Música para una banda sonora vital: Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto (Things to do in Denver when you’re dead, Gary Fleder, 1995)

Warren Zevon interpreta el tema principal de esta película de Gary Fleder de la que ya hablamos aquí, protagonizada por un reparto coral que incluye a Andy García, Christopher Walken, Christopher Lloyd, Gabrielle Anwar, Steve Buscemi, William Forsythe, Bill Nunn, Treat Williams y Jack Warden. Combinación de comedia negra e intriga de corte gangsteril que destaca, especialmente, en la construcción y el dibujo de sus curiosos y atractivos personajes.

El fenómeno “emulación”: Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto

El apoteósico desembarco de Quentin Tarantino en los años noventa gracias a su muy particular recuperación del cine negro con Reservoir dogs (1992), Pulp fiction (1994) y el guión de Amor a quemarropa (True romance, Tony Scott, 1993), y a su innegable talento para contar visualmente historias, si bien no demasiado originales, sí contadas desde un reciclaje muy personal, generó y sigue generando una legión de seguidores, imitadores y emuladores que, tanto por los temas escogidos como por la forma de presentarlos en la pantalla parecen seguir la estela del director de Tennessee, bastante venido a menos desde entonces, dicho sea de paso, hasta convertirse prácticamente hoy en una caricatura de sí mismo. Durante los años noventa especialmente la cantidad de películas de temática criminal que tratan intrigas más o menos rocambolescas protagonizadas por personajes grotescos (interpretados por actores populares y alguna que otra vieja gloria) con gran minuciosidad visual y en compañía de temas clásicos de la música popular, sin olvidar la ración obligada de lenguaje malsonante y violencia verbal y física (fórmula tampoco inventada por Tarantino pero sí muy bien rentabilizada) alcanzó cotas de repercusión crítica y popular impensables en la década anterior (la del cine de aventuras, de romance o de acción en su peor versión comercial). Una de esas réplicas del ‘fenómeno Tarantino’ es la irregular Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto, dirigida por Gary Fleder en 1995.

Fleder, que no pasará a la historia por su filmografía, especializada en mediocridades criminales y en olvidables trabajos para televisión, se anota aquí su mejor punto gracias a, como se ha dicho, seguir la moda noventera de la imitación de los productos de éxito de Tarantino y también a su búsqueda de referentes en el cine negro clásico, en este caso filmes como Con las horas contadas (D.O.A., Rudolph Maté, 1950) -mejor olvidarse del remake de 1988 protagonizado por Dennis Quaid y Meg Ryan- o El reloj asesino (The big clock, John Farrow, 1948), si bien introduciendo sustanciales y novedosas variaciones en la historia de un individuo que, ante la perspectiva de una muerte inminente, intenta librarse de ella para después resignarse y cerrar sus asuntos en la Tierra antes de que le llegue la hora fatal. La película se sitúa en Denver, Colorado, una de esas impersonales ciudades norteamericanas erigidas en medio de ninguna parte gracias a su papel histórico como punto de referencia en las rutas del Oeste y que constituye una amalgama sin gusto ni gracia de edificios de cristal y cemento, asfalto, barrios residenciales, comercios, altos edificios de negocios y cientos de kilómetros de desierto alrededor. Jack Warden es Joe Heff, un hampón ya jubilado que se sienta en una populosa cafetería-heladería de Denver a contar historias de los viejos tiempos a quien está dispuesto a escuchar, siempre con un taco cada tres palabras y siempre haciendo hincapié en la violencia, el sexo y los cristianos pasaportados tan ricamente. Su presencia es en cierto modo el hilo que conecta el pasado con el presente, y también con la cierta manera en que ese presente se pueda interpretar y recordar en el futuro. Su voz en off, su aparición alrededor o cerca de los personajes principales que pululan de vez en cuando por el bar, como parte del decorado o como acompañamiento de la banda sonora de su inmediata desgracia es a la vez testimonio y agente narrador de una historia negra que en su comienzo, como casi todas, resulta trivial, pero cuyas intrincadas complicaciones acabarán siendo decisivas para todos. Así, en cierto momento en el que por la puerta del bar entra Jimmy “El Santo” (Andy Garcia) en busca de su acostumbrado batido, Joe Heff empieza a contar su historia.

