Los años 20 y las películas de gángsteres en La Torre de Babel de Aragón Radio.

Nueva entrega de la sección de cine en el programa La Torre de Babel, de Aragón Radio, la radio pública de Aragón, en este caso dedicada al cine de gángsteres situado en los locos y dorados años 20.

(desde 19:00)

Música para una banda sonora vital: Sympathy for Delicious (Mark Ruffalo, 2010)

Escrita por su protagonista, Christopher Thornton, y dirigida por Mark Ruffalo, que se reserva un importante papel secundario, Sympathy for Delicious aborda la historia de un pinchadiscos paralítico que malvive en las calles de Los Ángeles hasta que descubre por pura casualidad que tiene un don sobrenatural: posee la extraordinaria y milagrosa facultad de curar a los demás, aunque no a sí mismo. A partir de ese momento se abre un futuro incierto en el que se mezclan los deseos de triunfar en la música, la ambición de vivir confortablemente y la frustración por no poder aplicarse a sí mismo la felicidad que es capaz de inocular en los demás. La película, que incluye en su reparto a Laura Linney, Noah Emmerich, Juliette Lewis y Orlando Bloom, entre otros, se cierra con este clásico de 1968 de los Bee Gees, I Started a Joke.

Bela Lugosi, Drácula a tiempo completo: La casa del vampiro (1935)

Sí, la casa está embrujada… Nadie escapa a su propio destino. Por dicho motivo, cuando vine a vivir aquí con mi esposa hice colocar, tanto en las puertas como en las ventanas, unos robustos cerrojos de los que solo yo conservé las llaves. Compré además cinco perros, uno de los cuales, Bodri, de pelo completamente blanco, “siente” las presencias invisibles. Pero todo esto no ha podido protegernos de las inexplicables manifestaciones que nos atormentan cada noche. Mis ojos no consiguen ver nada en la oscuridad de la noche, pero los perros… Los perros ladran ininterrumpidamente, víctimas de un miedo que les eriza el pelo.

La primera noche un enorme murciélago apareció revoloteando por el comedor, se pegó a la ventana y comenzó a mirarnos con su único ojo. Aquella bestia inmunda me inspiraba una sensación de asco, y mi intención de derribarla se convirtió en una idea fija. Los criados lo persiguieron sin éxito, y yo rompí varios cristales en mis infructuosos intentos de matarlo. El murciélago parecía embrujado, como invulnerable, y yo desesperaba de poder sacármelo de encima. Una noche, finalmente, Bodri, el perro blanco, lo capturó, le partió el cuerpo y me lo trajo, todavía palpitante. Instantes después el monstruo había muerto. Corrí inmediatamente al jardín, cavé un profundo hoyo y arrojé allí al horrible animal, lo cubrí con una piedra y luego rellené el agujero. Me sentía como liberado y tenía la impresión de volver a vivir.

A la mañana siguiente, mientras descorchaba con mi mujer una botella de champagne, dichosos ambos de habernos liberado de aquella obsesión, la “cosa” horrible apareció de nuevo; oímos un suave chasquido y he aquí que un murciélago revoloteaba de nuevo por la habitación encima de nuestras cabezas. ¿Otro murciélago?, preguntaréis. ¡En absoluto! Corrí como un loco al jardín, excavé, volví a abrir el hoyo, levanté la piedra… ¡El animal ya no estaba!

(relato de Bela Lugosi publicado en Ciné-Miroir publicado el 1 de noviembre de 1935)

Cuando la hache no es muda: Harper, investigador privado (Harper, Jack Smight, 1966)

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El fondo está sembrado de buenas personas. Solo el aceite y los bastardos ascienden.

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-Tiene usted un modo de empezar las conversaciones que les pone fin.

-¿Por qué se ha separado de su mujer?

-Empieza las conversaciones igual que usted.

