Música para una banda sonora vital: Cotton Club (The Cotton Club, Francis F. Coppola, 1984)

The Mooche, célebre tema de John Barry para esta película de Francis Ford Coppola, especie de biografía de los tiempos álgidos del más populoso club de jazz del Harlem neoyorquino durante los años veinte del pasado siglo.

Mis escenas favoritas: Esta tierra es mía (This Land is Mine, Jean Renoir, 1943)

Contundente, hermoso y emotivo momento de esta gran obra de Jean Renoir, dueño de una filmografía llena de ellas, que debe recuperarse tanto por su calidad como por la vigencia de su discurso, en un tiempo en el que vuelven a abundar los desmemoriados, los ignorantes y los perversos.

Elogio de la igualdad suprema: La muerte de Luis XIV (La Mort de Louis XIV, Albert Serra, 2016)

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Jean-Pierre Léaud es la medida de todas las cosas en esta película de Albert Serra, uno de esos directores tal vez excesivamente autoconvencidos y autocomplacientes con la idea que ellos mismos tienen de su propia y presunta genialidad. El célebre actor francés ilumina con su presencia al tiempo que aporta su personalidad cinematográfica y la carga memorística de su trayectoria en la pantalla esta cinta de época que recoge los últimos días de vida del “Rey Sol”, el monarca que desplazó la hegemonía española en Europa, convirtió a Francia en primera potencia del continente y erigió el Estado hipertrofiado de excesos y despilfarro que alimentaría durante décadas el caldo de la Revolución de 1789. La premisa de la película, tan simple como el agudo dolor en la pierna que, tras un paseo por el campo, obliga al rey a postrarse en su cama de Versalles, es el prólogo del minucioso relato, en lo estético y en lo narrativo, del proceso de agonía y muerte en 1715 del rey más importante y longevo (72 años de reinado) que ha tenido el país galo.

La película sirve asimismo como manifestación de la autoproclamada radicalidad estilística de Serra. Construida con fragmentos seleccionados del proceso de degradación final del monarca tal como se cuenta en las memorias del duque de Saint-Simon, visualmente se vuelca desde el inicio en un esteticismo preciosista plenamente autoconsciente, en una sobriedad y solemnidad formales que, valiéndose de la carga simbólica del rostro de Léaud y del magnetismo minimalista de una interpretación que logra transmitir de la mejor manera el turbulento interior de un personaje que ha tenido el mundo en sus manos y yace ahora prisionero en una cama, hacen de la morosidad deliberada y de la economía del lenguaje su principal baza narrativa. La reconstrucción rigurosa y metódica de los distintos episodios va acompañada de la progresiva humanización del mito; la artificiosidad teatral de los distintos rituales cortesanos (la ceremoniosa parafernalia de las comidas, la aparatosidad banal de las fiestas y recepciones que se celebran en la antesala de la cámara del doliente rey…), el inmenso lujo que rodea al paciente, contrastan con el devenir natural de una enfermedad que poco a poco va pudriendo un cuerpo que, a fin de cuentas, es como el de todo mortal (de lo que Serra va a dejar desagradable constancia explícita en el tramo final del metraje). El hermoso tratamiento formal, la apoteosis versallesca del oropel y la ostentación, choca así con la idea de la inevitabilidad de la decadencia física y de la muerte y con la íntima patología que sufre el rey, el mal de la gangrena que le corroe por dentro y que sirve de inmejorable metáfora al incesante deterioro de la institución monárquica en el largo prólogo prerrevolucionario que le siguió. Este puente que se tiende entre Historia y vida, entre el hombre y el símbolo, así como la capacidad del propio cine para evocar y proyectar estos aspectos en el espectador sin necesidad de mostrarlos, son tal vez los mayores méritos que acredita la película.

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En la ciudad blanca (Dans la Ville blanche, Alain Tanner, 1983)

Alabado film de Alain Tanner que es casi una guía turística privada por Lisboa, un recorrido sentimental por lugares y sensaciones propios del protagonista (un añorado Bruno Ganz, en uno de sus papeles más recordados) que explora distintos rincones lisboetas en un vagar sin más prisas ni obligaciones que dejarse vivir, amar y soñar.

