El crimen no sale a cuenta: Los ojos dejan huellas (José Luis Sáenz de Heredia, 1952)

Ni mucho menos todo el cine realizado durante la dictadura franquista puede etiquetarse como rancio o casposo, pero es que ni siquiera en la obra de uno de los más grandes adeptos al régimen, José Luis Sáenz de Heredia, todo lo que se encuentra obedece necesariamente al catálogo de las consabidas cintas de exaltación patriótica, la promoción de valores religiosos y moralizantes, los dramas que adaptan clásicos literarios o las comedias amables con alto contenido sentimental y en ningún caso reñidas con los principios fundamentales del llamado Movimiento Nacional. Muy al contrario, antes de dejarse arrastrar por modas más comerciales, “abiertas” y “atrevidas” en las décadas siguientes, filmó uno de los más eficaces noirs españoles (con participación italiana), por derecho propio una de las mejores películas españolas de la década y referente ineludible del género en España. Y como resulta primordial en el cine negro, es la ineludible fatalidad la que arrastra al protagonista a una espiral que solo puede conducirle a la autodestrucción, pero también, como es consustancial, no hablamos de un inocente, sino de un personaje con aristas no siempre favorables a su identificación con el público; son sus propias acciones, sus decisiones éticamente más que discutibles, las que marcan la tragedia a la que se ve abocado, el desenlace anunciado.

Este personaje es Martín (Raf Vallone), individuo arisco y antipático que, debido a un error del pasado que le costó su expulsión del colegio de abogados, malvive como representante de venta de perfumes, recorriendo Madrid de punta a punta y de la mañana a la noche con su muestrario en la cartera y sin poder ganarse dignamente la vida. En la fonda en la que cena habitualmente se topa con un antiguo compañero de estudios, Roberto (Julio Peña), que anda muy bebido y busca la manera de eludir a su esposa (Elena Varzi) para poder pasar la noche con su amante. El reencuentro abre una posible vía de negocio y de redención para Martín, pero su orgullo y su desprecio por todo y por todos, empezando por él mismo y terminando por Lola (Emma Penella), la joven con la que sale de vez en cuando y a la que trata con desdén y desprecio, le impiden acercarse a su viejo camarada de la Facultad de Derecho y congraciarse con él. No obstante, cuando Roberto cree haber matado al hombre en cuya compañía ha hallado esa noche a su querida, acude a pedir ayuda a Martín, que no se siente precisamente inclinado a socorrer a uno de esos tipos acomodados y solventes de los que reniega y a los que odia. Porque Martín aborrece a todos aquellos que tienen lo que él no puede tener, que viven la vida que él no puede vivir, que disfruta de las comodidades y los caprichos que él no puede permitirse. El rencor gobierna su vida hasta el punto de que la petición de ayuda de Roberto se convierte en un instrumento de venganza personal contra el mundo que siente que conspira contra él. Decidido a aprovecharse de las dificultades de Roberto, y dejándose invadir por el súbito deseo que siente por Berta, su esposa, Martín elabora un plan construido sobre la más absoluta doblez: mientras convence a Roberto de que debe fingir un suicidio para después poder huir de España de manera clandestina, en realidad lo que se propone es ocupar el lugar de Roberto ante Berta y ante el mundo, hacerse con su espacio, disfrutar de la vida fácil y segura de Roberto, de los lujos, la despreocupación y los ambientes más refinados y atractivos, una vida a la que él cree que tiene derecho. Naturalmente, hablamos de cine negro, las cosas se complican, y ni Berta es una inexperta en los juegos de dobleces ni la policía, hablamos de cine español en la etapa franquista, deja pasar fácilmente historias que no terminan de encajar. Así, el comisario Ollaza (Félix Dafauce) y el agente Díaz (Fernando Fernán Gómez, policía poco ortodoxo y bastante despistado que pone el contrapunto cómico al argumento criminal central), investigan el asunto incluso cuando este está oficialmente cerrado, dispuestos a ejercer la tutela protectora de Berta frente a un hombre de cuyas maquinaciones no han dejado de sospechar toda vez que las únicas pruebas disponibles de la muerte de Roberto (la carta firmada por él, el arma con sus huellas y los doce testigos que se hallaban en el Café Gijón en el momento en que se disparó en el corazón) apuntan al suicidio como causa de la muerte.