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Los personajes de Harper, investigador privado parecen hablar con una cuchilla entre los labios. Cada frase es un martillo, un látigo que busca dónde hacer blanco y dejar al descubierto y en carne viva la piel del interlocutor. Un festín para el espectador cuyo epicentro es Lew Harper (Paul Newman, cuya interpretación se basa más que nunca en el lenguaje facial y gesticulante, lejos de las intensidades interiores del “método”, que acentúa cada ironía, cada sarcasmo), un detective privado de Los Ángeles envuelto en un caso que, como es canónico en las grandes historias del noir clásico, se va enrevesando progresivamente hasta derivar en una tupida madeja de intereses retorcidos y siniestros con implicaciones inesperadas. Lew Harper es, en realidad, Lew Archer, el detective creado por el escritor Ross MacDonald, cuyo cambio de apellido en la película se debe a una “superstición” del actor que lo encarna, un Paul Newman que venía encadenando una serie continuada de éxitos interpretando personajes cuyos nombres, apellidos o motes comenzaban por la letra hache, y que aspiraba a mantener la racha. La historia de Harper, investigador privado es la de El blanco móvil o El blanco en movimiento, primera entrega de una veintena de novelas y una docena larga de relatos que entre 1949 a 1979 tuvieron como protagonista al sardónico sabueso californiano, y que destacan por sus hechuras clásicas, por tratamiento de los temas y las formas de grandes como Dashiell Hammett, James M. Cain o Raymond Chandler.

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El detonante, como casi siempre, es casual: Albert Graves (Arthur Hill), viejo conocido de Harper que trabajó en la Fiscalía del distrito y ahora es un próspero y acomodado abogado, le recomienda a Miss Sampson (Lauren Bacall), la lenguaraz y desencantada esposa de un importante hombre de negocios, para que investigue la súbita desaparición de su marido tras su regreso de un viaje a Las Vegas en su avión privado. Miss Sampson solo desea estar informada, saber de las actuales correrías románticas de un esposo para el que nunca ha pintado nada la palabra fidelidad, pero pronto el caso da un giro más trágico: la desaparición voluntaria se convierte en supuesto secuestro y en una petición de rescate de medio millón de dólares, y los colaboradores y conocidos de Sampson parecen todos sospechosos de ocultar algo, desde su piloto, Allan (Robert Wagner) a su amante (Julie Harris), la melosa cantante de un club de carretera llamado El Piano, pasando por una actriz venida a menos que ahora ejerce de vidente aficionada, decoradora desquiciada, gran comedora y borracha profesional (Shelley Winters) cuyo marido (Robert Webber) es, precisamente, propietario de El Piano, además de socio de Claude (Strother Martin), líder de una secta de iluminados que vive en comuna en una extraña casa construida en una montaña, antigua propiedad de Sampson donada generosamente para la causa espiritual. Continuar leyendo “Cuando la hache no es muda: Harper, investigador privado (Harper, Jack Smight, 1966)”

Luis Buñuel por Catherine Deneuve

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“La óptica de Buñuel, incluso cuando rueda una historia dura, sigue siendo la del humor negro. Buñuel bromea a propósito, es socarrón y ríe a menudo. Gracias a su presencia se divierte uno mucho en el plató. Es evidente que en el personaje de Don Lope, magníficamente interpretado por Fernando Rey, ha intentado una síntesis de todos los hombres que ha retratado en sus películas, desde Archibaldo de la Cruz hasta Viridiana, mediante la acumulación de una masa de detalles crueles, extraños y con frecuencia íntimos […]. Buñuel es, en primer lugar, un formidable narrador de historias, un guionista diabólico que mejora sin cesar el texto para que la anécdota sea más interesante, más sugestiva. Luis Buñuel dice a veces que no piensa en el público y que hace películas para los amigos. Pero creo que lo que pasa es que considera a sus amigos como especadores difíciles y exigentes. Por eso trabaja tanto para cautivarles y de esta manera logra hacerse comprender, admirar y amar por los cinéfilos del mundo entero”.

Catherine Deneuve en Trabajando con Buñuel (1970).

