40º aniversario de Blade Runner, de Ridley Scott, en La Torre de Babel de Aragón Radio

Nueva entrega de la sección de cine en el programa La Torre de Babel, de Aragón Radio, la radio pública de Aragón, en este caso dedicada a celebrar el 40º aniversario del estreno de Blade Runner, la película de Ridley Scott basada en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, ambos hitos del género de ciencia ficción.

(desde 5:48)

Mis escenas favoritas: Noches de sol (White Nights, Taylor Hackford, 1985)

Mikhail Baryshnikov, quien en su día alabó y reconoció a Fred Astaire como mejor y más popular bailarín del mundo, fue invitado a hablar en el homenaje que el American Film Institute celebró en honor del actor en 1981. El astro del ballet clásico, para sorpresa de todos, arrancó así su discurso: «No es un secreto. Todos le odiamos». Baryshnikov prosiguió desvelando palabras tan sinceras, como sorprendentes. «Nos crea complejos porque es demasiado perfecto; su problema es que siempre se está moviendo. Tú terminas tu función, recibes los aplausos y piensas que quizás, sólo quizás, fue un éxito, y te vas a casa… Enciendes la televisión para relajarte y ahí está él, perfecto». «Recordad lo que dijo Ilie Nastase sobre Bjorn Borg», añadió el fenómeno ruso-americano, «nosotros jugamos al tenis; él juega a otra cosa… pues lo mismo sucede con Fred Astaire, nosotros bailamos, pero él hace otra cosa». En otra ocasión, añadió: «Ningún bailarín puede ver a Fred Astaire y no saber que todos deberíamos haber estado en otro negocio».

Baryshnikov se aproximó algo al ídolo americano en esta secuencia junto a Gregory Hines, perteneciente a una película en la que se narra una historia muy similiar a la suya, de disidencia política y amor al arte de la danza.

Palabra de Bette Davis

“La vejez no es lugar para blandos”.

“Si nunca has sido odiado por tu hijo es que nunca has sido padre”.

“Todo el mundo tiene corazón excepto alguna gente”.

“Sobreviví porque era más fuerte que cualquiera”.

“Hollywood siempre quiso que fuese guapa, pero yo luché por ser real”.

“En este negocio hasta que no seas conocido por ser un monstruo no eres una estrella”.

“Nunca he sido amiga de las actrices. Su conversación me aburre hasta las lágrimas”.

“Fui la Marlon Brando de mi generación”.

“En esta carrera de ratas todo el mundo es culpable hasta que se demuestre su inocencia”.

“Esto siempre ha sido un lema para mí: intenta lo imposible para poder mejorar tu trabajo”.

“Psicoanálisis. Fui tres veces. Luego decidí que lo peculiar que hubiese en mí era probablemente lo que me hacía triunfar. He visto algunos actores talentosos ir a psicoanálisis y perderse”.

“Conseguir tu sueño y haber tenido la oportunidad de crear es la carne y las patatas de la vida. El dinero es la salsa”.

“La gente a menudo se convierte en actores porque hay algo de ellos mismos que no les gusta: prefiere parecer otros”.

“No me arrepiento de ni uno solo de los enemigos profesionales que he hecho. Cualquier actor que no se atreva a hacer enemigos debería ser expulsado del negocio”.

“Una manera certera de perder la felicidad es quererla a toda costa”.

“El sexo es la broma de Dios a los seres humanos”.

“Me casaría otra vez si encontrara a un hombre que tuviera 15 millones de dólares, firme darme la mitad y me garantice que va a estar muerto en un año”.

“La clave de la vida es aceptar retos. Una vez que uno para de hacerlo, está muerto”.

“La vida es una broma y todas las cosas lo demuestran. Una vez lo pensé, pero ahora lo sé”.

“La vez que mejor me lo he pasado con Joan Crawford fue cuando la empujé por las escaleras en ¿Qué fue de Baby Jane?

“Estoy destinada a una eternidad de trabajo compulsivo. Ningún objetivo conseguido me satisface. El éxito solo genera un nuevo objetivo. Es interminable”.

“Me encantaría besarte, pero me acabo de lavar el pelo”.

“No me retiraré mientras tenga piernas y mi neceser de maquillaje”.

