Diálogos de celuloide – Match point (Woody Allen, 2005)

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Aquel que dijo “más vale tener suerte que talento” conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte; asusta pensar cuántas cosas se escapan a nuestro control. En un partido hay momentos en que la pelota golpea el borde de la red y durante una fracción de segundo puede seguir hacia delante o caer hacia atrás. Con un poco de suerte sigue hacia delante y ganas, o no lo hace y pierdes.

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Match point. Woody Allen (2005).

 

Tierra quemada en el amor y en la guerra: Guerra y paz (War and peace, King Vidor, 1956)

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La invasión napoleónica de Rusia y el proceso paralelo de crecimiento y maduración de una muchacha de buena familia, la dulce y generosa Nathasa Rostova. Resulta más fácil resumir en una frase el esqueleto argumental de la monumental obra de Tolstoi que trasladarla a la pantalla, aun utilizando para ello tres horas y cuarto de metraje. Aunque King Vidor salió más que airoso de un desafío artístico y técnico harto complicado, no obtuvo el favor del público en la taquilla, lo cual, unido a los inmensos costes de producción, supuso un fuerte contratiempo en la carrera de un director que venía de la edad de los pioneros y que sólo rodaría una película más. Producida por Dino de Laurentiis y concebida como una de las más grandes superproducciones cinematográficas de la era de las superproducciones cinematográficas que trataba de imponerse por aplastamiento al incipiente reinado doméstico de la televisión, la película pretendía atesorarlo todo: una fuente literaria de prestigio, un guión en el que intervinieron más de media docena de escritores (entre ellos Irwin Shaw, Mario Camerini o el propio Vidor), un director consagrado cuya carrera hundía sus raíces en la etapa muda del cine, un operador de fotografía de primer nivel (Jack Cardiff), un compositor reputadísimo (Nino Rota), y un reparto de grandes figuras del cine norteamericano y europeo que pudiera atraer al público a las pantallas, con Audrey Hepburn, Henry Fonda, Mel Ferrer, Vittorio Gassman, Herbert Lom, Anita Ekberg, Oskar Homolka, Jeremy Brett o John Mills. Hoy en día, el paciente visionado de la película tiene premio, descubrir un catálogo de exquisitas interpretaciones enmarcadas por una fotografía excepcional.

Vidor capta la esencia de la obra de Tolstoi contraponiendo acertadamente, a través de los personajes de Pierre Bezukhov (Fonda) y el príncipe Andrei Bolkonsky (Ferrer), la doble naturaleza del argumento: ambos mantienen una estrecha relación con Natasha y se ven involucrados, cada uno a su manera, en los excepcionales acontecimientos que sacuden la vida de su país: Pierre es un hombre pacifista e ilustrado, que ve en Napoleón el libertador democrático de Europa antes de desengañarse cuando contempla la batalla de Borodino y el comportamiento de las tropas francesas en las zonas ocupadas; Andrei, que ha perdido a su esposa en el parto de su hijo, es un militar y diplomático que, salvado de morir por los médicos de Napoleón, lucha en una guerra militarmente perdida con la abnegación de un país capaz de arrasar sus propias ciudades y cultivos para no dejar nada valioso en manos del enemigo. El polo alrededor del que gira todo es, por supuesto, Natasha (Audrey Hepburn), la muchacha que descubre al mismo tiempo el amor y la guerra, que abre la película asistiendo a un desfile con la ilusión y la traviesa impaciencia de una niña, y la termina como la mujer de la casa, tomando las primeras decisiones para la reconstrucción en ella de su vida familiar.

El amor y la guerra marchan en paralelo. Los desengaños románticos, de Pierre hacia su mujer (Anita Ekberg), de Natasha hacia Kuragin (Gassman), de Andrei hacia Natasha…, tienen su paralelo en lo político, con Pierre renegando de su antigua admiración por Napoleón (como sucediera igualmente con figuras históricas de la talla de Beethoven, por ejemplo), e incluso en lo militar, con un país avergonzado de un ejército que huye ante el avance francés, que no entiende la estrategia emprendida por el viejo mariscal Kutuzov (Oskar Homolka), paciencia y tiempo, que es la que finalmente conducirá a las armas rusas a la victoria. Sigue leyendo

Música para una banda sonora vital – The comancheros (Michael Curtiz, 1961)

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La partitura compuesta por Elmer Bernstein para Los comancheros (Michael Curtiz, 1961) destila, como tantas de sus composiciones, y como tantas de las músicas escritas para el western, optimismo, alegría, euforia vitalista, perfectamente ajustada al cine de planos generales, espacios abiertos, grandes paisajes y fotografía panorámica (de William H. Clothier).

