Tierra quemada en el amor y en la guerra: Guerra y paz (War and peace, King Vidor, 1956)

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La invasión napoleónica de Rusia y el proceso paralelo de crecimiento y maduración de una muchacha de buena familia, la dulce y generosa Nathasa Rostova. Resulta más fácil resumir en una frase el esqueleto argumental de la monumental obra de Tolstoi que trasladarla a la pantalla, aun utilizando para ello tres horas y cuarto de metraje. Aunque King Vidor salió más que airoso de un desafío artístico y técnico harto complicado, no obtuvo el favor del público en la taquilla, lo cual, unido a los inmensos costes de producción, supuso un fuerte contratiempo en la carrera de un director que venía de la edad de los pioneros y que sólo rodaría una película más. Producida por Dino de Laurentiis y concebida como una de las más grandes superproducciones cinematográficas de la era de las superproducciones cinematográficas que trataba de imponerse por aplastamiento al incipiente reinado doméstico de la televisión, la película pretendía atesorarlo todo: una fuente literaria de prestigio, un guión en el que intervinieron más de media docena de escritores (entre ellos Irwin Shaw, Mario Camerini o el propio Vidor), un director consagrado cuya carrera hundía sus raíces en la etapa muda del cine, un operador de fotografía de primer nivel (Jack Cardiff), un compositor reputadísimo (Nino Rota), y un reparto de grandes figuras del cine norteamericano y europeo que pudiera atraer al público a las pantallas, con Audrey Hepburn, Henry Fonda, Mel Ferrer, Vittorio Gassman, Herbert Lom, Anita Ekberg, Oskar Homolka, Jeremy Brett o John Mills. Hoy en día, el paciente visionado de la película tiene premio, descubrir un catálogo de exquisitas interpretaciones enmarcadas por una fotografía excepcional.

Vidor capta la esencia de la obra de Tolstoi contraponiendo acertadamente, a través de los personajes de Pierre Bezukhov (Fonda) y el príncipe Andrei Bolkonsky (Ferrer), la doble naturaleza del argumento: ambos mantienen una estrecha relación con Natasha y se ven involucrados, cada uno a su manera, en los excepcionales acontecimientos que sacuden la vida de su país: Pierre es un hombre pacifista e ilustrado, que ve en Napoleón el libertador democrático de Europa antes de desengañarse cuando contempla la batalla de Borodino y el comportamiento de las tropas francesas en las zonas ocupadas; Andrei, que ha perdido a su esposa en el parto de su hijo, es un militar y diplomático que, salvado de morir por los médicos de Napoleón, lucha en una guerra militarmente perdida con la abnegación de un país capaz de arrasar sus propias ciudades y cultivos para no dejar nada valioso en manos del enemigo. El polo alrededor del que gira todo es, por supuesto, Natasha (Audrey Hepburn), la muchacha que descubre al mismo tiempo el amor y la guerra, que abre la película asistiendo a un desfile con la ilusión y la traviesa impaciencia de una niña, y la termina como la mujer de la casa, tomando las primeras decisiones para la reconstrucción en ella de su vida familiar.

El amor y la guerra marchan en paralelo. Los desengaños románticos, de Pierre hacia su mujer (Anita Ekberg), de Natasha hacia Kuragin (Gassman), de Andrei hacia Natasha…, tienen su paralelo en lo político, con Pierre renegando de su antigua admiración por Napoleón (como sucediera igualmente con figuras históricas de la talla de Beethoven, por ejemplo), e incluso en lo militar, con un país avergonzado de un ejército que huye ante el avance francés, que no entiende la estrategia emprendida por el viejo mariscal Kutuzov (Oskar Homolka), paciencia y tiempo, que es la que finalmente conducirá a las armas rusas a la victoria. Continuar leyendo “Tierra quemada en el amor y en la guerra: Guerra y paz (War and peace, King Vidor, 1956)”

La tienda de los horrores – Siete veces mujer

No cabe duda; la fotografía tiene que ilustrar necesariamente a los tres actores viendo su propia película…

Generalmente, las películas construidas a base de episodios o cortos no suelen funcionar. La variación de tonos, formas, tratamientos narrativos, por no hablar de los objetos de interés de las tramas, suelen proporcionar al conjunto altibajos de ritmo, lagunas de intensidad, pérdidas de pulso, cuando no ligereza o escasez en el retrato de personajes y situaciones. Cuando la cosa encima se hace con intención paródica o caricaturesca, la catástrofe suele estar asegurada. Es el caso de este inexplicable engendro, Siete veces mujer, de 1967.

Y lo más inexplicable es que sea así con la nómina de participantes en semejante zancocho: dirigida nada menos que por Vittorio De Sica, uno de los padres del neorrealismo italiano, autor de indiscutibles obras maestras, que en un momento dado de su carrera empezó a filmar morralla, comedias costumbristas de nivel ínfimo con el sexo edulcorado como vehículo para el lucimiento de carnalidades tipo Sophia Loren; escrita por el gran Cesare Zavattini, el mismo de quien Truman Capote decía que era el único guionista-creador con talla de verdadero artista en el mundo del cine, corresponsable junto a De Sica de películas inolvidables, pura Historia del Cine; interpretada por una inigualable nómina de célebres actores y actrices: Shirley MacLaine (en la cresta de la ola tras El apartamento o Irma la Dulce, aunque como cómica siempre ha resultado más que deficiente), Peter Sellers (sin comentarios), Vittorio Gassman (ídem), Michael Caine, Alan Arkin, Robert Morley… Y bellezas como Anita Ekberg, otra que tal tras La dolce vita, y Elsa Martinelli. ¿Qué es entonces lo que pudo fallar en un proyecto tan, a priori, solvente? Posiblemente la abundancia de productores (americanos, franceses e italianos) y la necesidad de rodar la película en inglés, con un reparto internacional y destinada a Hollywood; sacar de su medio natural a De Sica y Zavattini, e incluso a Gassman, no salió gratis.

