CineCuentos – El Buen Pastor

North Bedford Drive. Cinco de la tarde. El taxi se acerca al número 505. El sol de California y los corridos mexicanos que saturan el aire sofocante me trasladan por un momento mucho más al sur, o a un pasado en el que las lujosas avenidas de Beverly Hills, con sus abigarradas mansiones, sus escaparates protegidos por alarmas y sus palmeras milimétricamente alineadas no eran más que resecas llanuras robadas a los indios por los españoles y vueltas a robar por los yanquis a los mexicanos para su América de privilegiados.

505. Iglesia del Buen Pastor. Nada que ver con las bellas misiones españolas del área de San Francisco, una vulgar imitación del estilo hispánico colonial hecha de ladrillo pero sin armonía ni gracia alguna, como casi todo lo que lo que se intenta emular en esta tierra, reino de la improvisación, de lo inmediato, de lo perecedero, de lo olvidable. Enfrente del templo pienso en no hace tanto tiempo, cuando a los cómicos muertos se les negaba la sepultura en suelo santo, como a los infieles o a los suicidas. “Infiel o suicida”, hermosos cumplidos con los que la Iglesia ha obsequiado a los cómicos durante siglos, una Iglesia paleta e inculta que reniega de su propia creación, la comedia y el drama al servicio de la representación de dogmas con los que adoctrinar a sus rebaños. Si para ella todos somos hijos de Dios, los cómicos son los hijos repudiados de la Iglesia.

“Con perricas, chifletes”, decimos en Aragón. O como dicen los árabes, de forma mucho más poética,”al perro que tiene dinero, se le llama Señor Perro”. Mientras en muchos lugares del planeta los cómicos seguían siendo marginados, en Hollywood se les levantaba un templo para sus bautizos, sus matrimonios, sus funerales. Da igual que bautizaran hijos “ilegítimos”, que sus rápidos matrimonios fueran vertiginosos divorcios, que sus funerales una redención puramente formal de una vida rica en pecados. Para el Buen Pastor eso no importa mientras se pague el oficio. También se deja usar como plató si se paga por ello. Paradoja: en una película que se titula Ha nacido una estrella se usa el Buen Pastor como escenario para un funeral.

Rodolfo Valentino o Bing Crosby venían a escuchar misa y a comulgar aquí cada domingo después de pecar cada sábado. Elizabeth Taylor se casó ante su altar una de sus ocho veces, para divorciarse un cuarto de hora después. Loretta Young o Rod Stewart aprendieron de ella y la imitaron. Gary Cooper no quiso perderse el mundo de ventajas que ofrece un Buen Pastor que todo lo perdona si hay dinero de por medio. Se convirtió a su fe antes de morir y quiso que su funeral fuera aquí, como el de Valentino.

El día que enterramos a Valentino, allá por 1926, las calles eran un hervidero, y entre la gente normal que lo veneraba se apretujaban Douglas Fairbanks, Mary Pickford, Harold Lloyd o la exótica Pola Negri. No hubo una concentración humana tan enorme y tan distinguida en los alrededores del Buen Pastor hasta que murió Sinatra, otro habitual del local al que se le perdonaba todo cuando sacaba a pasear la cartera. El día del funeral de Sinatra todos estaban aquí. Todos. Ni los funerales de Rita Hayworth, Carmen Miranda, Vincente Minelli, Jean Renoir ni Alfred Hitchcock reunieron a tanta gente. Pobre Renoir. El día que murió ni un alma acudió al Buen Pastor. La semana siguiente, en el funeral de Hitchcock, la policía acordonaba la zona y la prensa debía acudir acreditada para no perderse su entrada en el infierno. Porque si allí es donde van quienes hacen cine, Hitchcock además debió ingresar como cliente distinguido.

El Buen Pastor disculpa el pecado y predispone para él. El Buen Pastor expulsó a los mercaderes del Templo, pero los readmitió en menos de lo que tarda en divorciarse Elizabeth Taylor. Entrada, veinte dólares. Los cómicos siguen sin ser acogidos, salvo que también sean mercaderes. Por eso van al infierno. Bendito infierno al que querría acompañarles y compartir eternidad con Marilyn Monroe, Rita Hayworth, Ingrid Bergman… Grace Kelly no. Ella pertenece a un infierno rosado. Aunque se pasa por el infierno del cine de vez en cuando, dicen.

