Mis escenas favoritas: El planeta de los simios (Planet of the apes, Franklin J. Shaffner, 1968)

Se cumplen 50 años de esta extraordinaria parábola de ciencia ficción, y de su apoteósico final, imitado después hasta la extenuación en secuelas y emulaciones.

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Música para una banda sonora vital: Spotlight (Thomas McCarthy, 2015)

Partitura de Howard Shore compuesta para este extraordinario drama periodístico sobre el equipo de investigación de The Boston Globe que destapó multitud de casos de abusos sexuales de sacerdotes católicos ocurridos durante décadas en la archidiócesis de Boston y, por extensión, de todos los Estados Unidos, ocultados por la alta jerarquía eclesiástica con la complicidad de las autoridades. Una película apasionante que revela una verdad que da escalofríos.

Mis escenas favoritas: Vida de perro (Dog’s life, Charles Chaplin, 1918)

Unos cuantos años antes de afeitar a un señor al ritmo de Brahms en El gran dictador (The great dictator, 1940), Charles Chaplin ya hizo de las suyas junto a la silla del barbero en este mediometraje de 1918.

El cine de las ilusiones de Paul Auster

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El cine de las ilusiones

Nuestras vidas realmente no nos pertenecen, pertenecen al mundo, y a pesar de nuestros esfuerzos por darle un sentido a éste, el mundo es un lugar que va más allá de nuestro entendimiento.

Paul Auster

Resulta corriente leer en la mayor parte de las reseñas y ensayos críticos sobre la obra literaria del norteamericano Paul Auster (Newark, New Jersey, 1947) que, por encima del alto contenido autobiográfico y de la mágica atmósfera con la que suele recubrir sus historias, son dos las notas principales que jalonan su universo creativo. La primera de ellas es la incidencia del azar, de la suerte, de los fenómenos imprevistos e incontrolables, en la vida de las personas para bien y para mal o incluso sin que pueda llegarse a determinar la naturaleza positiva o negativa de su influencia. La segunda, que su literatura se construye internamente de forma similar a las cajas chinas o a las matrioskas, de manera que sus libros están plagados de cuentos, relatos e historias de diversa procedencia y con múltiples narradores, los cuales, todos juntos y a través de un subterráneo hilo conductor están al servicio de una idea principal que termina culminando en un todo completo e indivisible.

Estas notas van más allá del mero recurso narrativo para constituir un punto de vista para sus historias que permita a Auster explorar lo que de verdad le interesa de sus personajes, su capacidad para enfrentarse a lo inesperado. Tanto en su literatura como en su cine Paul Auster no hace sino reflejar aspectos cotidianos y comunes a todos los seres humanos que no por pasarnos desapercibidos dejan de estar ahí. El propio autor es un ejemplo de ello, basta recordar episodios de su propia vida como la muerte de su amigo Ralph, fulminado a su lado por un rayo durante una excursión o la copiosa herencia recibida tras la inesperada muerte de su padre que le permitió abandonar su empleo de fracasado cronista deportivo y volcarse en la escritura.

Auster escribe sobre el azar porque es consciente del papel decisivo que la suerte ha tenido en su vida, una vida que como cualquier otra no es ajena tampoco a poder explicarse como un juego de matrioskas. La literatura y el cine de Paul Auster se nutren de esta compleja red tejida de coincidencias y caprichos del destino, aunque el grado de aceptación final de sus dos vertientes creativas difiera notablemente. Quizá ello se debe a que las películas dirigidas en solitario por Auster parecen estar indisolublemente unidas a los temas y atmósferas que constituyen el microcosmos de sus novelas como una consecuencia lógica o una extensión natural de ellas. De ahí que para muchos espectadores, especialmente los no iniciados en su literatura, el cine de Paul Auster resulte inaccesible y carezca de valor por sí mismo como producto cinematográfico.

La cinefilia de Auster es evidente para quien conozca superficialmente sus libros. Son frecuentes sus referencias a películas, actores y actrices, a salas de proyección, e incluso el cine y sus profesionales han llegado a superar su condición de esporádico ingrediente de la trama para convertirse en uno de los pilares fundamentales de la narración. Sin embargo, la relación de Paul Auster con el cine comienza en los primeros años setenta del siglo XX, cuando, licenciado por la Universidad de Columbia y volcado en su oficio de traductor y en su naciente vocación poética, viaja a Francia para conocer la obra de Baudelaire, Rimbaud y Verlaine. En París, tras un frustrado intento de ingreso en el Institut des Hautes Éstudes Cinématographiques, empieza a escribir guiones para películas mudas inspirados en Buster Keaton.

Sus posteriores éxitos literarios en Estados Unidos le vuelven a acercar al cine en 1990, cómo no, por influencia de la casualidad. Wim Wenders no consigue productor para adaptar algunas de sus historias a la gran pantalla, pero Auster publica dos obras que serán el origen de dos películas, la novela La música del azar y el relato publicado en prensa Cuento de Navidad de Auggie Wren. Philip Haas adquiere los derechos de la novela para su debut en el largometraje de ficción, (The music of chance, 1993). Con un estupendo reparto (James Spader, Mandy Patinkin, Chris Penn, Charles Durning, Joel Grey, M. Emmet Walsh, Samantha Mathis…), la complejidad inherente a su traducción en imágenes hace que el resultado no sea propiamente una película de Auster. El tratamiento cumple con la idea del azar como elemento crucial de la acción, pero el guión mutila muchos de esos recovecos que convierten cualquier obra de Auster en un mágico caleidoscopio de historias que se contienen y explican unas con otras. La brevedad del filme y la necesidad de concentrar lo principal del relato hacen que el conjunto sea estimable pero no la más adecuada traducción del universo austeriano a la pantalla, por más que cuente con el mismísimo escritor en una breve aparición. Continuar leyendo “El cine de las ilusiones de Paul Auster”

Música para una banda sonora vital: Granujas a todo ritmo (The blues brothers, John Landis, 1980)

-Oiga, ¿qué clase de música tienen aquí?

-Oh, de las dos clases: country y western.

Eso responde la dueña de un garito de carretera donde The Blues Brothers se detienen una noche de sábado, usurpando la actuación de otro grupo, con el único interés de hacer caja. Allí se ven obligados a complacer a un exigente público del Medio Oeste, poco receptivo al soul, interpretando la banda sonora de la teleserie Rawhide, la misma que puso a Clint Eastwood en la órbita de Sergio Leone.

Mis escenas favoritas: El furor del dragón (Return of the Dragon/Meng long guojiang, Bruce Lee, 1972)

Mezcla de comedia (por momentos, incluso involuntaria) y una profunda cutrez visual, esta película fue concebida y ejecutada por Bruce Lee para su propio lucimiento. Como siempre en estos casos, la pregunta que surge es: ¿por qué no le atacan todos a la vez?

Música para una banda sonora vital: Simbad y la princesa (The 7th voyage of Simbad, Nathan Juran, 1958)

La carrera de Bernard Herrmann en la composición de música para el cine va mucho más allá de sus trabajos para Alfred Hitchcock. Debutó en 1941 a las órdenes de Orson Welles y cerró su trayectoria con dos trabajos de altura, para Martin Scorsese y Brian De Palma. Además de sus partituras para el Mago del Suspense, su obra ofrece maravillas como esta que adorna una de las más celebradas y vibrantes aventuras cinematográficas de Simbad el marino, el personaje clásico de Las mil y una noches.