“No me tomo las películas en serio, todo el que lo hace termina con dolor de cabeza”.

“Ola tras ola el amor inundó el escenario y me cubrió, fue el principio del único gran romance de mi vida”.

“No pidamos la luna. Ya tenemos las estrellas”.

“Sin preguntarse nada a uno mismo y mirar para dentro, actuar es solo un intercambio. Con ello, se convierte en creación”.

Música para una banda sonora vital: Infiltrado en el KKKlan (BlacKkKlansman, Spike Lee, 2018)

Entre la comedia negra (no es un chiste) y la denuncia, en no pocas ocasiones superando la fina línea del panfleto, esta película de Spike Lee cuenta con la dirección artística y la ambientación musical como su mejor baza en un conjunto irregular que alterna momentos interesantes y baches narrativos y de tono, además de, como es habitual en el director, alguna que otra zambullida sobrante en la propaganda más burda.

Entre los aciertos musicales destaca el empleo de canciones cuya colocación en la trama, al hilo de su letra, contextualizan, completan o rubrican el momento dramático del argumento, como ocurre con este Too Late to Turn Back Now de Cornelius Brothers and Sister Rose, que subraya el instante en que el protagonista, policía de raza negra (John David Washington), se infiltra entre las organizaciones que demandan la igualdad racial en Colorado Springs en los años setenta, y, prácticamente al mismo tiempo, se enamora de una de las activistas más comprometidas (Laura Harrier).

Por qué una sábana: A Ghost Story, (David Lowery, 2017)

«De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso», dice la cita clásicamente atribuida a Napoleón tras el incendio de Moscú y que seguramente fue dicha antes por uno o varios personajes históricos, aunque ya se sabe que las frases célebres no pertenecen a quien primero las dice sino a quien las dice en el momento más oportuno o a quien las dice mejor. Esta película de David Lowery navega entre ambos extremos, aunque por el resto de su filmografía hasta la fecha, probablemente la cosa se haya puesto bastante más en claro. Aplaudida casi unánimemente por la crítica, que se deshizo en elogios, sin duda desmesurados, ante la presunta riqueza y supuesta complejidad de sus composiciones visuales y de las profundas reflexiones existenciales que aparentemente apunta, de lo que se ve en pantalla (no de lo que no se ve), también, y sobre todo, emana cierta sensación de inconsistencia, de laguna continuada, de caprichos narrativos al gusto del guion, no de lo que pediría la historia dentro de la propia lógica que la película plantea, que la inclinan hacia una consideración mucho menos entusiasta, y que, una vez finalizado el metraje, libre el espectador, por tanto, del aire grave y solemne que la cinta aspira a manejar, llevan a pensar inevitablemente en la palabra «ridículo». Y es que los agujeros de la sábana que protagoniza la película no son nada en comparación con los que presenta un guion que, en el fondo, excepto en un momento puntual en que un personaje secundario «resume» (no lo hace, es el speech más largo del metraje) el tema, no «cuenta» prácticamente nada de lo que dicen que cuenta.

Empezando por lo «sublime», nos encontramos con una pareja (Casey Affleck y Rooney Mara) que vive en una casa aislada en un entorno rural de Norteamérica. Él es músico y ella no se sabe, y al fallecimiento de él le sigue su retorno a la casa como alma en pena fantasmal de cuerpo material envuelto en la sábana que le sirvió de sudario en el hospital. El fantasma asiste al duelo de su pareja, a su reentrada en la vida cotidiana, su soledad y desamparo en la casa a la que acababan de mudarse no hacía mucho, a sus primeros escarceos románticos de vuelta a la vida sentimental… Y finalmente, a su hartazgo, su ruptura con la vida anterior, la venta de la casa, la llegada de una nueva familia, la marcha de esa familia, su ocupación para la celebración de una fiesta, su destrucción, la construcción en su solar de un rascacielos de oficinas… Y la vuelta al pasado de los pioneros del Oeste, de cómo llegaron a habitar esos espacios, cómo se construyó esa casa, cómo ellos mismos fueron a vivir allí, cómo se cierra el círculo y empieza de nuevo… El tiempo queda abolido, todo está ocurriendo constantemente, confluyendo en un único espacio un número de líneas paralelas infinitas que no cambian, que siempre transcurren del mismo modo. Atemporalidad, pérdida y olvido terminan por convertirse en sinónimos, el sentido de la vida se encierra en un bucle, en una repetición eterna en la que no existe opción de alteración, como un hámster en una rueda de la que no puede escapar. El mito del eterno retorno, destilado y estilizado, sin ninguna lógica narrativa, al menos dentro del modo convencional, cuya finalidad termina y empieza en el estilo: planos largos, poco diálogo (y el que hay, básicamente insustancial), silencios prolongados, elipsis, saltos temporales inmediatos (a menudo en el mismo plano); en suma, lo que durante años se llamó cine «contemplativo», de tono reposado, desprovissto de música o escasamente acompañado por ella, encuadres geométricos y una entrega total al sobreentendido como lenguaje, a la elipsis como sistema. El acierto mayor estriba en la perspectiva, en elegir al fantasma como vehículo de experiencias, a veces transitando por terrenos más o menos novedosos, otras cayendo en «el otro lado» de los tópicos del género de terror (el espectro atormentado que aterroriza a una familia).

