Extraño caso de cine presciente: La conversación (The conversation, Francis F. Coppola, 1974)

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La conversación o el peligro de remontar la realidad en un estado de paranoia. Realizada entre las dos primeras partes de la trilogía de El Padrino, esta película de Francis F. Coppola, aparentemente menor, crece con el tiempo para convertirse en un extraño y evidente ejemplo de presciencia cinematográfica, una cinta que anticipó, por muy poco pero con gran dramatismo y una adecuada atmósfera pesadillesca, y he ahí el detalle verdaderamente escalofriante, el clima de paranoia pública que iba a vivirse tras el descubrimiento del caso Watergate y la publicación de las pruebas de la implicación de la Casa Blanca y del presidente Nixon en el caso de espionaje político más importante y decisivo de la historia norteamericana. El tiempo, sin embargo, ha determinado lo anecdótico de este aspecto puntual de la película, estrenada muy poco después del estallido del escándalo pero rodada al mismo tiempo que estaban teniendo lugar las actuaciones ilegales en la sede del partido demócrata; el enorme poder de previsión del filme se sitúa más bien en otras coordenadas más próximas: en la influencia que el exceso de información y, sobre todo, que el fácil acceso a contenidos compartidos o susceptibles de serlo y la sobreexposición de los particulares a los medios de comunicación, públicos o privados soportados en plataformas de acceso público, han tenido y tienen sobre las relaciones físicas entre las personas, del efecto de atrofia, de entorpecimiento que la abundancia de medios y formas de comunicarse tiene sobre el contenido final de lo que se comunica, y en cómo esa deficiencia, esa carencia, mina poco a poco los vínculos personales e incluso la propia personalidad puesta en relación con lo que los otros ven y saben de uno mismo. Luis Buñuel ya nos advertía en sus memorias respecto a su odio a la información, un pensamiento que el escritor Javier Marías formalizó en una inquietante sentencia: “El 1984 de Orwell nos parecía a todos una pesadilla, un infierno. La versión real de eso, multiplicada por diez, a las generaciones actuales les parece de perlas”.

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Coppola habla de la descomposición de la sociedad americana de su tiempo (y del nuestro, y no sólo americana sino mundial, o al menos del mundo occidental) a través de la figura de Harry Caul (Gene Hackman, en una interpretación sobresaliente marcada por la contención y la introspección), un profesional de la vigilancia y de la obtención de información de enorme prestigio entre sus colegas. Se trata de un hombre extraño, tímido, triste, retraído y solitario, que tal vez se encuentra más a gusto escuchando conversaciones ajenas, acechando, siguiendo o mirando a través del visor que en compañía de personas de carne y hueso. Con ellas se muestra azorado, atolondrado, incómodo, desorientado, no sabe qué esperar, cómo comportarse, cómo mostrarse. Únicamente en el trabajo, o en sus largas veladas domésticas acompañando discos de jazz con su saxofón parece ser él mismo.

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El confuso fragmento de una conversación tomada en una vía pública muy transitada y rodeada de ruidos de todo tipo, todo un ejemplo de su virtuosismo técnico, le lleva sin embargo a un estado de obsesión que conecta con un oscuro hecho del pasado, la razón última por la que abandonó su trabajo en la fiscalía del distrito de Nueva York y se mudó a San Francisco para trabajar en el sector privado. Contraviniendo su norma profesional de marcar distancias con el contenido de la información que obtiene, y vulnerando de manera aún más flagrante si cabe su decisión personal de separarse de todo aquello que suponga un excesivo contacto con la gente, una implicación emocional con las personas que lo rodean, Harry inicia una espiral de actividades que al mismo tiempo que le van obsesionando más y más con el objeto de sus pesquisas le van apartando de las pocas personas que lo ayudan y lo comprenden, como su amante (Teri Garr), de la que lo único que sabe es porque se ha ocupado él mismo de averiguarlo con las herramientas de su trabajo sin darle a cambio ninguna información propia, o su compañero y colaborador, Stan (el gran John Cazale, el mejor actor con la mejor filmografía corta de toda la historia del cine).

La paranoia de Harry nace con la combinación de un segundo factor implacable: el tiempo. Sospechando la turbiedad de las verdaderas intenciones de quien le encargó el trabajo, el director de una importante empresa (Robert Duvall, en una breve colaboración), y más todavía de su secretario (Harrison Ford, en un breve pero enjundioso papel), un tipo que parece tener motivos propios para acceder a las cintas que el equipo de Harry ha grabado, Harry se embarca en una investigación personal, con los escasos datos con que cuenta, para destapar el misterio antes de que la muerte anunciada tenga lugar y su intento de enmendar su error (ponerse al servicio de quienes pueden hacer un uso pernicioso de sus aptitudes profesionales) y su pasado (evitar que aquello que le corroe por dentro vuelva a repetirse) llegue demasiado tarde.

