Música para una banda sonora vital: Calles de fuego (Streets of Fire, Walter Hill, 1984)

Aquí tenemos a Diane Lane dándole al playback y meneando el esqueleto en la interpretación de Tonight Is What It Means To Be Young para este ochentero clásico de culto dirigido por Walter Hill, en el que el guionista y director pudo dar rienda suelta a dos de sus grandes pasiones, la música y el cine de acción y de violencia. A ratos tan magnética como ridícula, mixtura de película de pandilleros e intriga neo-noir, de musical y thriller, de western urbano y drama romántico con tintes de cómic retrofuturista y mucha cancha abierta al videoclip, la película es todo un ejercicio de nostalgia para los nacidos en los cincuenta que hacían cine en los ochenta y para los espectadores del siglo XXI que en esos ochenta éramos unos críos. Vergüenza ajena aparte. Que la da, y mucha.

Espías a la antigua usanza: El hombre más buscado (A most wanted man, Anton Corbijn, 2014)

mas-buscado_39_1

Película ideal para ilustrar la sustancial diferencia existente entre ritmo y velocidad cuando de narrar en el cine se trata, esta cinta de 2014 se enmarca tanto en el contexto de la llamada “guerra contra el terrorismo” emprendida por las democracias occidentales contra los autoproclamados yihadistas islámicos desde el ataque a las Torres Gemelas de 2001, como en la recuperación de las historias de espías de John le Carré como munición literaria para su adaptación a la gran pantalla. El tono pausado y la importancia de los personajes por encima de la acción gratuita tan común a otro tipo de cine de espionaje no restan un ápice de interés y solidez a un guión repleto de acontecimientos y de elipsis y silencios de lo más elocuentes magníficamente trasladado a imágenes frías, asépticas, y no obstante efectivas, demoledoras, incluso angustiosas por momentos, de un suspense envolvente, capaz de dotar a una ciudad (Hamburgo) retratada a través del cristal, el hormigón y el ladrillo, de una atmósfera sutilmente amenazante, sobriamente terrorífica, y al tiempo sofisticadamente ausente. Porque la ciudad no existe de otro modo que como escenario de las peripecias de los diversos servicios de contraespionaje y seguridad y del objeto de sus investigaciones; lo demás es bosque, figuración, trasfondo, luces y sonidos, vehículos circulando y cuerpos sin idenficar moviéndose ajenos en un entorno urbano bajo cuya superficie se labran incontables tragedias, por cuya salvación mueven los hilos desde la alegalidad seres grises, desconocidos, irrelevantes, prescindibles, sobre cuyo tormentoso insomnio descansa el buen sueño de todos.

Saltan las alarmas: un inmigrante checheno, Issa Karpov (Grirogiy Dobrygin), identificado como sospechoso de terrorismo (hijo ilegítimo de un oficial ruso de alta graduación, que no se hizo cargo de su familia, musulmana), llega ilegalmente a Hamburgo y busca en los bajos fondos a alguien que le ponga en contacto con un poderoso y turbio banquero de la ciudad, Tommy Brue (Willem Dafoe), sospechoso a su vez de maniobras de blanqueo de dinero sucio. Detectado, identificado y seguido por el equipo del agente Günther Bachmann (excepcional Philip Seymour Hoffman), Issa consigue finalmente reunirse con el banquero gracias a la intermediación de Annabel Richter (Rachel McAdams), abogada especializada en derechos humanos e inmigración. Su propósito, retirar de la cuenta de su padre una enorme cantidad, cientos de miles de euros, que Bachmann sospecha que pueden terminar financiando actividades terroristas a través de la naviera de Abdullah (Homayoun Ershadi), hombre de conocido perfil público y talante pacifista del que, sobran indicios de que puede estar jugando a dos barajas. La labor de Bachmann cuenta a su favor con un equipo fiel y comprometido de agentes (Nina Hoss y Daniel Brühl), pero también con una triple dificultad: conseguir no perder al escurridizo Issa, enfrentarse a otras unidades de la inteligencia alemana, deseosas de actuar cuanto antes para detener a Issa y frustrar así la operación de Blachmann contra Abdullah, y la injerencia constante de la CIA, personificada en la agente Sullivan (Robin Wright), que ya tuvo que ver en una mala experiencia pasada de Blachmann en Beirut, en la que perdió a toda su red de informadores por una negligencia en la investigación.