La retorcida y compleja sinopsis anuncia que nos encontramos ante una cinta rica y repleta de estímulos que, sin dejar de recorrer los cánones del género, también proporciona un sabor propiamente hispánico, en particular de las carencias y privaciones de la posguerra española. Los lugares emblemáticos de Madrid, El Pardo, Toledo o El Escorial que se visitan, así como la caracterización de los lugares necesariamente humildes y deprimidos por los que transcurre la vida diaria (casi convendría decir nocturna, de Martín y Lola), ejercen de espejo en el contrapunto que estos suponen respecto a las lujosas casas, los restaurantes, las salas de fiestas y los clubes por los que transitan Roberto y Berta. Igualmente, ofrecen una doble visión de la España de los primeros años cincuenta, el culto a la idea de Imperio, pasada y presente (Toledo, El Escorial y la visita al palacio del Pardo, cameo de la Guardia Mora incluida), frente a la precariedad económica y social de buena parte de la población, la propaganda del buenismo policial como tutela necesaria de los ciudadanos de bien durante lo que no era más que una dictadura militar con la divertida alusión de Berta a la censura, totalmente inesperada y por ello doblemente significativa al venir de la mano de uno de los directores oficiales del régimen. Estos contrastes vienen acentuados por, según el caso, elegantes y estilizados movimientos de cámara en entornos de grandes espacios bien iluminados, cuando de ambientes sofisticados y suntuosos se trata, y una mayor tosquedad y sequedad de los planos y del montaje cuando la historia se sumerge en la fonda, la casa de Martín o las calles oscuras y despobladas de la noche madrileña, llenos de sombras, callejones, solares vacíos, charcos y desconchones.

Pero ante todo se trata de una película de cine negro que, jugando asimismo con la idea de duplicidad en lo que supondría el carácter de mujer fatal, sigue las normas del género. En particular en lo que se refiere a su protagonista, un hombre arrastrado ya desde el inicio (desde la elipsis que elude el verdadero principio de la historia, en realidad) a una dinámica destructiva en la que, como está mandado en el noir, sus desesperados esfuerzos por atrapar una última oportunidad que la suerte parece brindarle y con la que ya no contaba, no son más que las mismas fuerzas que le empujan hacia un destino fatal que lo condena, como el nadador que se ahoga porque son precisamente los desesperados braceos y pataleos para intentar salvarse los que lo arrastran irremisiblemente hacia el fondo. Raf Vallone compone magníficamente este personaje odioso y repulsivo, hombre sin escrúpulos que no se detiene ante nada para lograr aquello que decide que merece más que nadie, aunque suponga jugar con las vidas de quienes lo rodean. Una vez más queda comprobado, como siempre nos enseña el cine negro, que el crimen nunca sale a cuenta. Aunque, recordemos, el cine negro es, como todo cine, una hermosa mentira.

4 comentarios sobre “El crimen no sale a cuenta: Los ojos dejan huellas (José Luis Sáenz de Heredia, 1952)

