Los talentos de Oscar Wilde y de Ernst Lubitsch parecían condenados a encontrarse tarde o temprano. El gusto común por la ironía y el sarcasmo, el trasfondo frívolo e irreverente en su tratamiento de las relaciones amorosas, los ambientes sofisticados de alta aristocracia y los juegos de inteligencia, los sutiles y afilados diálogos repletos de sugerencias y dobles sentidos, el refinamiento y la elegancia en las decisiones de puesta en escena, la mundana desenvoltura de unos personajes inmersos en un entorno hipócritamente pacato y puritano, el humor como vehículo para desmontar y dar la vuelta a las convenciones sociales y morales, la cuidada construcción dramática revestida de falsa sencillez y la minuciosa atención al detalle como motor que hace avanzar la acción, son elementos que definen la obra de ambos autores y que, aun a pesar de su diferente procedencia y bagaje, los hace naturalmente afines en un periodo temporal prácticamente coincidente: la celebrada obra teatral en cuatro actos de Oscar Wilde en la que se basa la película se estrenó en 1892, justamente el año de nacimiento de Lubitsch, quien la filmó 25 años después de la muerte del poeta y dramaturgo irlandés. La conjunción de sobresalientes creadores en este título de hace un siglo proporciona algo más de hora y media de deleite visual y de comicidad socarrona, que además también permite, desde el más puro divertimento, percibir y reflexionar acerca del alto nivel artístico en cuanto a plástica y composición y del alcance y la potencia comunicativa del lenguaje cinematográfico durante su madurez silente, en particular en lo que respecta al dinamismo de la cámara en su aproximación al valor narrativo que Lubitsch confiere a los objetos y a la elocuente capacidad de transmisión del pensamiento de los personajes, a veces incluso dual, a través del rostro de los intérpretes.
El primer ejemplo de esta maestría, de lo que ha dado en llamarse «toque Lubitsch», tiene lugar nada más abrirse la película: Lady Windermere (May McAvoy) está colocando en la espléndida y engalanada mesa de un inminente banquete las tarjetas que indican el orden en el que deben sentarse los invitados; al principio, ha decidido situar a su derecha a Lord Darlington (Ronald Colman), pero, traviesa y evocadora, lo piensa mejor, cambia de opinión y lo aleja de ella varios asientos más allá. Inmediatamente, la película nos ofrece una posible explicación de esta duda: Darlington es un afamado y apuesto solterón que intenta repetidamente seducir a la dama, de la que está enamorado, si bien desde una complicidad amable y comprensiva, para apartarla de su marido, Lord Windermere (Bert Lytell). Así se establece el triángulo básico de la mitad de la trama, que se escenifica justo después, cuando, los tres ante el escritorio del despacho del marido, este intenta que su mujer no vea la nota que le ha hecho llegar una tal Lady Erlynne (Irene Rich), a la que desconoce, y en la que solicita una reunión privada: en sus intentos por ocultar el billete y guardarlo en el bolsillo, en pleno arrumaco con su esposa, es la mano auxiliadora de Darlington, se diría que sabedor y ducho en maniobras de camuflaje de este tipo en mil ocasiones, por simple camaradería masculina, la que asiste a Windermere y le permite mantener su secreto. Y ese gesto de ayuda (supuestamente, al marido, pero, en el fondo, a las propias pretensiones de Darlington, aunque este lo ignore), precisamente, es el que va a desencadenar una trama retorcida en la que el peso del pasado amenaza con condicionar la imagen pública de los Windermere: Lady Erlynne es el personaje sobre el que pivota la otra mitad de la comedia y que, a la larga, propiciará su desenlace, aunque al principio se manifiesta más bien como desencadenante de un drama de imprevisibles consecuencias. Y es que Lady Windermere conserva un recuerdo de su madre fallecida cuando era niña que, en realidad, es falso; su verdadera madre es Lady Erlynne, hermosa dama de oscura reputación y pasado casquivano, a la que se hizo desaparecer de la vida de la joven sustituida por un amoroso relato legendario que ahora puede salir a la luz y conmocionar a la muchacha, y de paso, convulsionar la respetabilidad social de la familia. Y esa posibilidad es la que aprovecha Lady Erlynne para convencer a Lord Windermere de la bondad de atender bajo mano sus necesidades económicas a cambio de su silencio y de la omisión de cualquier instinto maternal, con el fin de costearse una nueva vida londinense, de carácter disipado y escandaloso, que incluye el tejido de una tela de araña matrimonial cuya víctima sea el rico, y también soltero Lord Augustus (Edward Martindel), reconocido espíritu libre de la alta sociedad.