Una película de guión riquísimo y complejo, de elaboración meticulosa y perfecta dosificación, que sin embargo mantiene un tono pausado que le ajusta a la perfección. Corbijn crea un retrato absorbente y desolador, pero también distanciado, cínico, sobre todo muy humano, para bien y para mal, de quienes trabajan en las catacumbas de la seguridad del Estado en la prevención de atentados terroristas y en el ataque sin tregua a sus redes de reclutamiento y financiación, y de cómo los textos legales solo se aplican tangencialmente en una lucha que no puede verse siempre atada por condicionantes jurídicos. Continuar leyendo “Espías a la antigua usanza: El hombre más buscado (A most wanted man, Anton Corbijn, 2014)”

La tienda de los horrores – Vivir y morir en Los Ángeles (Live and die in L.A., William Friedkin, 1985)

vivir_y_morir_en_LA_39

Pasó, y pasa, por ser una de los más importantes y celebrados dramas de acción policiaca de los años ochenta, pero, vista con ojos del siglo XXI, Vivir y morir en Los Ángeles (Live and die in L.A., 1985) resulta profundamente ridícula. Dirigida por el en otro tiempo (una década atrás) excelso William Friedkin, autor de las magníficas Contra el imperio de la droga (French connection, 1971) o El exorcista (The exorcist, 1973), además de la cinta que acabó con su carrera de cineasta de primera línea, Carga maldita (Sorcerer, 1977), remake, con Francisco Rabal en el reparto, de la muy superior El salario del miedo (Le salaire de la peur, Henri George Clouzot, 1953) que le fue vivamente desaconsejado por directores franceses como Truffaut pero que, llevado adelante con cabezonería y falta de reflexión terminó por sepultar su buen oficio, la película posee algunas de las notas positivas del brío y el talento de Friedkin como director, pero no son suficientes para salvar un conjunto pobre de estilo y realmente absurdo en cuanto a su concepción de momentos claves del filme. Un problema de guión que, por esencial, y por falta de talento interpretativo que consiga limar las aristas y tapar los huecos, hace que se tambalee todo el resultado.

La trama es tópica y sencilla: Chance, un agente del servicio secreto (William Petersen o William L. Petersen, el famoso Grissom de la serie CSI Las Vegas), intenta vengar por todos los medios, legales o ilegales, la muerte de su compañero, a dos días de hacer efectiva su jubilación, a manos de un buscado falsificador de dinero, Eric Masters (un bisoño Willem Dafoe). Punto final. La nota diferencial de la película debería ser la forma, y no carece de retazos de esa presunta calidad distintiva, pero su tono campanudo, solemne y grandilocuente, bajo el que se revela constantemente una evidente cutrez, unida a unas interpretaciones que van de lo vulgar a lo risible, hacen que se resquebraje cualquier intento de sobresalir fundamentado principalmente en unas bastante dignas secuencias de acción, persecución y violencia. Éstas son el punto álgido del filme, ya sea por los pasillos de un aeropuerto tras la carrera de John Turturro, uno de los emisarios de Masters, ya en coche y por las calles de Los Ángeles, en una emulación del talento de Friedkin para la acción de sus mejores tiempos, o en sus tiroteos sangrientos y de compleja y talentosa puesta en escena. La temperatura de la cinta va subiendo, en lo que a la acción se refiere, hasta el duro colofón final, lo más salvable de la película, que, además de chocar en cierto modo con las expectativas del espectador, resulta eficaz y elaborado.

Hasta aquí las virtudes; vamos ahora con la caña. Partamos del insustancial prólogo del filme: en labores de vigilancia y custodia del Presidente de los Estados Unidos, de visita en la ciudad, Chance y sus compañeros abortan un atentado, supuestamente palestino o islamista, en un hotel. El terrorista en cuestión, que buscaba inmolarse en presencia del mandatario, se convierte en carne picada para hacer albóndigas cuando el explosivo le estalla mientras intentaba descolgarse por la fachada. Este prólogo, en la línea de las cintas de James Bond, poco o nada tiene que ver con el contenido posterior de la cinta, excepto para caracterizar lo más patético del filme, es decir, a su protagonista, William (L.) Petersen. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Vivir y morir en Los Ángeles (Live and die in L.A., William Friedkin, 1985)”

