Mis escenas favoritas: Un rey en Nueva York (A King in New York, Charles Chaplin, 1957)

El conocido ajuste de cuentas cinematográfico de Charles Chaplin al trato recibido por las autoridades norteamericanas en plena «caza de brujas» tiene su máxima expresión en esta escena protagonizada por su hijo Michael, en la que los algo vetustos y anacrónicos gags visuales acompañan la puesta en escena del «Yo acuso» del artista británico a su primer país de adopción. Una diatriba algo más que simplista y demagógica que, sin embargo, resulta adecuado antídoto contra el discurso propugnado desde el extremo opuesto, no menos gratuito y reduccionista. Chaplin, en su penúltima película, tres años después de ver impedido su retorno a Estados Unidos por la retirada de su visado, emplea el arma de la risa para abofetear a gusto y sin piedad a los defensores de las tesis de McCarthy.

Diálogos de celuloide: Sopa de ganso (Duck Soup, Leo McCarey, 1933)

-¿Se da cuenta de que nuestro ejército se enfrenta a una derrota? ¿Qué piensa hacer?

-Ya lo he hecho.

-¿Qué es lo que ha hecho?

-Me he pasado al otro bando.

-Conque al otro bando, ¿eh? ¿Entonces qué hace aquí?

-Bueno, es que aquí la comida es mejor.

(guion de Bert Kalmar y Harry Ruby)

(más citas de esta película aquí)

Música para una banda sonora vital: Espíritu sagrado (Chema García Ibarra, 2021)

Yeha Noha, tema principal del disco Sacred Spirit, comercial maniobra musical consistente en ponerle base electrónica a supuestos cánticos indígenas norteamericanos, cierra esta extravagente cinta española del pasado año (coproducida con Francia y Turquía) en la que convergen dos líneas argumentales: la desaparición de una niña y la muerte de Julio, el responsable de una asociación de aficionados a la ufología de Elche; José Manuel, tío de la niña y miembro destacado de la asociación, debe continuar en solitario con el proyecto que había iniciado con Julio y que está relacionado con un secreto cósmico de importancia trascendental para el devenir de la Humanidad.

Entre el realismo y el kitsch, entre el humor con retranca, el hieratismo naturalista amateur y el disparate carpetovetónico, la película constituye una rareza, mucho menos osada, irreverente e innovadora de lo que pretende aparentar, pero en todo caso diferenciada del habitual cine comercial español víctima de las televisiones y, por eso mismo, refrescante y pertinente.

Mis escenas favoritas: Bananas (Woody Allen, 1971)

El principio y el fin de la aventura revolucionaria de un catador de alimentos, Fielding Mellish (Woody Allen), en la pequeña república de San Marcos. El desamor que lo lleva a vivir nuevas experiencias fuera del país, y el triunfo de la guerrilla y la proclamación de un demente como gobernante y el comienzo del desengaño. Divertida sátira sobre la corrupción del poder y la deriva de los nobles ideales y de las promesas cuando llega el momento de convertirlos en realidades tangibles.

Música para una banda sonora vital: ¡Jo, qué noche! (After Hours, martin scorsese, 1985)

Howard Shore pone la música a esta obra maestra (con devaluador título español) de Martin Scorsese, la humilde y perturbadora epopeya urbana personal de un insomne informático neoyorquino (Griffin Dunne, aunque el papel estaba pensado para Robert De Niro) que pierde el último metro de la noche al regreso de una cita extraña y fallida. Comienza para él una inquietante, fascinante y peligrosa aventura nocturna repleta de personajes extraños y de excéntricos giros de la fortuna en algunos de los barrios más sórdidos de una Nueva York, una ciudad muy distinta de la de Woody Allen y la de las comedias románticas ochenteras, una jungla de sombras, delirio y trampas del destino que plantea agudamente el problema de la soledad y la incomunicación de los seres humanos en el anonimato de las grandes urbes contemporáneas.

Mis escenas favoritas: Esa pareja feliz (Luis G. berlanga, Juan Antonio Bardem, 1951)

Parodia de las películas historicistas de la productora valenciana Cifesa durante el primer franquismo, esta secuencia de Esa pareja feliz, comedia iniciática de Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem, y para muchos piedra angular del cine español «moderno», presenta a Lola Gaos (cuyo centenario se ha cumplido hace unos días) precipitándose, más de lo que cree, por la muralla de Palencia… y por la precariedad de medios de aquel cine casi artesanal de la posguerra.

Cine de verano: Charlot, falso dentista (Laughing Gas, Charles Chaplin, 1914)

Uno de los primeros cortos cómicos escritos, dirigidos y protagonizados por Charles Chaplin, ya en el año de su debut en Hollywood, 1914. En esta ocasión, interpreta al ayudante de un dentista con demasiados pacientes, y su intervención genera toda clase de conflictos y problemas.

Cine de verano: Una tarde en el circo (At the Circus, Edward Buzzell, 1939)

Un clásico de los hermanos Marx en la Metro-Goldwyn-Mayer, con secuencias hilarantes como la de la chapa para acceder al tren o la de los cigarros, o números musicales míticos como Lydia the Tattooed Lady. Lo de menos, el argumento: cuando un joven renuncia a la fortuna que ha heredado de su tía para enrolarse en el circo donde trabaja su novia, que está en crisis porque su propietario ha huido con el dinero de la recaudación, los hermanos Marx les ayudan a evitar la quiebra y su desaparición. Y es que en la MGM los hermanos se vieron «reducidos» a la condición de comparsas de una trama romántica azucarada y canciones melosas, con menos margen para dejar la locura correr en los fotogramas. Pese a todo, quizá sean sus películas de la MGM las más populares entre el público.

Cine de verano: Una noche en Casablanca (A Night in Casablanca, Archie Mayo, 1946)

Casablanca, poco después de la Segunda Guerra Mundial. El gerente del Gran Hotel ha muerto en extrañas circunstancias. Para ocupar la vacante, es contratado Ronald Kornblow, que abandona de inmediato la posada que dirige en un oasis. Allí Ronald entra en contacto con Corbaccio, un extraño sujeto que se dedica a estafar turistas a través de su Compañía de Camellos Amarillos.

Mis escenas favoritas: Los viajes de Sullivan (Sullivan’s Travels, Preston Sturges, 1941)

El gran Preston Sturges, uno de los grandes genios de la comedia americana de los treinta y los cuarenta, escribe y dirige esta gloriosa screwball con trasfondo social y cinematográfico. Obsesionado con la idea de filmar una película sobre la pobreza y el sufrimiento, el director de intrascendentes comedias John L. Sullivan (Joel McCrea) convence a los ejecutivos del estudio para que le permitan recorrer el país disfrazado de vagabundo antes de empezar a rodar, de manera que pueda acumular experiencias realistas con las que alimentar una narrativa veraz sobre los auténticos problemas de la gente damnificada por las miserias de la Gran Depresión. Después de trabajar como peón para una viuda que parece querer de él algo más que cortar leña, huye de su casa, pero el camión que lo recoge lo lleva de vuelta a Hollywood. Sintiéndose frustrado, entra en una cafetería, donde conoce a una rubia aspirante a actriz (Veronica Lake), que, desencantada por su fracaso pero entusiasmada con el proyecto de viajar libre de punta a punta del país, decide acompañarlo en su aventura. Los reiterados intentos de vagabundear a sus anchas se ven continuamente impedidos por la casualidad o las circunstancias, hasta que, por fin, Sullivan se ve inmerso en la última peripecia que hubiera deseado protagonizar. La primera secuencia de la cinta define perfectamente el tono atropellado e hilarante que marca toda la primera mitad de la película.