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Serie B con ecos de John Ford: Fort Massacre (Joseph M. Newman, 1958)

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El sargento Vinson (Joel McCrea) de este breve y modesto western de serie B bien puede considerarse un pariente no demasiado lejano del Ethan Edwards de John Wayne en Centauros del desierto (The Searchers, John Ford, 1956). Un parentesco que no es fruto de la consanguinidad ni de la afinidad, sino que los aproxima por razón de su odio: ambos aborrecen visceralmente a los indios a causa de las cuentas que han ido acumulando con ellos en el pasado. Si Ethan ha incubado durante años el desprecio por los comanches, acrecentado tras el asesinato de su hermano y su familia en su rancho de Texas, al sargento le consume el rencor hacia los apaches que mataron a su esposa y a sus hijos pequeños. La influencia fordiana se completa con la premisa de la que parte la película, igualmente cercana a un clásico como La patrulla perdida (The Lost Patrol, John Ford, 1934): diezmada tras un combate con los apaches en el verano de 1879, los supervivientes de la compañía C del Sexto de Caballería, con base en el sudoeste de Nuevo México, aislados en un territorio controlado por el enemigo, inician bajo las órdenes del sargento Vinson, el militar de mayor rango que ha salido indemne de la lucha, un penoso tránsito a la busca de la columna principal del regimiento, en el cumplimiento de la peligrosa misión de escoltar una caravana de camino a California. A las dificultades propias de la penosa marcha en un clima extremo, faltos de agua y de víveres, con varios heridos en sus filas y bajo el peligro de ser descubiertos por las partidas guerreras, se añade una mayor que quizá pueda determinar el destino de todos: los soldados comienzan a desconfiar de las intenciones de su sargento; sabedores de su animadversión hacia los indios, temen que su objetivo no sea poner a salvo a su reducida tropa junto al regimiento o tras los muros y las empalizadas de Fort Crane, sino dirigirse, precisamente, al encuentro de los apaches para atacarlos y saciar su sed de venganza.

La película estructura su breve metraje, poco más de ochenta minutos, en dos partes que confluyen en torno a dos secuencias que dialogan entre sí. En la primera mitad, Vinson pretende que sus soldados puedan conseguir el agua con la que mantenerse vivos hasta que encuentren al regimiento o puedan tomar el camino del fuerte. Sin embargo, los únicos pozos accesibles en la zona están en manos de la partida apache que les ha atacado previamente. Vinson se propone caer sobre ellos por sorpresa con su pequeño destacamento, inferior en cinco a uno a los indios, y hacerse con el agua. En la segunda, en su huida de los apaches que los persiguen, Vinson y los supervivientes del lento goteo de muertes que se producen a lo largo de la marcha llegan a las ruinas de un antiguo poblado paiute esculpido en las rocas, en el que pretenden pasar inadvertidos a los exploradores apaches o, llegado el caso, hacerse fuertes para defender sus vidas. La primera parte de la película sirve para presentar las premisas esenciales del argumento, establecer el drama y caracterizar los personajes y exponer sus motivaciones. Así, aparte del resentimiento de Vinson, adquiere protagonismo el personaje del novato soldado Travis (John Russell), hijo de buena familia que iba para médico o abogado y cuyas razones para haber acabado de soldado en un lugar remoto de la frontera resultan enigmáticas e imprecisas. Sobre ambos personajes pivota la segunda mitad de la cinta, en la identificación progresiva del uno con el otro, en su reconocimiento mutuo y el nacimiento de un incipiente afecto recíproco, y también en los distintos intereses y actitudes que conducirán al clímax final, un desenlace que por sus implicaciones es toda una rara avis en el cine americano del momento, e incluso hoy.

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Junto a McCrea y Russell, la película cuenta con Forrest Tucker como soldado veterano y con Anthony Caruso como el explorador pawnee que guía al destacamento, así como con la breve pero decisiva aparición de Susan Cabot como joven paiute. Lo que destaca, sin embargo, más allá del tratamiento de la personalidad racista de Vinson y de los avatares de la columna de soldados por territorio apache, es la factura visual del filme, una película a todas luces de escaso presupuesto, como se desprende de la brevedad del metraje, el uso limitado de escenarios y exteriores y la gran capacidad para explotar todos los matices de la historia haciendo gala de un gran uso de la economía narrativa, pero rodada en Cinemascope y en color DeLuxe, lo que le confiere un aspecto formal no demasiado alejado a las grandes producciones del western en color de los años cincuenta aunque flaquee un tanto en el último tramo, cuando el interior del poblado donde tiene lugar la conclusión se recrea en estudio. No obstante, el desenlace del personaje de Vinson se eleva sobre los condicionantes formales para conformar una historia muy superior al presupuesto con que se dota. Newman, con oficio y buen pulso, termina por construir un western de serie B que tiene mucho de clase A.