Mis escenas favoritas – El señor de los anillos… o casi

Quien escribe no es particularmente seguidor de esa pareja de humoristas llamada Cruz y Raya ya divorciada ni tampoco de ninguno de sus miembros por separado. El señor de los anillos no es una trilogía que, más allá de su espectacularidad visual y su apelación a la épica, despierte mayor interés. Pero la mezcla de ambos proporcionó uno de los momentos más hilarantes de los tiempos recientes de una televisión, la española, acostumbrada a despertar, al menos en sus programas más vistos, la vergüenza ajena. Síntesis paródica de dos personajes y una larga historia en mucho menos de las nueve horas y pico de la trilogía original.

Cine en serie – El señor de los anillos (El retorno del rey)

MAGIA, ESPADA Y FANTASÍA (IX)

Último capítulo de la monumental trilogía de Peter Jackson, adaptación a su vez de la famosa trilogía de Tolkien, El señor de los anillos (El retorno del rey) es la apoteosis final, el estratosférico acopio de sus grandes virtudes y defectos como obra cinematográfica y también como adaptación a la pantalla de una obra literaria. En cuanto a la trama, una vez sitiado y derrotado Saruman, la batalla decisiva se libra en Gondor, donde Aragorn (Viggo Mortensen, como si hiciera falta decirlo…) se dispone a reclamar el trono que le pertenece y ante cuyas puertas Sauron se dispone al asalto final con su gran ejército. Sus enemigos pretenden frenar su avance lo más posible, resistir hasta la muerte si es preciso para, a la vez que intentan derrotar a sus irresistibles enemigos, dar tiempo a Frodo y Sam a que lleguen al Monte del Destino y se deshagan del anillo y distraer al mismo tiempo a Sauron para que preste atención al combate y de despiste de las andanzas de los pequeños hobbits.

La película recupera en parte el vigor y la orientación perdidos en la segunda entrega pero hace gala en mayor medida de los defectos apuntados en la misma (esquemáticos retratos de protagonistas y situaciones, personajes arquetípicos, dependencia de los efectos, pérdida de pulso, excesiva acumulación de detalles, nula labor de descarte como adaptación, doscientos un minutos de duración…). Sin embargo, a lo sombrío de su antecesora antepone de nuevo la majestuosidad y la monumentalidad, en este caso casi operística, del primer capítulo, con espectaculares paisajes y recreaciones, digitales, eso sí, de los escenarios donde transcurre la acción y fenomenales (aunque, de nuevo, excesivamente computerizadas) escenas de combate en plan videojuego que vuelven a pecar de algún guiño humorístico innecesario así como de un abuso de los efectos que nos conducen más al gráfico del ordenador que al fotograma. Eso vuelve a ser un problema, el abuso del ordenador, capaz de recrear una imagen pero no de darle espíritu, fuerza, cuerpo, que en vez de hacer más real un personaje, lo vuelve más irreal, imposible.

Con todo, la mayor perversión de la cinta es no saber podar buena parte del excesivo relato de Tolkien. Como recreándose en la aproximación al final, tanto el libro como la película se pierden en recovecos dilatorios, en últimos capítulos que hacen perder el hilo directo de la acción, que provocan la aparición de sucesivos clímax y saltos de tensión o incluso la desaparición de ésta en algunos momentos, en un ansia incomprensible de querer contarlo todo. Así, además de que la cinta se va de minutos sin sentido, como ya ocurriera con la anterior entrega (mucho más si de la versión extendida se trata), incrementa su sensación de vacío, de que tanta alharaca final no sirve para cubrir los agujeros que ha ido dejando durante las largas horas anteriores en cuanto a personajes y trama, de que tras los árboles, en esta ocasión, no vemos el bosque, sino una enorme extensión de nada. Así, la alargada conclusión tras el final de la batalla y del episodio del anillo, y también el larguísimo epílogo con los hobbits de vuelta en La Comarca, no hacen sino servir al tedio, al exceso, a la incapacidad para finiquitar una historia que, desposeída de la paja, da para bastante menos. Eso, unido a la conversión de lo épico en lo sentimental, hace que la película pierda fuelle y que carezca de un registro único, solvente, de un pulso firme que la haga caminar como un todo.