La historia, por tanto, nace como un drama establecido en torno a un chantaje, a un secreto y a la posibilidad de su desvelamiento con terribles consecuencias. Sin embargo, una serie de equívocos, construidos en torno a gestos, miradas, diálogos ambiguos de los personajes y al significado de determinados objetos (entre ellos, el abanico del título), conducen la película al terreno de la comedia de enredos amorosos. Lady Windermere termina pensando que su marido le es infiel, precisamente, con Lady Erlynne, que busca desesperadamente ser readmitida entre la aristocracia londinense y se aprovecha en tal sentido de las relaciones y las actividades de Lord Windermere, y eso la inclina a echarse en brazos de Lord Darlington, quien la ama y desea en silencio (o no tanto) desde hace años. Con todo, a punto de consumarse el desastre, el drama vuelve a cobrar protagonismo, el instinto maternal de Lady Erlynne sale a la superficie de modo inesperado (incluso para ella), y su voluntaria inmolación en la pira del sacrificio social para preservar la dignidad de su hija salva la situación para todos… excepto para ella, por más que en una magistral coda final, Lubitsch, el maestro en el uso simbólico -y guasón- de las puertas, conceda a Lady Erlynne un último y revelador encuentro con Lord Augustus. Comedia y drama se entrelazan continuamente en un sabio equilibrio de gran habilidad y agilidad narrativa, que resta gravedad y da ligereza al tono trágico y dota a la comedia de elegancia y solidez formal, no mera suma de apuntes y réplicas ingeniosas, sino espléndida construcción del plano con gran cuidado por el detalle (como cuando Lady Windermere y Lord Darlington comparten asiento y, súbitamente, tras la resolución de la secuencia con un desencuentro emocional entre ambos, este se aparta y toma de nuevo asiento en el otro extremo de la habitación). El más logrado hallazgo dramático, no obstante, reside en la pervivencia de la hipocresía social como supremo valor de clase: si Lady Windermere vive una mentira desde niña, la respetabilidad de su matrimonio y la salvaguarda de su honra termina dependiendo de otra (la razón por la que su abanico ha terminado, a la vista de todos, en las dependencias privadas del hogar de Lord Darlington), con lo que la falta de sinceridad, el disimulo, la ocultación y el silencio, la mera apariencia social y moral, terminan siendo las herramientas primordiales sobre las que se construyen las relaciones entre la aristocracia y la alta burguesía acomodada, su fortuna y su prosperidad.
Pese a las variaciones que sobre la obra original introduce el guion de Julian Josephson, Maude Fulton y Eric Locke (y el propio Lubitsch), la película respeta ese tono general crítico de sátira de costumbres de la sociedad victoriana, de su hipocresía y falso moralismo, al tiempo que refleja aspectos relacionados con la identidad, la percepción que los demás tienen de nosotros, las máscaras sociales y el concepto de reputación. La magnificencia de su suntuosidad escénica, la amplitud, minuciosidad y riqueza de los decorados que recrean esos ambientes exuberantes y opulentos, potenciados por la espléndida fotografía de Charles y Willard Van Enger (apenas envejecida en un siglo), contrasta con el siempre eficiente uso de los planos detalle y los encuadres cerrados en torno a rostros u objetos (del que tomó buena nota Luis Buñuel en su filmografía, a quien Lubitsch influyó no poco, por más que no sea una referencia habitual cuando se habla o se escribe del cineasta aragonés), cuyas expresiones y significados contribuye a amplificar y dotar de múltiples sentidos. En este punto, conviene señalar la sutileza de las interpretaciones de Ronald Colman y, en especial, de Irene Rich, que sabe dotar a su personaje de un aire misterioso y sibilino, pero también de un matiz de una sensibilidad y un humanismo conmovedores, hasta derivar en la sabia ironía del más puro pragmatismo, todo ello construido desde la base de las expresiones, los movimientos y las miradas.
Una obra brillante, mordaz, ácida, plasmación de la genialidad de Oscar Wilde en el manejo del lenguaje verbal, que la genialidad de Lubitsch consigue traducir a imágenes de manera sobresaliente mediante un lenguaje visual depurado… y mudo, sin que el material original pierda un ápice de consistencia, de sofisticación, de agudeza, de carga crítica, de humor negro, en una traslación perfecta. Entre causticidades anda el juego, para gozo del espectador.