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Y ahí viene el toque maestro de la película de Coppola, el giro final que la convierte en un título que avanza buena parte de las transformaciones sociales que se avecinan a causa, o por culpa, de la vida en una sociedad de la información despierta las veinticuatro horas, y de la que ha desaparecido cualquier mínima exigencia de contraste de la información, de búsqueda de la veracidad, en favor del impacto del minuto de oro. Harry reconstruye una realidad a la medida de su paranoia, junta los datos de manera selectiva para convencerse a sí mismo de una conclusión a la que ha llegado previamente en su enfermiza deriva emocional, intenta que sus averiguaciones encajen con un resultado predeterminado, y por lo tanto su castillo de datos se cae como arrastrado por un ventilador. Harry ha apostado su vida personal y su carrera profesional en un juego en el que ha jugado mal todas las cartas, y que le ha costado su vida, sus amigos, su amor, su hogar (él mismo lo destruye meticulosamente, milímetro a milímetro, en busca de un micrófono oculto), su fe cristiana y su libertad. Sólo le queda la veneración de unos compañeros de profesión que viven en un mundo oculto, subterráneo, donde siempre es de noche y cualquier luz es artificial, y un remordimiento, ahora doble, del que no puede consolarle una fe cristiana que también le ha dejado tirado.

Con su puesta en escena naturalista, gracias a la fotografía de Bill Butler, y su atmósfera amenazante y opresiva (la plaza atiborrada, el interior de la furgoneta repleta de cables, cámaras y aparatos, la feria de muestras llena de gente, el coche en el que viajan ocho o nueve personas, etc., en contraste con el loft semivacío casi por completo donde Harry tiene la sede de su empresa, por el que Stan se mueve en ciclomotor), subrayada por las inquietantes notas del piano de David Shire, La conversación emerge desde una distancia de más de cuarenta años como una clara advertencia del futuro que nos aguarda, de un presente que ya vivimos, condicionado por el tráfico de datos, diluido en una catarata de imágenes, y en el que día a día nos vamos viendo privados más y más de las herramientas para su correcta y coherente interpretación.

10 Respuestas a “Extraño caso de cine presciente: La conversación (The conversation, Francis F. Coppola, 1974)

  1. Mi querido Alfredo, me quito el sombrero ante su texto y reflexión. Y dejas totalmente al descubierto que La conversación es una película a la que regresar, a reivindicar. Como muchas películas no dejan de dialogar con el presente. Y también cómo el cine abre la mirada, aporta reflexiones, pensamientos y “lee” el mundo que nos rodea ofreciendo llaves.

    Beso entre conversaciones
    Hildy

    • Ah, ¿pero usas sombrero…😉 ?

      A mí cada vez me gusta más. Posee toda la inquietud y la zozobra de una sociedad insegura, casi desquiciada cuando no es capaz de mantenerse conectada las 24 horas, cuando no está a la última noticia de la última sensación viral, sea o no importante, sea crucial o cualquier chorrada. El cine, cuando es bueno, nos habla de nosotros más allá del tiempo y del espacio. Qué suerte tenemos de que nos guste tanto.

      Besos

  2. Mi querido Alfredo, me quito el sombrero ante su texto y reflexión. Y dejas totalmente al descubierto que La conversación es una película a la que regresar, a reivindicar. Como muchas películas no dejan de dialogar con el presente. Y también cómo el cine abre la mirada, aporta reflexiones, pensamientos y “lee” el mundo que nos rodea ofreciendo llaves.

    Beso entre conversaciones
    Hildy

    pd: perdón por la duplicación pero ahora el enlace es otro, el antiguo ya no funciona. Cosas tecnológicas que cómo no mi mente analógica va asimilando con retardo

  3. El otro día me la comentaste y la volví a ver de nuevo después de unos cuántos años. Excelente disección, amigo. Aunque La conversación se estrenó tras el escándalo Watergate, Coppola afirmó haber empezado a trabajar en su guion ya en 1967. Es evidente que la película explora un territorio distinto al de las restantes películas sobre conspiraciones de los años 70; y que, en esencia, se trata de la versión norteamericana de la típica película de “arte y ensayo” europea (y concretamente de Blow-up, 1966, de Antonioni).

    La forma que utiliza Coppola la estructura del thriller para poner de relieve la crisis moral, emocional y espiritual de Harry Caul, pero sin relacionar explícitamente una cosa con la otra. La película no es sobre el espionaje, la conspiración o el asesinato, ya que esos elementos sirven únicamente como trampolín para sumergirse en los verdaderos temas de La conversación: la alienación, la incomunicación, la soledad y el sentido de responsabilidad; es decir, ideas abstractas frecuentemente abordadas por el cine de “arte y ensayo”.

    “No me importa de qué estén hablando… lo único que quiero es una buena grabación”, le dice Harry a su compañero Stan mientras espían el encuentro entre la joven pareja al comienzo de la película.