Como apunte final, dos cuestiones sobre el argumento que vienen ya viciadas desde el libro. En primer lugar, el giro final, el que permite a los “buenos” vencer en la gran última batalla. Evidentemente, cuando uno crea un enemigo tan formidable, numeroso y temible, es imposible que resulte creíble que ese enemigo pueda ser vencido. En la misma línea que esos productos de suspense que crean una intriga tan intrincada, laberíntica y elaborada que sólo puede resolverse traicionándola, que el autor se haga trampas a sí mismo y pueda dar salida a la trama a través de las limitaciones que la propia magnitud de su relato ha generado, en este caso es preciso crear, más bien sacarse de la manga, un último aliado para la causa del bien, inexistente durante más de mil páginas y seis horas largas de película previas, que acabe con los malos en un abrir y cerrar de ojos cual séptimo de caballería llegado en el último momento. Una de las grandes debilidades de la obra de Tolkien no ha sido resuelta por Jackson y su equipo, precisamente allí donde la labor del adaptador ha de saber resolver los mecanismos narrativos que en la obra original no funcionan.

Por último, la otra cuestión es precisamente la caracterización invencible del enemigo, del mal. Porque, tanto en el libro como en la película, las filas de Sauron cuentan con un innumerable ejército de luchadores terribles y poderosos, pero también de criaturas malignas invencibles, un grupo que durante páginas y páginas, o minutos y minutos, es retratado de manera grandiosa, amenazante, irresistible, imparable. Pero, pensemos detenidamente: ¿qué consigue esa gran fuerza durante los tres libros o las tres películas? ¿Qué grandes poderes tiene Sauron para llevarlos a la victoria? ¿Qué batallas vencen, a qué enemigos logran eliminar? ¿En qué se traduce esa abrumadora superioridad sobre las fuerzas del bien? En nada. Las tropas de Sauron son amenazantes, imparables, invencibles porque un montón de personajes durante cientos de páginas y minutos en la pantalla se dedican a repetir lo amenazantes, imparables e invencibles que son, pero nunca las vemos vencer, dar rienda suelta a su crueldad, saquear, incendiar, asesinar, devastar. Más bien, sólo pueden apuntarse, en realidad, un tanto: la muerte de Boromir. Porque, a lo largo de los libros y las películas, más allá de perseguir, amenazar, apabullar por número e impresionar con sus uniformes negros y la nube de oscuridad que llevan tras ellos, ¿en qué batalla vencen? Si se tratara de un equipo de fútbol habrían cesado a Sauron por falta de resultados… Tanto enemigo, tanta tropa, tanto ejército, y siempre es vencido, en algunos momentos en tiempo récord, y lo que es peor, no puede apuntarse ningún tanto a favor porque siempre hay un milagro último, un golpe de suerte, un aliado todavía más poderoso y con el que nadie contaba antes, que salva a los buenos. En ninguna obra literaria o cinematográfica ser perdona algo así: para Tolkien, un genio sin duda, su imaginación es, además de su coartada, su bula para todo.

Cine en serie – El señor de los anillos (Las dos torres)

MAGIA, ESPADA Y FANTASÍA (VI)

La segunda parte de la monumental adaptación a la pantalla de la obra de J.R.R. Tolkien por Peter Jackson y su equipo da comienzo en el punto en que la Comunidad del Anillo se disuelve: Frodo y Sam siguen su camino hacia Mordor, Merry y Pipin han caído prisioneros de los orcos de Sauron, y Aragorn, Legolas y Gimli, dejando a los pequeños portadores del anillo que encuentren su propio destino, van tras los cautivos para liberarlos, mientras Sauron y su aliado Saruman siguen acumulando fuerzas con las que aplastar a las razas libres de la Tierra Media, desunidas y parapetadas tras sus débiles defensas…