Continuando por lo «ridículo», un cadáver cubierto por una sábana en una sala de autopsias  se incorpora y «revive» en su naturaleza ectoplásmica. Eso sí, en algún momento (queda en elipsis) se procura unas tijeras con las que recortar dos aberturas en la sábana para poder ver con los ojos y no darse trompazos contra aquellos elementos físicos que, se supone, según el imaginario popular, debería atravesar sin daño alguno, aunque, por lo visto, no es así. El fantasma se compone así según la imagen infantilizada que de él existe, lejos de las truculencias habituales del Hollywood de los últimos tiempos, como un ente etéreo que solo adquiere corporeidad cuando se cubre con una sábana (los ojos, sin embargo, parece que sí son corpóreos, puesto que solo puede ver por ellos). Después, el fantasma rechaza cruzar el umbral de luz que le llevaría «al otro lado» (y que se abre, a capricho, al fondo de un pasillo del hospital) y decide regresar a casa paseando por el campo y asistir a la viudedad de su pareja. Supuesto prisionero en ese espacio, no podrá abandonarlo aunque ella se marche, otra familia ocupe la casa -una familia de inmigrantes hispanos cuyo hijo mayor sí percibe la presencia del fantasma; no así los demás… porque el guion quiere-, esta se marche, atormentada tras un arranque de furia espectral que se pliega al tópico del poltergeist, se derribe, se construya un edificio de oficinas en cima, pueda deambular por sus despachos, salas de reuniones, hasta asistir a la construcción de una ciudad futurista, el final de los tiempos, llena de luces, rascacielos interminables y vehículos voladores, del tipo Los Ángeles 2019 de Blade Runner, para después retornar al origen, asistir, siempre desde el mismo espacio, a la llegada de unos pioneros del Oeste para instalarse allí, su muerte a manos de los indios (porque sí) y las evoluciones del paisaje hasta que se construye la casa y la pareja, de nuevo él en carne y hueso con su chica, la visitan, la compran y la habitan… Todo vuelve a empezar y a repetirse hasta que son dos fantasmas, dos sábanas, las que observan el subsiguiente derribo de la casa para la construcción del rascacielos… Con una aportación fundamental, el descubrimiento, en la ventana de la casa de enfrente, de otro fantasma, asimismo cubierto con una sábana (¡estampada! ¿Pero de qué hospital venía ese espectro…?), que dice (por telepatía, porque los fantasmas carecen de corporeidad física, y por tanto, no pueden hablar) estar esperando a alguien pero no recuerda a quién, y al que igualmente observa en las siguientes repeticiones del ciclo.

