Cine para pensar – La balada de Narayama

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Hacia las nueve de la mañana del cinco de febrero pasado contemplé con estupor la siguiente escena: una especie de centro de día para ancianos, una furgoneta que aparca delante y de la que a trompicones bajan a una anciana en una silla alta con ruedas, vestida apenas con una bata y unas medias recias pese a los fríos de la estación, y la arrastran con silla y todo como un fardo o un carro de supermercado hacia el interior de la residencia, cierran la puerta, y la dejan abandonada no sé cuánto tiempo en el pasillo de entrada, sola, mientras la persona que la entró habla con alguien en una habitación del fondo. Tuve que irme porque llegaba tarde a clase, pero la imagen se me grabó en la mente y no fui capaz de olvidarla en toda la mañana y en los días posteriores, hasta hoy. Aquella escena me revolvió el estómago; destilaba una indiferencia tan cruel hacia un ser humano de edad avanzada, y por lo tanto, con innumerables vivencias, toneladas de experiencia y un enorme bagaje a sus espaldas, que aquella falta de respeto y consideración me puso las entrañas del revés.

¿Qué vamos a hacer con nuestros ancianos en esta sociedad envejecida que no les deja sitio? Si no pueden vivir en sus casas porque no pueden valerse por sí mismos, si las residencias públicas tienen unos límites de capacidad tan ínfimos que implican unas condiciones de admisión draconianas y las residencias privadas cobran como complejos de superlujo para estancias selectas, ¿habrá que subirlos a una montaña y abandonarlos allí a su suerte hasta que mueran de hambre?
La sociedad tarde o temprano dará respuesta, habrá menos dinero para escuelas y universidades y mucho más para medicina terminal y lugares para la población envejecida, y no faltarán quienes quieran sacar tajada con ello, como los bancos, que enseguida se han apresurado, primero en Estados Unidos y desde hace unos seis años en Europa, a crear ‘negocios’ y contratos como el llamado vitalicio inmobiliario o la hipoteca inversión, que no son otra cosa que volver a quedarse con las propiedades de quienes, después de pagar hipotecas durante décadas, no pueden valerse por sí mismos o no tienen familia, a cambio de pensiones o rentas irrisorias.
En 1983 el director japonés Shohei Imamura rodó esta película, Narayama Bushi-Ko, La balada de Narayama, una rareza que trata de la vida y la muerte de los perdidos habitantes de un remoto pueblo de montaña en el Japón del siglo XIX. En esta comunidad, que se adapta a la naturaleza con todas sus bendiciones pero también con sus implicaciones relacionadas con los más estrictos criterios de la supervivencia y del coste de la misma, cuando un anciano cumple los 70 años, un varón de su familia tiene que cargarlo a las espaldas y llevarlo al cementerio de Narayama, en lo alto del monte sagrado, donde deberá dejarlo morir.
La película está rodada a modo de documento de costumbres, narrando la vida cotidiana del pueblo, siendo los destierros forzosos de los mayores un hecho natural más, un suceso tan cotidiano y tan intrínseco a su modo de vida como el vecino que al no conseguir a la mujer que ama alivia su deseo con el perro de un conocido, o la familia que en temporada de grandes hambrunas no quiere compartir su comida con el resto y por ello se le impone la pena de ser enterrada viva en su totalidad, en una escena quizá rodada con crudeza innecesaria.
La historia se trata desde el punto de vista de Orin, anciana cercana a cumplir los setenta años, el drama que para ella supone ver cerca el momento, no de la muerte, sino de su abandono forzoso ante ella, quizás mucho tiempo antes del hecho natural inevitable que constituye el cierre del ciclo vital.
Finalmente, al cumplir los setenta años, su hijo Tatsuhei la carga para llevarla a Narayama. El tránsito es todavía más penoso que la propia vida en el pueblo. El gran logro es observar cómo Orin asume su destino, con qué grandeza, con qué humildad, como algo natural, como si ese traslado constituyese de hecho el momento de la expiración, y de hecho así es, o al menos un anticipo del mismo, y la mujer que yo vi en la residencia de ancianos, cargada en su silla como un bulto inanimado, poseía esa misma serenidad, esa sabiduría repleta de certezas.
Al ver la película, en el trayecto de Orin hacia el lugar de su abandono y muerte, nos damos cuenta también de que para ese pueblo el cumplimiento de este rito bárbaro e inútil constituye uno de sus principales rasgos de comunidad, el abandono de los mayores para destinar los alimentos y el espacio que éstos ocuparían a los más jóvenes y a los niños que son el futuro, y que algún día serán llevados también a la montaña.
¿Es eso lo que olvidamos? ¿No nos damos cuenta de que condenando a nuestros ancianos a ser abandonados y privados de todo en una montaña inaccesible, nosotros mismos nos condenamos a ella tarde o temprano? ¿Por qué vivimos con esa insistencia en olvidar que un día vamos a morir, y que antes de que eso ocurra, si llegamos a edades avanzadas, no hay razón alguna por que se nos prive de nuestra dignidad como seres humanos?
Tengo grabado en la mente el rostro de aquella mujer. No sé su nombre, no sé nada de su vida, ni de si en otro tiempo tuvo marido, si fue buena madre para sus hijos, si amó o si odió, si apoyó a Franco o sufrió su dictadura, si entendía de política o tenía bastante con sobrevivir, qué le hacía reír, llorar o con qué soñaba cuando era niña… Lo único que recuerdo es que, con el pelo revuelto, su bata vieja y sus zapatillas gastadas, conservaba el rostro de la dignidad, la que no tenía la persona que la arrastraba, la que no tenía yo que estaba mirando con cara de alucinado y con el corazón roto, y la que no tienen quienes dirigen un mundo en el que se nos aparca como trastos viejos cuando no se nos puede rentabilizar política o económicamente.
Y a la vez que sentí un profundo respeto por aquella mujer, sentí también un enorme asco por este mundo insensible y sucio, vulgar y zafio, ruin y mezquino. Un mundo en el que quizá, como en el pueblo de la película, sus ritos bárbaros e inexplicables son los que hacen humanos a sus habitantes.