Tras el impactante efecto sorpresa de la primera entrega, Las dos torres ofrece más de lo mismo (pero peor) en la forma, aunque empieza la decadencia en cuanto al fondo. Como dijimos en su momento en esta misma sección, a medida que la trilogía avanza, sus grandes virtudes se van poco a poco diluyendo y los pequeños inconvenientes del primer capítulo, minimizados ante la grandiosidad del conjunto, van creciendo hasta poco a poco adueñarse de este puente hacia la conclusión. El problema, precisamente, es la entrega incondicional a la espectacularidad de las formas y el paulatino descuido de unas, ya de por sí, demasiado elementales, lineales, esquemáticas cuestiones de fondo (personajes, psicología, motivaciones, reacciones ante los hechos…) siguiendo, obviamente, las pautas marcadas por Tolkien pero haciendo que la película, exactamente igual que su antecesora y su continuación, dependa en exclusiva de los conocimientos previos del espectador sobre la obra literaria a fin de que pueda entender la lógica de acontecimientos y personajes, sin que se trate de un producto cinematográfico autónomo. Continuar leyendo “Cine en serie – El señor de los anillos (Las dos torres)”

Cine en serie – El señor de las bestias

bestias

MAGIA, ESPADA Y FANTASÍA (II)

Las cosas como son, esta película es un truño que bien merecería una “tienda de los horrores” para ella sola, pero suerte ha tenido de que gracias a esta serie la metamos aquí, aunque eso no va a ser óbice para que la pongamos a caldo en aquello en que se lo ha ganado a pulso. Nos imbuimos nuevamente de épica fantástica, esta vez despojada en apariencia (pero sólo en apariencia) de referencias mitológicas clásicas, para abordar otro clásico generacional, dirigido en 1982 (el mismo año que Conan, el bárbaro, de la que, por cierto, se prepara nuevo material para 2010, pero sin comparación posible ni por calidad ni por éxito de público) por el irrelevante Dan Coscarelli, especializado hasta el día de hoy en películas de terror fantástico que no ve ni él, y protagonizado por Marc Singer, no el inventor de la máquina de coser, sino el heroico guaperas de la famosa serie de lagartos alienígenas V, que aquí es el mozo recio musculoide que corta el bacalao.

Nos vamos a un desolado mundo imaginario en el que la gente vive en esa atemporal mezcla de sociedad a caballo entre el Neolítico y la edad oscura que conecta la caída del Imperio Romano con el surgimiento del feudalismo (por buscarle una coartada pseudohistórica, claro) y donde la gente viste de pieles y taparrabos, exceptuando a las chicas de buen ver, que lucen modelitos del mismo estilo aunque adaptados a las exigencias del erotismo blanco. En un pequeño reino un sacerdote que auspicia oscuros rituales (Rip Torn, que no sabemos cómo demonios terminó en este bodrio), al cual le han profetizado morir a manos del heredero del trono, ordena a sus brujas el rapto del bebé neonato que la reina está a punto de dar a luz para realizar un sacrificio humano a su dios. El trance consiste, atención, en el mágico trasvase mediante encantamiento del bebé del vientre de la madre al de una vaca, y tendrá consecuencias en el futuro del niño ya que gracias a ello, y no se aceptan preguntas sobre cómo o por qué, desarrollará la habilidad de comunicarse con los animales. Sin embargo, una vez abierta en canal la vaca para sacar la mercancía, cuando la bruja va a llevar a cabo el sacrificio, un pastor que pasaba por allí acaba con ella y salva al niño, se lo lleva a vivir a su poblado, y lo adopta, si bien no se le escapa que lleva en la mano la indispensable y recurrente en estos casos marca de nobleza que le advierte de que el chaval tiene tomate (el planteamiento apesta a referencias mitológicas clásicas, como puede verse). Por supuesto, el mocé crece hecho un mazas y con una destreza en el combate que ya quisieran los marines, pero una mañana, mientras los jóvenes están en el campo en sus quehaceres, una tribu rival arrasa el poblado y mata a todos. A todos menos a él, claro, que comienza un camino de sangre y venganza en el que, acompañado por un par de roedores, un águila y una pantera, además de una joven buenorra, un antiguo consejero de su padre y un muchacho que es el hermano que no sabe que tiene, se enfrentará a los malos malosos, magos, guerreros y criaturas inconcebibles.
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