Un fresco del cine italiano: Mi familia italiana (Latin lover, Christina Comencini, 2015)

Resultado de imagen de mi familia italiana

El atractivo principal de esta irregular comedia coral de Christina Comencini (hija de Luigi Comencini, como indica el apellido) consiste en la recuperación en imágenes de una época, el cine italiano de los 40 a los 70, y de un personaje, el galán latino por antonomasia, en un tiempo en que el cine de su país vuelve a gozar de espacio y reconocimiento en el mercado internacional tras varios lustros de éxitos esporádicos y travesía por el desierto. Lo hace a través de la figura de un actor ficticio, Saverio Crispo (Francesco Scianna), al que va a homenajearse en su localidad natal con motivo del décimo aniversario de su fallecimiento. El homenaje reúne a su amplia y extensa familia, repartida por cinco países, y que responde tanto a la rica y diversa carrera internacional de Crispo como a su accidentada vida amorosa y sexual. De este modo, mujeres (y algún hombre) provenientes de Francia, España, Suecia y Estados Unidos se dan cita, junto con la familia italiana propiamente dicha, en la misma casa, al mismo tiempo, mientras duren los actos de tributo al gran Saverio Crispo. Como es natural, la interacción entre antiguas esposas y entre estas y las hijas, además de algún marido, los nietos y un invitado inesperado y no demasiado bienvenido, serán causa de múltiples encuentros y desencuentros, las más de las veces agridulces, propensos por igual al humor y al dramatismo y la melancolía.

Vaya por delante un primer problema: la amplísima trayectoria profesional que la película pretende adjudicarle al tal Crispo se topa con una barrera infranqueable, que no es otra que, por más que la directora se empeña en hacernos ver que Crispo trabajó en los teatros y salas de variedades de los años cuarenta, en el cine comprometido de los cincuenta, en las comedias y la nouvelle vague de los sesenta y en los sesudos dramas escandinavos de los setenta, además de sus posteriores coqueteos con Hollywood (todo ello muy bien recreado en tomas reconstruidas de las falsas películas de Crispo, que remiten a títulos auténticos y reconocibles), el amigo Crispo siempre tiene la misma edad, no hay apenas diferencias perceptibles entre sus fotos e imágenes de las primeras épocas y de la última, más allá de la débil caracterización de unas gafas, de una barba o de las prendas de vestir correspondientes a cada moda coyuntural. Tampoco la ligazón entre las esposas e hijas de Crispo (cuyos nombres, invariablemente, empiezan por la letra S) termina de funcionar con fluidez: al parecer, Crispo reunía a sus hijas (todas de distintas madres, de distintos países) cada verano en la casona familiar, pero el guion no deja claras las circunstancias en que tenían lugar esas reuniones ni el tono y la forma en que se relacionaban. Las relaciones entre las esposas no quedan del todo bien perfiladas, no se explican cuáles han sido sus vínculos en común aparte de la coincidencia marital, es decir, de dónde proviene la cordialidad y el buen trato que se dispensan. Las más creíbles son las relaciones de las hijas con las respectivas madres, o de las hijas entre sí cuando ya son mayores. Incluso de las hijas, sobre todo de una de ellas, Solveig (Pihla Viitala) con Alfonso (Jordi Mollá), el marido de Segunda (Candela Peña), la hija española de Saverio, en un personaje que roza (o algo más) lo almodovariano. El misterio que rodea a la figura de Saverio tampoco es tal, ya que se intuye previsible desde prácticamente el principio, y más con la aparición de Pedro (Lluís Homar), el doble de las escenas de riesgo de Saverio en sus spaghetti westerns, con el que mantuvo una amistad “especial” en el tiempo que coincidieron en España.

Más allá de las situaciones previsibles, de los diálogos con falta de contundencia y del retrato de Alfonso como un nuevo latin lover, esta vez español, a la caza de la sueca de turno (recuperando el landismo en un tono más sofisticado y cool, aunque igualmente patético), el interés de la película es doble. Primero, como se ha dicho, porque sirve de tributo a un cine italiano que ha desaparecido (no cuesta mucho reconocer escenas de grandes películas italianas en el montaje de presuntas películas de la carrera de Saverio, o en sus declaraciones en entrevistas o reportajes, en los que se reconoce a grandes del cine transalpino como Mastroianni o Gassman, entre otros) pero también, al menos para el público español, Continuar leyendo “Un fresco del cine italiano: Mi familia italiana (Latin lover, Christina Comencini, 2015)”

La tienda de los horrores – Barba Azul

Madre del amor hermoso… Hasta directores clásicos con una carrera salpicada de títulos apreciables que han posibilitado su paso a la posteridad y su reconocimiento por parte del gran público tienen pequeños horrores que esconder en lo más hondo de sus filmografías. Es el caso de Edward Dmytryk, que en una trayectoria, eso sí, plagada de mediocridades, se apuntó no obstante excelentes tantos como Historia de un detective (1945), una de las cimas del cine negro de todos los tiempos, la mítica Encrucijada de odios (1947), el western Lanza rota (1954), la memorable El motín del Caine (1954), el melodrama de época El árbol de la vida (1957), y ya enfilando su declive, el bélico El baile de los malditos (1958) y el western El hombre de las pistolas de oro (1959). Un currículum de casi cuarenta años con una larga etapa de decadencia iniciada en los sesenta y que culminó en películas americanas de serie B y coproducciones europeas de todo pelaje, entre las que destaca esta cosa de 1972 titulada Barba Azul, película franco-italo-germano-húngara que mejor hubiera hecho quedándose para siempre entre los proyectos inconclusos.

Parodia involuntaria, hilarante despropósito que termina riéndose de sí misma, esta adaptación de la clásica historia de Perrault, múltiples veces llevada al cine con mejor fortuna bajo distintas identidades y parámetros geográficos, relata la historia del barón Von Sepper (nada menos que Richard Burton, que en el más allá todavía se estará revolcando en azufre pensando en cómo pudo participar en esto), un héroe de guerra, un aviador famoso que, derribado por los rusos, se supone que en la I Guerra Mundial (los biplanos, el vestuario y la ambientación nos indican que estamos en el periodo de entreguerras), sufrió una curiosa mutación facial a raíz de la alta temperatura del aparato incendiado y de la pigmentación de la pintura derretida que terminó por colorearle la barba, literalmente, de azul. Este pequeño detalle no es nada comparado a las aficiones del gachó. Porque, aparte de vivir en un castillo de colorines que parece una mezcla entre Disney y los travestorros marca Almodóvar, el fulano está como una maraca. Acuciado por los problemas mentales derivados de su impotencia sexual y un trauma infantil mal digerido a causa de las difíciles y extrañas relaciones con su madre, el hombre se dedica a cargarse a toda mujer con la que está a punto de estar a punto, uséase, de irse al catre a folgar, que dirían los medievales. Con el inestimable concurso del vejestorio que hace las veces de criada desequilibrada, y coleccionando los cadáveres de sus esposas a medida que se las va cepillando en una especie de galería del terror, el Barón aprovecha que Anne, su última esposa, le ha cogido en un renuncio y ha descubierto el pastel, para, una vez advertida de que con la llegada del amanecer le llegará el turno de que le canten el gori-gori, para relatarle su carrera criminal en plan flashback. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Barba Azul”