La película, que no hay por dónde cogerla, fracasa en toda la línea. Como comedia resulta tediosa, fallida, ridícula, risible, sin que la sonrisa asome en ningún momento a la cara del espectador, que asiste con indignación creciente a una de las mayores decepciones imaginables en el campo del cine de humor. Construida en siete capítulos que en teoría hablan del adulterio desde el punto de vista de la mujer, o al menos con una mujer como protagonista, las situaciones carecen de gracia, de ingenio, de talento, el humor bufonesco es patético, los intérpretes se pierden en grandilocuencias forzadas (MacLaine) o en mímicas absurdas (Gassman, Sellers, perdidos en personajes absolutamente lamentables), los chistes son tontos, el humor no llega a explosionar, y uno asiste impávido, perplejo, a una sucesión de acontecimientos, a cual más torpemente hilvanado con el anterior, que no transmiten paradojas, mensajes, sarcasmos ni guiño alguno. La “gracia” está en que cada capítulo, todos protagonizados por MacLaine, reflejan a un estereotipo distinto de mujer, siguiendo los tópicos más vulgares de la recreación femenina por los ojos masculinos, primordialmente los que tienen tendencia al machismo más exacerbado. La secuencia del desastre, que elige París como escenario para el desaguisado, es la siguiente: Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Siete veces mujer”

Cine en serie – ‘La cena’, de Ettore Scola

Valga una película italiana para conmemorar, según la tradición, que tal día como hoy hace 2761 años se fundó la eterna e inigualable ciudad de Roma. Insistimos, según la tradición.

CINE PARA CHUPARSE LOS DEDOS (II)

Esta adorable coproducción franco-italiana de 1998 nos devuelve a un Ettore Scola interesado en las historias múltiples de varios grupos de personajes en los que hay momentos para el drama, la comedia, la filosofía de la vida, la amistad o el amor. La película se detiene en la contemplación de historias cotidianas, de personajes corrientes que se encuentran cenando una misma noche en un restaurante. Los personajes, esporádicos clientes del local que acompañan la comida con buena conversación, o viceversa, historias propias o contadas, fábulas, chistes, anhelos y deseos, en el antiguo y sabio lenguaje de la confesión y la complicidad que se establecen en torno a una buena comida y un buen vino, y también los propios empleados del establecimiento, que entre fogones o circulando entre las mesas hacen de su profesión el ejercicio de un sacerdocio, entran y salen durante la hora de la cena, y nos muestran una colección de territorios humanos profundamente consumidos por las peripecias corrientes de la vida.

El restaurante es el hogar para sus empleados, el lugar donde pasan la mayor parte del día en compañía de unas personas que son casi una segunda familia (primera, en algunos casos), mientras que para los clientes la hora de la cena en un marco agradable, íntimo y familiar es el reposo del guerrero tras la agotadora jornada diaria, Continuar leyendo “Cine en serie – ‘La cena’, de Ettore Scola”

Mis escenas favoritas – Esencia de mujer

Si me dan a elegir entre Perfume de mujer (1974), dirigida por Dino Rissi o Esencia de mujer (1992), dirigida por Martin Brest, indudablemente me quedo con la primera sin ver (perdón por el chiste tan malo). Si tengo que elegir entre Vittorio Gassman o Al Pacino en el papel de invidente militar retirado y con mala leche congénita, me quedo con el italiano… Con el italiano de Italia, se entiende.

Con todo, esta escena está bien, considerando que Al Pacino interpreta a un ciego que presuntamente sabe bailar, o sea, que lo que hace mal se supone que lo hace mal adrede. Y ella, en teoría interpreta a una vidente, aunque con su baile surgen dudas sobre si lo es o no. Realmente lo maravilloso es Por una cabeza, el inmortal tango de Carlos Gardel (que como todo el mundo sabe, cada día canta mejor), y el tocayo Alfredo Le Pera, compuesto en 1935 y que aparecía en su película Tango bar, del mismo año.

Diálogos de celuloide – La cena

MAITRE: Disculpen, ustedes que son personas instruidas, ¿me permiten una pregunta un poco impertinente?

MAESTRO: …

MAITRE: ¿Por qué los jóvenes me tocan las pelotas? ¿Será la edad?

MAESTRO: ¿Cree usted que nosotros no les tocamos las pelotas a los jóvenes?

MAITRE: Ya, pero las suyas son más resistentes.

MAESTRO: Ah.

PROFESOR: Será la edad, pero a mí me tocan las pelotas todos, jóvenes y viejos.

MAESTRO: No, yo no. Yo me conformo con tocarle las pelotas a los demás.

PROFESOR: Tampoco eso está mal.

La cena. Ettore Scola (1998).