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31 comentarios en “Cine para pensar – La balada de Narayama

  1. Lamento decir que llevas toda la razón. Mi hermana y yo cuidamos a nuestra abuela los últimos años de su vida y fue una experiencia maravillosa. Ya han pasado diez años de esto pero muchas veces rememoramos anécdotas y momentos epeciales y eso nos hace estar más unidas.Fue una experiencia muy satisfactoria.

  2. Que curioso: no hace mucho recordaba yo también esta película a propósito una reflexión como la que haces aquí que nos surgió en el trabajo.
    Hay culturas que respetan a los mayores, en las que el anciano es la referencia (los indios americanos, los gitanos..), otras como la nuestra los consideran una carga, pierden su sitio.
    Tendré que volver a verla, si. Recuerdo que me impresionó muchísimo,¿no era allí donde la mujer reconocía su fin al darse cuenta de que había perdido todos sus dientes?..no sé, me quiere sonar.
    Ah, que coincidencia la reflexión. Tendré que encontrar la forma de volver a verla.

  3. En efecto, es así, la caída de los dientes que el director hace coincidir con la llegada del invierno. Tienes toda la razón.
    La2 de TVE tiene los derechos de esta película, de hecho la emitieron hará un par de años, no más. Seguramente volverán a emitirla en los ciclos de madrugada. Cuestión de estar atento.
    Saludos.

  4. ¿A quién le he leído yo hace poco “Lo joven está sobrevalorado”?
    No recuerdo quién era. Una escritora, creo. Tenía razón.
    Más saludos.

  5. No sé quién lo diría, pero tenía razón: cremas para rejuvenecer, ropa para aparentar ser más jóvenes, estética, hombres maduros de cuarenta y tantos jugando a las videoconsolas o hinchas de fútbol como si tuvieran quince años…
    Es una infantilización consciente de la sociedad: los niños son los consumidores perfectos, se manejan por caprichos sin mirar los precios. A más niños, más negocio, y menos contestatarios. Lamentable, pero es así.
    Saludos

  6. Realmente es terrible. Tanto que asusta, demasiado.
    En Japón, hay una zona de la que ahora no recuerdo el nombre, que tiene un barrio por decir algo. donde acuden los ejecutivos arruinados, trabajadores despedidos, etc. Cuando pierden su trabajo son despreciados socialmente y muchos ni regresan a casa por no soportar la vergüenza. Empezaron a ir unos pocos y en unos años se formó un pequeño barrio, ahora acuden de todo el país allí. Algunos se recupertan, otros nunca salen de ese lugar.
    Sé que parece imposible, pero es real.
    Yo por eso cuando veo el cariño de mis perros, en especial de los galgos que hemos recogido medio matados por los cazadores, me abrazo a ellos para sentirme mejor. Jamás harían una cosa así. Nosotros en cambio somos lo peor, de lo peor.
    YO también tengo el recuerdo de estar con mi abuela y nunca olvidaré lo bien que estábamos juntas.
    Un beso, Alfredo

    PD: Te escribo desde un ciber-café no sé si saldrá bien el comentario.

  7. Querría ser tan humano como los animales, que el sentimiento fuera instintivo: la mayor parte de nuestra racionalidad se la come la estupidez. Cuánto envidio vuestras relaciones con vuestros abuelos…
    Besos

  8. lamento no poder hablar de esta película…cuando la vi me impacto mucho…ahora con el estado de mi madre prefiero callarme..un abrazo

  9. Si no recuerdo mal, es la propia anciana quien se arranca los dientes, golpeándoselos contra una piedra, para convencer a su hijo que no quiere subirla al monte.