Despertar rebelde: Sábado noche, domingo mañana (Saturday Night and Sunday Morning, Karel Reisz, 1960)

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Cuatro importantes nombres del Free Cinema se dan cita en esta tragicomedia realista, considerada el mayor éxito del cine británico de la década: el productor Harry Saltzman, que junto a Albert R. Broccoli iba a iniciar muy poco después la aventura de la saga de James Bond, el agente 007; el cineasta Tony Richardson, aquí en labores de producción; el director de origen checo Karel Reisz, refugiado judío en Gran Bretaña a causa de la invasión nazi de su país; y el actor Albert Finney, uno de los iconos de su generación. La película recoge el incipiente espíritu de rebeldía de su tiempo y anuncia lúcidamente el inevitable futuro de desencanto y frustración a corto plazo, el principio del fin del sueño utópico de la década. Su protagonista, Arthur Seaton (Finney) reúne la caracterización básica del joven que se adjudica el papel de encarnar todo lo opuesto a lo que para él representa la generación de sus padres: su carácter es agrio, sus modos son toscos, su desdén para los demás apenas se ve recortado por la camaradería de la amistad con un muy reducido grupo de personas; su desprecio por el orden heredado, las leyes o las normas sociales es prácticamente absoluto. Su voluntaria intención de contravenir todo precepto que le venga impuesto nace de su necesidad de romper con la rutina y el aburrimiento de una vida de tránsito corto, de la casa de sus padres a la fábrica, ida y vuelta, con largas paradas de fin de semana en los pubs, en los bailes y en las ferias, donde da rienda suelta a su verdadera naturaleza, al descontento que lleva dentro y que lucha por brotar, por manifestarse en un odio irascible por todo lo que lo rodea. Su único objetivo vital, pasárselo lo mejor posible en las horas que no se ve obligado a permanecer en su puesto de trabajo, está por encima de cualquier otro aspecto, de cualquier otra persona, incluso de sus amigos o de sus compañeros de trabajo casados.

Así, Arthur mantiene una relación adúltera con la esposa de un compañero; el puro goce sexual se complementa con la gratificante conciencia de estar quebrantando la institución matrimonial, además de burlando la lealtad por un hombre al que en el fondo desprecia. La existencia de Arthur es, por tanto, precaria pero, no obstante, a su modo, feliz. Su única responsabilidad, al menos la única que asume en serio, su único compromiso moral, consiste en su autosatisfacción, no hay ningún otro criterio a valorar. Este estado de adolescencia permanente, metáfora del sueño utópico de los sesenta, desemboca, sin embargo, en un embudo del que empieza a resultarle muy complicado escapar sin dejarse algo, o todo, a cambio: al tiempo que su amante queda embarazada y se ven obligados a buscar medios para solucionar el problema (su querida tía, la única persona con la que Arthur conecta y por la única que es capaz de plasmar algo parecido al afecto, se muestra incapaz de ayudarles con sus antiguos remedios de vieja, por lo que desaparece al instante del imaginario de Arthur), se encapricha de una muchacha que, educada de forma más tradicional, desea un noviazgo más convencional, serio, comprometido, encaminado al futuro del matrimonio.

Pubs, barriadas obreras, tiendas de barrio, callejones, patios traseros, solares abandonados, extrarradios deprimidos y zonas en apariencia despobladas son los escenarios por los que discurre esta historia que es espejo de su época. La familia, el orden socioeconómico, el derecho de propiedad, las relaciones de pareja, la Corona, la policía e incluso el ejército reciben en algún momento los comentarios despectivos o las actitudes hostiles (y en casos muy concretos, violentas) de Arthur y de quienes viven como él, rechazando todo lo que les ha venido dado, suspirando por una alternativa egoísta, no global, no para todos, solo destinada al propio confort. La advertencia, en suma, de lo que estaba por venir, más pronto que tarde, respecto a los protagonistas reales de aquel tiempo. Reisz se mantiene dentro de las directrices del realismo social, al que añade la actitud contestataria del Free Cinema, pero además tiñe su historia de cierta ternura y melancolía por aquello que no pudo ser. Continuar leyendo “Despertar rebelde: Sábado noche, domingo mañana (Saturday Night and Sunday Morning, Karel Reisz, 1960)”

Música para una banda sonora vital: Enamorarse (Falling in Love, Ulu Grosbard, 1984)

Mountain Dance, del compositor Dave Grusin, es el tema más recordado de los presentes en la banda sonora de este remake no confeso de la celebérrima Breve encuentro (Brief Encounter, 1945) de David Lean, dirigido por Ulu Grosbard en 1984 y cuya mejor baza es su pareja protagonista, Meryl Streep y Robert De Niro. Sus interpretaciones, de una naturalidad y honestidad desbordantes, de una gama de registros tan compleja como aparentemente simple, y la aportación de secundarios de calidad como Harvey Keitel, Victor Argo o Dianne Wiest elevan el nivel general de una película condenada a transitar por lugares demasiado bien conocidos, cliché tras cliché, tópico tras tópico.

Mis escenas favoritas: Doctor Zhivago (David Lean, 1965)

Una de las varias clases prácticas sobre el comunismo que contiene esta obra maestra de David Lean, basada en la novela de Boris Pasternak. Una secuencia con múltiples rostros reconocibles, de cinematografías diversas, que encajan muy bien todos juntos bajo el sello de Hollywood.