Christopher Walken es “El Hombre del Plan”, el mafioso de origen italiano que maneja el cotarro criminal en la ciudad, y que desde un accidente de coche que le costó la vida a su mujer está tetrapléjico en una silla de ruedas, rodeado de sus matones, en una mansión de lujo, atentido por una enfermera incompetente pero muy muy calentorra. De su matrimonio le queda un hijo bastante bobo y perturbado, Bernard (Michael Nicolosi), que hace algún tiempo -sin duda cuando comprobó el grado de imbecilidad y depravación al que podía llegar- fue abandonado por su novia del instituto, de la que sigue enamorado. Mientras tanto, se entretiene asaltando a niñas de escuela durante el recreo, lo que le lleva al calabozo cada dos por tres, teniendo que ir su padre al rescate. Cuando “El Hombre del Plan” tiene noticia de que la ex novia de Bernard vuelve a Denver con su prometido para presentarlo a la familia y organizar su boda, aprovechando que Jimmy “El Santo” le debe algún favor del pasado, el gangster decide pedirle con las debidamente convincentes amenazas y coacciones que “haga algo” para que el joven se dé la vuelta y Bernard pueda tener una nueva oportunidad con la muchacha. Jimmy, apodado “El Santo” por su apariencia comedida y elegante y por su temperamento conciliador, tranquilo y apacible que no le impide, no obstante, vivir y salir adelante en el clima de corrupción de los bajos fondos de la ciudad, no tiene más remedio que acceder, y reúne a un equipo de antiguos socios, el depresivo Piezas (Christopher Lloyd), que trabaja de proyeccionista en un cine porno y cuyas manos sufren una enfermedad degenerativa que le corroe los dedos, Franchise (William Forsythe), hombre pausado y leal que intenta abandonar el mundo del crimen y llevar la prosperidad a su familia, Viento Fácil (Bill Nunn), competente “hombre para todo” bien conectado con las bandas de traficantes negros de la ciudad, y Bill “El Crítico” (Treat Williams), una especie de psicópata demente, violento y alucinado, febril y permanentemente enchufado a la testosterona, que pone la fuerza bruta en el grupo. Todos juntos diseñan un plan para interceptar al joven en la carretera y obligarle a dar la vuelta. Sin embargo, algo sale mal, muy mal, y El Hombre del Plan, que no puede permitirse ni la deslealtad ni la incompetencia, especialmente si hace daño a su hijo Bernard o si supone un incumplimiento de la palabra dada, contrata a un asesino infalible, Mr. Shhh (Steve Buscemi), para liquidar al grupo en venganza por una misión fallida.

El principal problema de la película está en el protagonista, Jimmy “El Santo”. Resulta difícil de creer que un tipo subsista en el submundo del hampa sin haberse manchado las manos de sangre y conservando una bondad y una solidez de valores y principios impropia del ambiente en que se mueve y de los tipos con los que trata. Su drama personal consiste en liberarse del clima criminal en el que vive, marcharse de Denver, especialmente tras enamorarse de Dagney (Gabrielle Anwar) y proteger y sacar de la mala vida a una joven prostituta toxicómana, Lucinda (Fairuza Balk), que está enamoriscada de él. El personaje, así dibujado, encaja difícilmente en la figura del tipo que se mueve en los asuntos turbios del crimen local, y su perfil de protagonista positivo encuentra en el espectador el problema de su identificación con las cosas que se cuentan de su pasado, de su vida y hazañas, sin que el punto de inflexión, el momento de cambio personal, si es que lo hubo, el antes y el después, quede suficientemente explicado en ese pasado, y pobremente justificado en el presente. Continuar leyendo “El fenómeno “emulación”: Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto”

La tienda de los horrores – La roca

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Por tercera vez Michael Bay viene a engrosar esta sección (tras la infumable Pearl Harbor y la estrepitosamente fallida La isla) con un nuevo despropósito orgiástico de chapa, cristal y pintura hechos añicos para disfrute del personal, puro escaparatismo pirotécnico que envuelve una historia tan gratuita como absurda a la medida del más rancio y conservador patrioterismo de una sociedad esquizofrénica como la norteamericana y con los consabidos “héroes” de cartón piedra que son tan de gusto de Bay como protagonistas absolutos de un pestiño que los seguidores del cine de acción no vacilan en calificar de “obra maestra” (no reírse, que lo dicen en serio).