La noche y Paul Schrader: Posibilidad de escape

En la ya extensa y muy irregular trayectoria de Paul Schrader como guionista y director de cine si algo ha quedado claro es que domina plenamente la noche, su fauna, su flora y sus escenarios y ambientes, sus reglas y sus peajes. En Light sleeper (mucho más hermoso y evocador su título original que su traducción española) Paul Schrader se recrea de nuevo en los ecosistemas que domina a través de la figura de John Le Tour (espléndido, como casi siempre, Willem Dafoe), un camello que trabaja para Ann (Susan Sarandon), una traficante de lujo cuyo entorno de trabajo no son los descampados, los sucios callejones y los tugurios de mala muerte de los suburbios, sino los apartamentos de los barrios buenos, los hoteles caros y las discotecas y restaurantes de prestigio donde se cita su clientela habitual, profesionales liberales, abogados, periodistas, músicos y artistas con dinero fácil de obtener a cambio de una dosis que les permita continuar siendo clientes preferentes. John ya no es el joven enganchado de años atrás; es un hombre prudente y reflexivo hecho a imagen y semejanza de su jefa, nada que ver con una ostentosa e irracional drogadicta, sino una mujer cerebral, consciente de su lugar en el mundo y de cómo y por qué ha llegado a él, y también del momento de retirarse. Por eso John debe pensar en su futuro, porque Ann cierra el negocio y ha de buscarse una nueva ocupación. Sin embargo, esas preocupaciones quedan en segundo plano cuando, por casualidad, John se reencuentra con Marianne (Dana Delany), su ex esposa, con la que vivió una etapa de largos años de extrema adicción, quemando su dinero y su salud, destrozando su vida. John se encuentra plenamente rehabilitado y, una vez que deje su oficio, no tendrá más remedio que incorporarse a una vida normal, alejado del tráfico. Marianne aparentemente está desenganchada, pero siempre fue más débil de carácter y de ánimo. Quizá el reencuentro suponga una nueva oportunidad para ellos…

Schrader construye un espléndido guión sobre un expendedor de muerte con crisis de conciencia. Plenamente sabedor de cuáles son los efectos de sus acciones, eso no le impide en determinados momentos erigirse en guardián protector o en consejero paciente de aquellos de sus clientes que se encuentran en horas más bajas. Recuerda de dónde vino y a los extremos a los que llegó, y le horroriza pensar en que él pueda estar proporcionando el mismo destino a un número incontable de personas. Sin embargo, es su modo de vida, trabajar para Ann le ha generado estabilidad, seguridad, un presente cómodo y tranquilo y un futuro lleno de posibilidades, siempre y cuando se mantenga alejado de esas drogas que con la aparición de Marianne han vuelto a adquirir protagonismo para él en lo personal. Marianne se convierte en la clave de ese nuevo futuro que debe encarar, en la posibilidad de retornar al estado previo al que les condujo al desastre diez años atrás, ese favor de vuelta a empezar que la vida concede muy pocas veces, pero por el que tendrá que luchar mucho más de lo que cree.

La película refleja tanto la esclavitud de la adicción como examina la relación de fidelidad y lealtad personal entre Ann y John. Resulta complicado en el Hollywood moderno encontrar en la pantalla una relación madura e inteligente entre un hombre y una mujer a la que se dedique un mínimo de atención y que no sea de parentesco, sentimental o sexual. En el caso de Ann y John, se trata de amistad sincera, de agradecimiento y sostenimiento mutuos, de complicidad, de identificación el uno en el otro, de confianza absoluta. Quizá también de atracción, de un amor que no ha llegado a nacer, a consolidarse, que se ha quedado encerrado en los cánones de lo platónico. Como revela la última secuencia de la película, en la que ambos conversan en la sala de visitas de una prisión, ni siquiera se han acostado juntos una sola vez, y sin embargo, la intimidad de que disfrutan es mucho mayor, más sólida, más auténtica, que parejas o matrimonios que llevan durmiendo juntos décadas. Tras Ann se adivina un pasado duro, difícil, y en su nueva vida, producto de los miles de dólares que ha ganado con la droga, se vislumbra una especie de recompensa o más bien de compensación por una época mucho más larga y menos feliz para ella que debió atravesar en algún momento. A John todavía va a costarle mucho más llegar a ese estado, y en su camino sólo Ann estará allí para acompañarle, aunque sea a distancia.

La noche, reflejando sus luces en el parabrisas de los coches o introduciéndose por los amplios ventanales de los lujosos apartamentos, es igualmente protagonista. Es el adecuado escenario para toda una serie de personajes sombríos, lúgubres, consumidos por una voluntad ajena, la de las drogas, que puede más que la suya, que acentúa su egoísmo, su terquedad, sus obsesiones, la caída en la tentación, vampiros de la noche que se chupan la sangre a sí mismos. Marianne es uno de ellos, y John encontrará en la venganza la fuerza para romper con su pasado y renacer de sus propias cenizas. Continuar leyendo “La noche y Paul Schrader: Posibilidad de escape”

La tienda de los horrores – El ansia

El ansia constituye el debut en la dirección por todo lo bajo de otro habitual de esta sección, Tony Scott, el hermano tonto de Ridley. En ella, el bueno de Tony ya da muestras de por dónde van a ir los tiros en su filmografía, repleta de títulos de mamporros, efectos especiales, tiros a mansalva, lenguaje soez, estética videoclipera, personajes y tramas superficiales (empobrecidos a menudo a partir del guión original, como en el caso de Amor a quemarropa) y repartos ocasionalmente brillantes casi siempre desaprovechados. Y lo que es peor, la cosa ha terminado contagiando al resto de la familia, ya que Ridley, aunque con otro aire, le ha seguido los pasos.