    Para mí es la escena más impactante de la película, todávía más que la del enterramiento en vivo de la familia.

    Impresionante película, hermosa y terrible, sería bueno que la pasaran periódicamente por TV para ver si se removía alguna que otra conciencia.

  10. ¡Tienes razón, qué mala memoria! Es la propia anciana la que se rompe los dientes… Un rasgo más de la dignidad y de la profunda asunción del destino por parte de los habitantes de este pueblo, una forma bárbara de interiorizar una costumbre basada en las necesidades de la supervivencia.
    Como pelicula en sí, yo tengo mis reparos en cuanto a su calidad, pero coincido en que es muy hermosa y muy terrible, y de un valor pedagógico incuestionable si no fuera porque los alumnos de hoy en día no están acostumbrados a no soportar nada que dure más de tres minutos.
    Saludos

  11. Pingback: La tienda de los horrores - El último samurái « 39escalones

  12. Pingback: Sí Hay Otakus en México « (Th)Ink Pink

  13. ¡por favor, una droga mortal rápida e indolora y un sistema filosófico que no nos haga temer la muerte!…Si la sociedad no da respuestas satisfactorias a los ancianos, que los médicos y el estado no nos alarguen la vida para llegar a esto. Que no nos vengan con el cuento de que la preservación de la vida es lo más importante para luego abandonarnos así.

  14. Con las prisas ayer no pudo expresarme del todo.
    Este texto es sobrecogedor, por lo que debe ser la película, por lo que tú cuentas de la anciana y por el futuro que nos aguarda.
    por otro lado he estado pensando que, como argumento de cine de terror, ya en el terreno de la fantasía, el argumento de esa montaña repleta de cadáveres y sus fantasmas, es espeluznante.
    Tampoco deja de recordarme al fabuloso cementerio de elefantes de Tarzán.

  15. Buen símil. Fíjate lo impresionantes que son las imágenes (y lo que debe sentirse en realidad en una tesitura así) cuando los personajes se acercan a un monte en el que hay restos humanos por todas partes, restos de gente abandonada allí hasta la muerte. Y luego piensa en la cantidad de símiles que dan juego en nuestra sociedad. Escalofriante.

  16. No es que esté siempre a favor de este gobierno porque muchas veces me parece de lo más ingenuo, pero no entiendo tanta manifestación contra el aborto en general, viendo el futuro que nos espera en la vejez. ¿Todo ese abandono de “nuestros mayores” no es digno de provocar mnifestaciones así de grandes?

  17. Ten en cuenta que hay un componente muy importante de hipocresía: Aznar, por ejemplo, se manifestó el otro día “a favor de la vida” y hoy ha elogiado a Israel por su forma de plantear las guerras. La moral judeocristiana es el más hipócrita, con diferencia, de todos los sistemas morales, y la posición de mucha gente contra el aborto es, por un lado, desatendiendo a la salud pública o poniendo “su” moral por delante de ella, y segundo, hay que recordar una vez más que han sido las familias acomodadas las que durante decenios han utilizado el aborto como forma de eliminar “inconvenientes”. Y eso sin mencionar a la Iglesia… Creo que, además de la que apuntas, la clave la da el hecho de que el aborto lleva vigente en España 25 años y que la derecha no lo derogó cuando gobernó; ¿por qué manifestarse ahora y no durante los ocho años de Aznar? Porque, como suele ocurrir con lo cristiano o las ideas de derechas, todo ha de estar permitido mientras no se sepa, esto es, aborto sí, pero clandestino, no público. Ésa es la ideología anti-abortista de la derecha.

  18. Leer algunos de sus comentarios me hizo recordar la canción “El progreso” que canta Roberto Carlos. En la canción hay una parte irónica que dice:”yo quisiera ser civilizado como los animales” La canción trata acerca de la deshumanización actual consecuencia paradojica del “desdarrollo” tecnológico. Fenómeno del que hace ya algunos años vaticinaron dos grandes psicólogos: Erich Fromm y Viktor Frankl

  19. Que bonito escribes 39escalones.Esta película me recuerda el breve espacio que ocupamos en éste mundo , y por supuesto el valor que deberíamos tener para dejarlo ….finalmente solo estamos de visita.

  20. Gracias, pero la película no -o no sólo- va de eso. Va sobre todo de la condición del ser humano como instrumento de producción, y de su condición de estorbo cuando, ni potencial ni efectivamente, sirve a la subsistencia económica del grupo.

  21. Un gran artículo, estoy totalmente de acuerdo contigo, nos parece un destino cruel lo que le ocurre a Orin, pero tampoco hay gran diferencia con lo que hace la sociedad hoy en día. Cada cual con sus conciencias.

    Un saludo!

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