    Varios críticos se quejaron de que Coppola no fuese capaz de desarrollar y clarificar la trama de la película con la misma habilidad y cuidado que aplicó al retrato de Harry Caul. El papel desempeñado por Robert Duvall como el director que le contrata sigue resultando oscuro, mientras que el cambio de víctimas a verdugos que se produce al final de la película resulta excesivamente brusco. Pero ésas son las consecuencias inevitables de la decisión de oponer entre sí las dos partes de que se compone La conversación en lugar de unirlas. Según la grabación inicial se repite una y otra vez y se va entendiendo su significado, la naturaleza de los acontecimientos relacionados con la misma se va convirtiendo en alucinatoria en lugar de real. La posibilidad (sutilmente expresada) de que el asesinato ocurra únicamente en la propia mente de Harry hace que el verdadero tema de la película salga a la superficie con todavía mayor claridad. El intento de Harry por adentrarse en un espacio ocupado por los asesinos y su víctima muestra hasta qué punto se trata de un individuo perdido en el entorno que le rodea.

    Perdona por toda esta verborrea o diatriba. Mi psicoanalista me aconseja siempre que hable menos, al revés de todos los demás pacientes.

    Abrazos

    • Efectivamente, a Coppola no le interesa construir una trama perfecta, una intriga en la que todo encaje. A él le interesa la cuestión de fondo, y cómo son tipos como Harry los que crean esas situaciones o bien esas situaciones son las que crean tipos como Harry. La intriga es un pretexto para algo mucho más profundo e inquietante. Cuando Harry destroza su piso asistimos realmente a su propia destrucción, hasta el último resquicio, esa virgen de plástico cutre.

      Empezarás a tener problemas cuanto tu analista te cobre por palabras en vez de por horas…

      Abrazos

  4. Esa es sin duda una película clásica por su trascendencia permanente; cuando se estrenó, todos esos artilugios parecían maravillas y ahora a muchos les parecerán ridículos y quizás inextricables misterios; las horas que pasa Harry con su magnetofón de bobinas pertenecen por derecho propio a la historia.

    Pero su clasicismo, evidentemente, proviene del hecho, estupendamente resaltado en tu reseña, Alfredo, de la importancia que paso a paso va tomando el individuo, ese Harry pretendidamente tecnológico sin sentimientos, únicamente buscando la grabación perfecta, que, en razón de su propia condición humana, acaba por pasar de mero oyente a escuchante y aún más allá, implicándose personalmente de modo que la alteración sobrevenida resulta fatal e inevitable. La escena en que convierte todo en astillas es significativa y concluyente.

    Tengo para mí que, ciertamente, Coppola con esta película tan personal, tan querida por él mismo, pretendía y consigue aún hoy advertirnos del necesario control y cuidado extremo con el que hay que lidiar con ciertas tecnologías cuyo mal uso produce resultados nefastos para cualquiera. Esos ruidos con los que se inicia el metraje, ese ambiente teóricamente plácido en el que hay unas ondas intrusas invasoras de la privacidad e intimidad, no tan sólo van más allá de Orwell: casi que anuncian lo que luego se ha sabido respecto a la ciber vigilancia manejada por gentes extrañas, ocultas.

    ¿Qué haría el pobre Harry, ahora, sabiendo que quizás todo lo que se escribe en el ciber espacio, es leído por robots con instrucciones desconocidas?

    Un abrazo.

    • Jo, parece que esta película nos inspira a todos particularmente.

      Efectivamente, parece un caso de rebelión humana, o humanizadora, frente a la deshumanización de la tecnología. Una tecnología que, como bien observas, ahora a mucha gente le moverá a la risa, o al menos a la mirada condescenciente. En términos goyescos, puede decirse que la tecnología sin sueño produce monstruos.

      Seguramente, el pobre Harry, hoy en día, trabajaría en Google o sería un youtuber que perdería el tiempo extendiendo gilipuerteces virales en la red.

      Abrazos

  5. Desde mi punto de vista muy probablemente sea la mejor película de Coppola, y seguramente de las que más quiso. Leí por ahí que entre otras cosas, aceptó hacer El padrino parte II para que le financiaran La conversación. Lamentablemente (y sin quitarle el mérito que tienen) es casi desconocida para el gran público que suele quedarse con la trilogía y Drácula, al lado de otras obras suyas más personales como La conversación y Tucker.

    Se puede leer un homenaje explícito a esta película en Enemigo público de Tony Scott, donde Gene Hackman hace casi que el mismo personaje que en la película de Coppola.

    • No me cabe duda de que está entre sus preferencias. Sí me cabe en cuanto a que sea la mejor, pero no en que sin duda es la más personal, la más pensada, profundamente ligada a él mismo. Personalmente, a las primeras dos partes de El Padrino, sumo esta y Apocalypse Now.

      En cuando a los homenajes, si vienen de Tony Scott, no sé yo si es para alegrarse mucho…

      Gracias por tu comentario. Muy interesante y atinado.

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