Música para una banda sonora vital: La noche americana (La nuit américaine, François Truffaut, 1973)

Si el cine fuera una nación (lo cual no es para nada descabellado; al menos lo es más que algunas…) su capital sería Hollywood; su Dios, Billy Wilder; su rey destronado, Orson Welles; su sistema político, el marxismo (de los Hermanos Marx); y su himno, la hermosa partitura compuesta por Georges Delerue para esta maravillosa obra de François Truffaut.

Mis escenas favoritas: Los cañones de Navarone, The guns of Navarone, J. Lee Thompson, 1961)

No todo en el cine bélico son explosiones, violencia, cacharrería y sangre. El irregular Jack Lee Thompson supo emplear a fondo las posibilidades visuales del lenguaje no verbal y el suspense en esta secuencia de este clásico del cine bélico, en un momento en que el comando introducido por los aliados en Grecia para sabotear las instalaciones alemanas en la isla de Navarone es descubierto y capturado por los soldados de la Wehrmacht. Un momento magnífico que aprovecha la luz mediterránea y el folclore autóctono para conferir color local, sabor auténtico, a un episodio dramático que anuncia la tragedia y constata las siempre difíciles y tensas relaciones entre ocupantes y ocupados. Espléndido.

Música para una banda sonora vital: Sin perdón (Unforgiven, Clint Eastwood, 1992)

Claudia’s Theme, de la banda sonora de esta obra maestra de Clint Eastwood. Por el momento, el último gran western de la historia del cine aunque el género, afortunadamente, se resiste a desaparecer.

Mis escenas favoritas: La última seducción (The last seduction, John Dahl, 1994)

Secuencias como esta de La última seducción (The last seduction, John Dahl, 1994), a medio camino entre el proceso de selección y el control de calidad, hicieron de Linda Fiorentino, que recientemente ha cumplido 59 años, la fugaz nueva vamp del neonoir que salpicó el cine americano independiente de los años noventa. Una mujer autónoma, audaz, dominante, absolutamente desprejuiciada y tan violenta y criminal, llegado el caso, como sus competidores masculinos. Lo que se dice un encanto de moza.

Recursos inhumanos: El jefe de todo esto (Direktøren for det hele, Lars von Trier, 2006)

El presuntuoso y talentoso Lars von Trier, en su continua oscilación entre el genio y el mamarracho, sorprendió en 2006 con esta estupenda comedia que, sin poder encajarse dentro del tan cacareado como, salvo excepciones, infructuoso manifiesto Dogma 95, sí respeta el primer y no oficial mandato de esta inocua e innecesaria (porque no aporta nada que el cine, sin tanta pompa pseudorreflexiva y “gafapastil”, no hubieran hecho ya antes, y por lo general bastante mejor) corriente cinematográfica danesa: no cumple, como la gran mayoría de los demás títulos adscritos a esta farsa intelectualoide, prácticamente ninguno de los demás mandamientos del movimiento fundado por Trier y Thomas Vinterberg, entre otros. En el fondo da igual porque la película vale la pena por sí misma aunque, salvo la eliminación de la música, el resto de reglas de esta tontería de manifiesto que abogaba por el retorno a cierta pureza formal sean vulneradas una tras otra. Convertida en filme de culto, la actualidad salpicada de noticias relativas a la evolución del mundo tecnológico, de continuos cambios en el sector empresarial, y la propaganda disfrazada de información sobre ferias y eventos, junto con, por otro lado, la irrefrenable imposición del capitalismo salvaje, dotan a la cinta de una vigencia que amenaza con convertirse en premonitoria de males mayores.

Ravn (Peter Glantzler) es el dueño y director de una empresa tecnológica dedicada a algún impreciso aspecto de Internet. Para evitarse conflictos sociales, laborales y de convivencia diaria, se inventó en su día un superior jerárquico ficticio, que supuestamente residía en Estados Unidos, lo que le permitía una doble vía para relacionarse con sus compañeros, que en realidad son sus empleados: tanto podía hacer piña con ellos para oponerse a las decisiones tomadas más arriba, fortalecer sus vínculos, conocerlos más y mejor, evaluar el entorno y prever sus reacciones, como le servía para responsabilizar a otras instancias, por demás falsas, de medidas tomadas únicamente por él mismo, y que a menudo les perjudicaban, de forma que pudiera mantener un adecuado clima de trabajo además de un óptimo nivel de estima de su persona. Sin embargo, cuando decide vender la empresa a una compañía islandesa, los empleados exigen conocer al mandamás, aludido tradicionalmente como “El jefe de todo esto”, para que les informe de cómo los cambios van a afectar al objeto de negocio y a la situación de todos en la empresa. Ravn, atrapado en un laberinto que él mismo ha creado, no tiene más remedio que echar mano de su amigo Kristoffer (Jens Albinus), actor de profesión, y bastante malo, seguidor a ultranza, probablemente el único, de la escuela interpretativa del estrafalario teórico Gambini, para que finja ser El jefe de todo esto durante las veinticuatro horas que le va a costar cerrar el trato con los islandeses desplazados para las negociaciones. Por supuesto, es una comedia, todo se va a complicar, y Kristoffer, actor incompetente y ser humano patético, desconocedor de todo lo que rodea al negocio, se verá obligado a interpretar al jefe durante más tiempo del previsto, dando lugar a constantes equívocos y situaciones chuscas que hacen que todo vaya escapando poco a poco del control de Ravn y construyendo un gigantesco absurdo. Sigue leyendo

Música para una banda sonora vital: En el calor de la noche (In the heat of the night, Norman Jewison, 1967)

Temazo de Ray Charles, titulado igual que la cinta, para esta película de Norman Jewison, espléndida en el tratamiento de la tensión racial que entonces (y ahora) vivían los Estados Unidos. El guión, basado en una novela de John Ball, centrado en la investigación de un asesinato en Sparta (Mississippi), que llevan a cabo el jefe de la policía local (Rod Steiger, qué manera de mascar chicle…) y un policía de Filadelfia (Sidney Poitier) que se encuentra de paso, señala tanto las incongruencias, miserias, contradicciones y trampas morales de los racistas del sur, como los prejuicios, recelos, desconfianzas y rencores de los planteamientos revanchistas de ciertos grupos militantes por los derechos civiles de la población negra. Nada que ver, por tanto, con ese cine de corte racial reivindicativo de los últimos años que, al calor de la administración Obama, ha creado productos de diseño políticamente correctos y rebozados en melosa moralina marca Oprah.

Mis escenas favoritas: La condesa descalza (The barefoot comtessa, Joseph L. Mankiewicz, 1954)

Mankiewicz, siempre Mankiewicz. Perfecta conjugación entre el dominio del lenguaje cinematográfico y la riqueza literaria de un guión, el cine de Mankiewicz es siempre un lugar perfecto al que volver. En este caso, la película habla tanto de Hollywood como de su estrella, Ava Gardner, en un papel, el de María Vargas, extraña y premonitoriamente ligado a sí misma. La acompañan, entre otros, Humphrey Bogart y Edmond O’Brien, Óscar por su interpretación. Obra maestra.