Revestida, una vez más, de la épica de andar por casa que imprimen Bay y el productor Jerry Bruckheimer a todas sus historias, nos encontramos con una narración sonrojante, no sólo por la, una vez más, histriónica, histérica, autoparódica, ridícula y peripatética interpretación de Nicolas Cage, sino por las incongruencias y tonterías que el guión va soltando aquí y allá sin orden ni concierto y sin que se moleste en ocultar el plagio argumental de Harry, el ejecutor (The enforcer, 1976), película de James Fargo en la que Clint Eastwood y su compañera se enfrentan a un grupo terrorista que amenaza a la ciudad de San Francisco. Nos encontramos con un prólogo típico “de soldaditos”: el coronel Hummel (Ed Harris, probablemente el mejor actor norteamericano vivo en su personaje más incomprensible, más lamentable, más horripilante, pero Dios, ¿cómo es posible que cayera aquí?) es un veterano de los Marines, múltiples veces condecorado, Estrella de Plata, Medalla del Congreso, etiqueta de anís del Mono…, que, no obstante, se encuentra resentido con el maltrato que los politicos y burócratas infligen a los veteranos de guerra que no disfrutan de su grado militar y, sobre todo, hacia la memoria, el recuerdo y las compensaciones económicas a los familiares de quienes perdieron la vida en misiones militares, muchas de ellas ilegales, al servicio del imperialismo norteamericano derrocando gobiernos o apoyando golpes de Estado. Así que al bueno de Hummel y otros patriotas de su mismo cuerpo se les ocurre una genial idea para protestar y hacer que el Gobierno tome conciencia de tan tremenda injusticia: ¿una huelga de hambre? ¿Una manifestación? ¿La denuncia en los medios de comunicación? ¿Un calendario todos en bolas? Nooorl. Nada menos que el robo, el secuestro y el chantaje.

Así las cosas, un grupito de marines mentalizados todos, oficiales y soldados, de la necesidad de hacer justicia a sus camaradas desaparecidos, asaltan una base militar americana (vigilada por lo que parece ser un grupo de boy-scouts incompetentes y torpes, hay que ver cómo vigilan las bases en América, para echarse a temblar) y roban dieciséis (no uno ni dos) misiles cuyas cabezas están dotadas de un gas letal, venenosísimo y fosforescente que viaja en pelotas de cristal hiperfrágil. Pero ojo, como son soldaditos leales a sus camaradas, sólo hieren a los guardias, dejándoles dormidos con dardos cargados de un potente somnífero. Eso sí, la vida de los civiles se la trae floja, porque amenazan al Gobierno con disparar los misiles sobre la ciudad de San Francisco si no aceptan sus demandas una vez que se establecen en la antigua prisión de Alcatraz y secuestran al grupo de visitantes que a esa hora hace el recorrido guiado por esa antigua prisión española. Eso es el prólogo, y de él pueden sacarse dos conclusiones que rayan el absurdo: en primer lugar, el hecho de que no elminen a los guardias en el asalto pero que no les importe intoxicar y matar a toda la ciudad de San Francisco, militares incluidos, algunos de ellos los mismos a los que acaban de salvar, y en segundo, el detallito consistente en que los militares no utilizan sus uniformes reglamentarios, sino que los sustituyen por un sucedáneo de centro comercial; la importancia de esta nimiedad es extrema, dado que responde al tacto de cierto cine de Hollywood (y de ciertos Gobiernos) a la hora de hacer ficción con las sediciones, golpes de Estado ficticios y demás, sobre todo si los asesinos y terroristas visten uniforme americano. Las películas que recogen este tipo de historias han de pasar controles muy férreos de guión y producción para ser vistas con buenos ojos, y de ahí que la trama tome las derivas que toma. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – La roca”