagonista se rebela, que intenta sin éxito detener, taponar, reconducir, recuperar, revivir. En el primer segmento de la película, la mirada de un joven (Xavier Lafitte) que ha regresado a Estrasburgo en busca del amor que conoció seis años atrás, de la mujer que fue su objeto, deambula libremente entre los rostros y las calles de la ciudad. Es una búsqueda libre, caótica, nada sistemática ni amparada en direcciones, rastros, huellas, sino encomendada a un instinto superior, a la ley de lo inevitable, al orden cósmico del eterno retorno. El muchacho frecuenta lugares que adivinamos vividos y compartidos años antes a la caza del rostro recordado y ansioso por reconocer, observa una interminable colección de mujeres jóvenes que conversan o toman café, a parejas que se besan, discuten o pasean. Aguarda impaciente pero pasivo el reencuentro que juzga y desea inevitable. Sus miradas son azarosas, se concentran en gestos y expresiones, parecen dirigidas más a la iluminación interior, a la inspiración, que al reconocimiento de una fisonomía. La magia del recuerdo va de rostro en rostro, de mujer en mujer, en una especie de ceremonia de invocación del amor perdido, de la amada ausente, hasta concentrarse en un único objetivo (Pilar López de Ayala). A partir de ahí, se inicia un seguimiento hitchcockiano por las calles de Estrasburgo, en persecución del sueño. Como en Vértigo (1958), la magia evocada se entrelaza de suspense. Se pierde el rastro, se recupera, se confunde, se duda, se disfruta perversamente, se saborea por anticipado, se pierde en la memoria traicionada por el deseo.

Guerín permanece injustamente arrinconado por el cine español anunciado en la gala de los Goya y producido por televisión. Seleccionada por el Festival de Venecia en un tiempo en que el cine español, a diferencia de décadas anteriores, permanece continuadamente fuera de las secciones oficiales de los grandes festivales, los de clase A (Cannes, Berlín, Venecia), a excepción de San Sebastián, que mantiene la cuota nacional por aquello de la vergüenza torera, llama poderosamente la atención que cineastas como Serra, Laxe o el propio Guerín sean sistemáticamente marginados mientras se aplaude toda serie de banalidades emuladores de fórmulas importadas de Hollywood. Independientemente de las virtudes y los defectos que puedan encontrarse en sus películas, la mirada y la intención de sus proyectos son soplos de aire fresco que el cine español no se puede permitir desaprovechar, por más que, como en este caso, el argumento gire en torno a la exaltación de algo parecido a la inmadurez, a la negativa a crecer, a superar, a pasar página y reinventar la vida. La ansiada Sylvia es un oscuro objeto de deseo que no sabemos si pertenece a la realidad recordada, a la imaginación o a la memoria alterada por la emoción. Lo único tangible son las calles de Estrasburgo, sus gentes y aquellas marcas visuales con las que, al modo de Kieslowski, Guerín salpica todo el metraje: Continuar leyendo “Coreografías urbanas: En la ciudad de Sylvia (José Luis Guerín, 2007)”

De entre los muertos (Vertigo, Alfred Hitchcock, 1958): coloquio en ZTV

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Reciente intervención en el coloquio del programa En clave de cine, de ZARAGOZA TELEVISIÓN, acerca de esta obra maestra de Alfred Hitchcock.

Diálogos de celuloide – De entre los muertos (Vertigo, Alfred Hitchcock, 1958)

Stewart Vertigo Hitchcock_39-¿Cenará usted conmigo?

-¿Cenar y qué más?

-Solamente cenar (…). Podemos simplemente mirarnos mucho el uno al otro.

-¿Por qué? ¿Porque le recuerdo a ella? Eso no es muy halagador. ¿Y nada más?

-No.

-Eso no es muy halagador tampoco.

-Lo único que deseo es estar con usted tanto tiempo como me sea posible.

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-¿Por qué está usted haciendo esto? ¿Qué piensa conseguir con ello?

-No lo sé. Nada, supongo. No lo sé… Hay algo en usted… Continuar leyendo “Diálogos de celuloide – De entre los muertos (Vertigo, Alfred Hitchcock, 1958)”

Mis escenas favoritas – Él

Escalofriante secuencia de Él (1953), obra maestra del aragonés Luis Buñuel durante su etapa mexicana que, en la piel de Arturo de Córdova, supone un magistral retrato de la paranoia enfermiza de los celos. Buena parte de la película sirvió de inspiración a Alfred Hitchcock para su Vertigo (1958).

Alfred Hitchcock presenta – Los “Hitchcocks” que no vieron la luz

Alfred Hitchcock, el auténtico Sir Alfred, no sólo es un cineasta capital para la Historia del cine y del arte del siglo XX por la inmensa calidad de su trabajo, sino también por lo que su figura supuso para la industria del cine como creador capaz de cubrir todos los aspectos de la producción cinematográfica, desde la técnica a la escritura de guiones, desde la publicidad al control financiero, llegando a ser uno de los primeros directores capaces de convertirse en productor de sus propias obras, e incluso, cosa realmente insólita, en constituirse en propietario del negativo de sus propios films. Sin embargo, su audacia, su enorme capacidad, su talento, no estuvieron libres de fracasos, de proyectos que nunca vieron la luz, de frustraciones y derrotas creativas al intentar llevar a la pantalla historias que nunca salieron adelante. Repasamos las más importantes:

Number thirteen: en 1922 Hitchcock se encontraba dando los primeros pasos para superar su condición de rotulista y responsable de dibujos de los estudios filiales de la Paramount en Londres y poco a poco intentaba convencer a los productores de que era capaz de escribir guiones y además de dirigirlos. Su primera película, Woman to woman, vino precedida de un fracaso al rodar una historia escrita por una empleada de los estudios antigua colaboradora de Chaplin que no pasó de dos rollos de filmación ante el abandono del inversor norteamericano de los estudios. La película, inacabada, durmió para siempre el sueño de los justos.

Titanic: en 1939 los últimos éxitos de Hitchcock en el cine británico y su proyección internacional le habían asegurado un contrato con el magnate David O. Selznick, productor de Lo que el viento se llevó, para su desembarco en Hollywood y el rodaje de una película sobre el hundimiento del famoso transatlántico. Hitchcock, nunca convencido del todo de lo ajustado de ese proyecto a sus intereses y métodos de trabajo, era más partidario de rodar Rebeca, sobre la novela de Daphne du Maurier cuyos derechos ya habían sido adquiridos. Durante el año que faltaba para su incorporación efectiva a Selznick International, Hitchcock, mientras rodaba Posada Jamaica para matar el tiempo, intercambió frecuentes comunicaciones con Selznick, y tras varios tiras y aflojas y un complicado intercambio de impresiones con un hombre tan controlador y temperamental como Selznick, con el que Hitchcock nunca se entendió, el Titanic se hundió. Hitchcock debutó en Hollywood con la más inglesa de sus películas americanas.
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