Mucho antes de que Coppola convirtiera a Drácula en protagonista de una ópera visual, de que a los suecos se les ocurriera dotar a los vampiros de la capacidad de erigirse en vehículos para la crítica social y el drama de personajes, y de que a cierta lumbrera le explotara el cerebelo trasladando el universo vampírico a un instituto norteamericano de niños pijos y agilipollados, Scott tuvo la “original” visión de trasladar los esquemas clásicos de las crónicas vampíricas al Manhattan de los años ochenta, estilizados, edulcorados, pasados por el estilo neogótico y la música de Bauhaus, y encontrando en el exotismo de sus protagonistas (Catherine Deneuve y David Bowie) el vehículo perfecto para su historia, y en su antagonista, la Van Helsing de turno (Susan Sarandon), el contrapeso adecuado de realismo para una historia de terror mágico presuntamente adornado de malditismo romántico.

La premisa incluso pudiera considerarse interesante: Miriam Blaylock, un vampiro, una vampira, o vampiresa, o como se diga, de lo más chic y moderna (la Deneuve), colecciona ropas caras, objetos de arte, preferentemente del Antiguo Egipto y del Renacimiento, amantes y víctimas con las que nutrirse de RH. Como es de lo más mona, nunca le faltan pretendientes dispuestos incluso a ceder sus almas a cambio de una existencia sin fin al lado de semejante chicarrona, aunque cuando ella se cansa de sus amores, éstos no hacen sino envejecer súbita e interminablemente hasta convertirse en vegetales. Como nada dura siempre, su actual amante (Bowie) salta de golpe a la edad del IMSERSO y ella ha de buscarse otro plan. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – El ansia”

Música para una banda sonora vital – Nacido el 4 de julio

Nos viene al pelo la fecha de hoy para recordar ese temazo de Don McLean, American pie, que aparece en la banda sonora de Nacido el 4 de julio, película de Oliver Stone basada en el libro autobiográfico de Ron Kovic que el director aprovecha para realizar una crítica velada y con mucha menos enjundia de lo esperado a la política americana que llevó al país al desastre militar, incluso social.

Más allá de las debilidades de la cinta, se trata de un auténtico himno de la conciencia norteamericana, una canción que, acordándose del desgraciado accidente aéreo que costó la vida a Ritchie Valens y Buddy Holly, entre otros (el día que la música murió, dice la canción), es un homenaje a la pura e inocente forma de vida americana rota por la política y por la guerra, un canto al país que quiso y no pudo ser y una condena al que todos tenemos que soportar.

Nada que ver, por suerte, con esa horrenda versión de esa presunta cantante llamada Madonna. Valga como ejemplo de las dos Américas, la humilde, discreta, honrada y trabajadora, frente a la vulgar, zafia, chabacana y mercadotécnica.

Música para una banda sonora vital – El paciente inglés

Márta Sébestyén es una excelentísima cantante húngara que obtuvo fama por los temas incluidos en esta película de 1996, aunque ya había logrado cierta notoriedad un año antes por su colaboración en el disco Boheme del magnífico grupo Deep Forest. Marta, hija de una etnomusicóloga, ha buceado en las expresiones más puras del folclore húngaro y del resto del este de Europa a través de su incorporación a grupos como Muzsikás y Vujicsisc, explotando una fórmula que mezcla las composiciones clásicas creadas a partir de las minuciosas recopilaciones de música popular realizadas por Béla Bartok y las melodías húngaras, rumanas, rusas o griegas y sus conexiones con la música tradicional gitana e incluso de India.

Marta ha colaborado en algunas otras películas, como en Prét à porter de Robert Altman o La caja de música de Costa Gavras. Nos quedamos con los créditos de apertura del film de Anthony Minghella acompañados por la voz de Sébestyén y con esa deliciosa joya de Marta y Deep Forest titulada Martha’s song, dedicada, of course, a mis queridas Marta y Marta.

Maravilloso clip, por cierto: el mundo, la vida, este maltrecho contenedor donde, a poco que se busque reparar en ellas, florecen por doquier belleza y armonía, no para de dar vueltas y vueltas y de recordarnos lo pequeños que somos ante su hermosa inmensidad…