Tenemos así a un fantasma que no puede escapar de un entorno concreto, pero sí que puede caminar del hospital hasta su casa; a un ser incorpóreo que no es tal, porque puede tocar, tirar y romper cosas, pese a lo cual se cubre con una sábana no se sabe por qué; que torpemente, porque al parecer no puede quitarse la sábana que no necesitaría llevar, intenta extraer con la punta de los dedos el papel introducido por su viuda en una grieta de la madera (único momento en que el guion es capaz de anticipar una información con valor narrativo para su posterior utilización), una nota que lee y, bluf, ya no hay cuerpo, ni fantasma, ni bucle, ni prisión, ni tiempo… Sin saber tampoco por qué. No obstante, este desenlace, entre lo poéticamente sublime y lo cinematográficamente ridículo nos ofrece la clave visual de la película: la sábana. La sábana con la que se enrolla ella el cuerpo cuando, sobresaltados por un golpe en las teclas del piano, se levantan asustados en mitad de la noche; la sábana que se asemeja a la cortina que cuelga en la sala del hospital; la sábana que ella hace un gurruño cuando quita la ropa de cama… La sábana de la rectangular pantalla del cine, el teatro de los espejismos, el gabinete de los espectros, la fábrica de fantasmas. Más allá de lo sublime o de lo ridículo, haciendo un hecho aparte con lo que la película tiene de pretenciosa y de las percepciones pedantes y grandilocuentes de los que confunden el estilo con el manierismo vacío, el valor de la historia estriba en que es una película sobre el cine, sobre el espectador del cine. Un fantasma que se distrae de su vida haciendo propias las experiencias de otros fantasmas. Lo demás solo es silencio.

Mis escenas favoritas: Robin de los bosques (The Adventures of Robin Hood, Michael Curtiz y William Keighley, 1938)

La relación entre Errol Flynn y Basil Rathbone no pudo empezar peor. En el rodaje de El capitán Blood (Captain Blood, Michael Curtiz, 1935), al regodeo de Rathbone por cobrar más que el protagonista de la película le siguió un comentario bastante zafio de Flynn acerca de las preferencias sexuales del primero. Contra todo pronóstico, el antagonismo inicial devino en estrecha amistad, que se afianzó durante el rodaje de esta película, uno de los más gloriosos clásicos de aventuras del cine de Hollywood. Se da, no obstante, la circunstancia de que Rathbone, espadachín experto, siempre tenía que verse superado por el galán protagonista, aunque sus leotardos y su peinado lo asemejaran al príncipe de las galletas.

Esta secuencia es uno de los mejores duelos a espada filmados en el periodo clásico, a toda velocidad, como si las armas y los años no pesaran. Fastuoso colorido gracias a la fotografía de Tony Gaudio y Sol Polito, y vibrante y grandiosa partitura de Erich Wolfgang Korngold.

Palabra de Vivien Leigh

-Mis padres eran franceses e irlandeses y nuestra familia tiene incluso sangre española, y yo amo a los Estados Unidos y me considero parte estadounidense.

-El individuo es simplemente un intérprete de lo que el dramaturgo piensa, y por lo tanto, cuanto mayor sea el dramaturgo, más satisfactorio es actuar en las obras.

-Cuando entro al teatro, siento una sensación de seguridad. Me encanta la audiencia. Me encanta la gente, y actúo porque me gusta tratar de dar placer a la gente.

-Eva Perón fue una persona afortunada. Murió a los 32 años. Yo ya tengo 45.

-[George Bernard] Shaw es como un tren. Uno solo dice las palabras y se sienta en su lugar. Pero Shakespeare es como bañarse en el mar, uno nada donde quiera.

-Yo no soy una estrella de cine, soy una actriz. Ser una estrella de cine es una vida falsa, vivida por valores falsos y publicidad.

-A veces temo la verdad de las líneas que digo. Pero ese temor no se debe mostrar.

-La gente piensa que si pareces bastante razonable no puedes actuar, y como solo me importa actuar, creo que la belleza puede ser una gran desventaja.

-¿Recuerdas ese fragmento en el que Scarlett expresa su felicidad de que su madre esté muerta, para que no pueda ver lo mala que Scarlett se ha vuelto? Bueno, esa soy yo.

-La comedia es mucho más difícil que la tragedia, y un entrenamiento mucho mejor. Es mucho más fácil hacer llorar a la gente que hacerla reír.

Mis escenas favoritas: Toma el dinero y corre (Take the Money and Run, Woody Allen, 1969)

Fragmento del debut de Woody Allen tras la cámara en esta crónica de las andanzas del incompetente atracador Virgil Starkwell (Allen), que incluyen una surrealista entrevista de trabajo en las coordenadas del humor absurdo.