John Wayne, con su escritor de cabecera James Edward Grant cuadrando el guión para su forma de pronunciar los diálogos, comparte protagonismo con Stuart Whitman y Lee Marvin en este western amable, lleno de humor y pleno de acción, la última película de un Michael Curtiz que, enfermo y agotado, no quiso renunciar a su profesión en sus últimos días (falleció muy poco después de finalizar el rodaje; fue su ayudante quien concluyó las últimas tomas y supervisó el montaje final).

De la película en conjunto ya hablamos aquí. Nos quedamos con el tema principal de la espléndida partitura de Elmer Bernstein.

Bond también tiene guión: Desde Rusia con amor (From Russia with love, Terence Young, 1963)

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Junto a James Bond contra Goldfinger (Goldfinger, Guy Hamilton, 1964), Desde Rusia con amor (From Russia with love, Terence Young, 1963) supone lo mejor de la serie del agente 007, al menos en cuanto a estructura y acabado de guión. Escrita por Richard Malbaum, la película constituye un perfecto mecanismo de entretenimiento centrado en el cine de espías que, a diferencia de los títulos contemporáneos de la saga, no necesita rebuscar en los traumas psicológicos del protagonista, inventar complejas tramas de política interna de los servicios secretos, exhibir tecnología impúdica ni gratuitamente ni pactar con marcas comerciales para publicitar sus productos para construir una historia eficaz y solvente, alejada de espectacularidades accesorias, en la que los conflictos que siembra el guión entre los personajes y las organizaciones enfrentadas y el carisma y el peso de los intérpretes (en especial, por supuesto, de Sean Connery como Bond) sostienen suficientemente todo el esqueleto de la película.

Una vez más, la organización ESPECTRA es el enemigo a batir. En esta ocasión, con el fin de hacerse con una de las máquinas que encriptan los mensajes internos soviéticos, los criminales diseñan un doble juego de engaños en que rusos y británicos son las víctimas: Tatiana Romanova, una empleada del consulado soviético en Estambul (Daniela Bianchi, belleza rubia de cortísimo recorrido) ha de fingir que pretende desertar llevándose consigo una de esas máquinas, pero bajo la condición de que su enlace para la entrega ha de ser Bond (de quien ESPECTRA quiere vengarse por haber acabado, en el título anterior e inaugural de la saga, con el Dr. No). Para ello cuentan con la inestimable labor de Rosa Klebb (Lotte Lenya), oficial de inteligencia soviética que se ha pasado a ESPECTRA y que puede hacerle creer a Tatiana que las órdenes vienen del Kremlin. De este modo, pensando servir a la Unión Soviética en la captura o eliminación del famoso agente británico, Tatiana sacará la máquina del consulado y en su encuentro con Bond ESPECTRA podrá hacerse con ella y eliminarlos a ambos; por su parte, los británicos, como la CIA americana, llevan años intentando hacerse con uno de esos artefactos, por lo que, aun con la convicción de que puede tratarse de una trampa, Bond es enviado a Estambul para encontrarse con su enlace, Kerim Bey (Pedro Armendáriz), y estudiar la forma de sacar adelante el plan. Testigo de todo es un oscuro individuo, Grant (Robert Shaw), un convicto de asesinato, un homicida paranoico reclutado por ESPECTRA cuya misión es velar por que no les suceda nada ni a Tatiana ni a Bond en tanto urden la fuga de la chica con el aparato, así como deshacerse de ellos después. Mientras tanto, Grant se dedica a aumentar el clima de tensión entre soviéticos y británicos en Estambul cometiendo unos cuantos asesinatos de los que se inculpan los unos a los otros.

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La presentación y disposición de la historia es admirable, así como el hecho de centrar la acción en tres personajes, dos que no saben realmente a quién están sirviendo en el cumplimiento de sus misiones, y un tercero que maneja todos los hilos de la vida y de la muerte sin que ambos, ni tampoco las organizaciones a las que representan, tengan la menor idea de lo que está ocurriendo. Al puro cine de espías se suma así una importante dosis de suspense, de intriga, que, en contra de lo que será común en el desarrollo posterior de la serie de películas de 007, desplaza casi por completo al cine de aventuras y de acción. En ello es fundamental también el escenario: aparte del prólogo y el epílogo venecianos, y del habitual inicio londinense, la película se aleja del típico carrusel de localizaciones exóticas de las cintas de Bond para concentarse en la ciudad de Estambul y en la huida de los protagonistas en un tren que cruza los Balcanes. Sigue leyendo

Electroletras: otros “Shakespeares” del cine

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En Electroletras, el programa de TEA FM, conmemoramos el cuarto centenario de la muerte de William Shakespeare, que se cumple este año, recuperando varios clásicos cinematográficos basados en obras de William Shakespeare, dejando de lado, eso sí, las obras de Laurence Olivier, Orson Welles y Kenneth Branagh.

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