  1. Totalmente de acuerdo. Una cosa es tener una ideología nefasta y después añadirla a la obra. José Luis Sáez de Heredia tiene películas con esta ideología y otras no, y las que no lo son me resultan estupendas. Ahora que vivimos en unos tiempos de denuncia constante por el postureo político y social, nadie se atrevería a hablar bien de según qué cosas. Me gusta esta película, tanto como “Historias de la radio”. Lo mismo diría de escritores de nefastas ideologías como lo fueron Álvaro Cunqueiro y Agustín de Foxá. Del primero no se aprecia en sus magníficas obras nada de esto, y del segundo su “Madrid, de corte a checa”, es una obra estupenda. Ahí tenemos a Louis-Ferdinand Céline declaradamente antisemita, pero en su magnífico “Viaje al fin de la noche”, no se aprecia nada de eso y esa novela es una de las más importantes del siglo XX. Bueno, los ejemplos son numerosos. Ahora se juzga todo en un artista, incluso si insulta a un policía por la calle por haberle puesto una multa. Hasta podría acabar con su carrera. Hoy todo se mira con lupa y el artista tiene que ser intachable en todo, un prototipo de cenutrio perfecto en la vida familiar y social. Menuda carnicería cultural. Esto es un asco. Me ha llegado a decir el propietario de una librería que no tiene las novelas de Dashiell Hammett y Raymond Chandler porque eran unos borrachos machistas. Y en otra, hace ya un par de años, la propietaria de la librería me dijo que no quería ver un solo libro en su negocio de Ernest Hemingway porque no era un hombre de vida ejemplar: cazador, machista, borrachuzo, putero, etcétera. Señora, le dije, ¿y su obra? Por lo visto ella prefería a un payaso ejemplar con obras muy mediocres. Hoy, lo importante es dar el pego en la sociedad, en las redes sociales y en la tele. Hacer donaciones a causas justas, hacer deporte, beber agua, tener perros, sonreír siempre, aunque seas un completo gilipollas. Y ya ni te hablo si los artistas viven en un país fascista y no lo son, es decir, al revés de todo lo expuesto aquí. No solo son ninguneados, sino también insultados y destrozados sus libros en las bibliotecas. Fíjate el caso de Juan Marsé, por ejemplo.

    Creo que me estoy arriesgando demasiado el dejar aquí este comentario. Ya sabes lo que ocurre una vez abierta la veda.

    Abrazos mil

    1. Pues totalmente de acuerdo. El postureo es lo que se lleva, como esa famosa librería “feminista” de Madrid que solo admite libros escritos por mujeres. Da igual de lo que traten, no se admiten libros escritos por hombres aunque la protagonista sea una mujer. Ni siquiera admitirían una historia del feminismo escrita por un hombre. De modo que, siglos después, nos encontramos con que la fe (en tu partido político, en tu programa de la tele favorito, en tu periodista de cabecera o en tu equipo de fútbol) o los derechos concedidos por nacimiento (sexo o lugar de venida al mundo) son los que mucha gente espera que sean categorías generales a las que adecuar la realidad. Y encima se disfrazan, en muchos casos, de progres, cuando lo que se defiende es volver al estado mental más reaccionario desde la Ilustración. Y es que, cuando tú pones sobre la mesa que los criterios para decidir algo sobre alguien son la raza, el sexo o el lugar de nacimiento, aunque sea para bien, eres racista, sexista y nazi por definición. El verdadero logro es, justamente, el contrario, que esos conceptos desaparezcan como criterio decisor; sin embargo, encontramos multitud de personas que no solo no buscan que ese criterio no se tenga en cuenta, sino todo lo contrario, que sea el único a tener en cuenta.

      Así que, como Truffaut, vivamos dentro de los libros y de las películas, porque el mundo exterior, esta sostenida decadencia nuestra, se hace insoportable.

      Abrazos

  2. Uno de los alicientes para conseguir esta película, que todavía no he visto, es Raf Vallone. Ahí se me ha despertado un resorte y unas ganas tremendas de ver la peli.
    Efectivamente no “todo el cine realizado durante la dictadura franquista puede etiquetarse como rancio o casposo”. De hecho, en estos últimos años he descubierto verdaderas joyas realizadas durante este largo periodo. Y, sí, es cierto, incluso directores “oficiales” tienen títulos que merecen la pena en su filmografía. Como muestra también la obra de José Antonio Nieves Conde, con Surcos, El inquilino o Los peces rojos.
    Analizar estos periodos oscuros y las películas que se realizaron es muy interesante: pasa con el cine español durante el franquismo, con el cine alemán durante el nazismo o con el cine italiano bajo Mussolini. Además da la casualidad de que estos tres dictadores: Franco, Hitler y Mussolini… ¡eran muy cinéfilos! Ahhh, y se me olvidaba, también le encantaba el cine a Stalin.

    Beso
    Hildy

    1. Ay, es que Nieves Conde es del régimen, falangista incluso, pero de un sector de Falange que no estaba muy contento, precisamente, con lo que Franco había supuesto después de la guerra, algo altamente decepcionante para algunos falangistas que creían que durante la contienda habían apoyado otra cosa. En fin…

      Y más de uno de ellos tenía problemas testiculares, ya fuera por el número o por la calidad de los mismos. Ahí lo dejo…

      Besos

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