Cuando me toque el turno, quiero ir al infierno de Hollywood, con todos sus ilustres habitantes, pecadores todos por ser cómicos, infieles y suicidas, como yo. Quiero usar la entrada del Buen Pastor. El propio funeral allí es la única forma de entrar sin pagar veinte dólares.

Vuelvo a mi taxi. Le digo al conductor que pare en el primer bar, un local en un sótano. Ya no hay sol ni corridos mexicanos, sólo un frío helador y una guitarra de blues.

Enrique García Ruiz
Viaje al centro del cine
Huesca, 1990.

20 comentarios sobre “CineCuentos – El Buen Pastor

  1. Yo también quiero ir al infierno Alfredo,es mucho más interesante pasar toda una eternidad con Charlie Parker,Bukowski,Bogart,McQueen,Jean Vigo,Buñuel,Sade,Sinatra…
    Quisiera saber si Enrique García Ruiz ha publicado algún libro sobre cine.

    Un fuerte abrazo desde este infierno sin sustancia.

  2. Qué relato más maravilloso. Podrías haberlo escrito tú, y el placer de leerlo se me hubiera multiplicado por “n”.

    No puedo leer la palabra “cómico” y no acudir ipso facto, como el recurso de la barrera para un torero, a la película del maravilloso Fernan Gómez.

    Un día, siendo yo adolescente pre-universitario, mi abuela me preguntó que quería ser de mayor. En un arranque de juvenil anarquía (de pura coña, vamos) le contesté: “cómico de la legua”. Y fue ella la que me dijo: “pues si te mueres antes que yo -la pobre pensó que iba a ser eterna, más allá de mi memoria- no podré rezarte en ningún sitio”.
    Genial relato, Alfredo.

  3. Pues es verdad, Noe. Incluso yo diría que cada vez es más así.

    Gracias por disfrutarla, Troncha.
    Saludos

    Francisco, pues no, no ha escrito ninguno. Lo sé muy bien. De momento es escritor aficionado y sólo publica alguna cosa esporádicamente en revistas de Internet y cosas así. Sólo puedo decirte que Enrique García Ruiz no es su nombre auténtico.
    Abrazos infernales.

    Gracias, Raúl. Además de que Enrique García Ruiz es un pseudónimo puedo decirte que tampoco deben de ser muy rigurosos los datos de publicación de su libro. Y no digo más.
    Gran anécdota la que citas. Eso ha sucedido antes de ayer, como quien dice. Realmente a veces no somos muy conscientes de la cultura de la que procedemos.
    Un abrazo

  4. Me ha encantado -y sorprendido- ese video de Gary Moore, al que descubrí en su magnífico álbum (vinilo, claro) Still Got the Blues. Solo conozco a un carrozón como yo al que le gusta Gary Moore, lo cual me parece que te coloca en una situación poco popular en cuanto a gustos musicales, de lo cual me alegro, por tí.
    Saludos.

  5. Hazme sitio en el infierno, creo que Francisco Manchuca anda buscando plaza too. Alfredo nos podemos ir de cafés y disfrutar en tan animada compañía. La foto de la iglesia parece un merengue.

    Estupendo texto.

    M

  6. Me ha encantado el artículo Alfredo, y eso que yo tengo mis dudas a la hora de afrontar la relación literatura/cine, que suelen ser dos medios bastante enfrentados desde su misma base, pero en este caso es un gran artículo. Yo me apunto también XD
    Saludos!

  7. Bueno, Missing, me lo llevaré de la mano a esa caña que tenemos pendiente…
    Besos

    Iván, son dudas eternas e irresolubles, me temo. Yo no los veo tan enfrentados (sí en cuanto a sus mecanismos de funcionamiento, pero absoluta y plenamente coincidentes en cuanto a vínculos creativos, y más ahora que la literatura está quedando reducida a una mera descripción de imágenes); es más, el cine es una extensión (tecnológicamente) natural, un perfeccionamiento de la vieja tradición humana de contarse historias, es una sucesión lógica de todo lo que significa eso, una continuación de la literatura y del teatro. Jamás hubiera habido cine sin ellos, y por tanto, en mi opinión, creo que precisamente de lo poco que comparten es la base, la raíz.
    Gracias por lo que dices del artículo; se lo diré a Enrique. Le hará mucha ilusión.
    Un abrazo

  8. Qué fuerte lo de los comediantes, bueno, y más cosas, como lo del divorcio express de la Taylor. Yo también quiero ir a ese infierno. Creo que hasta se me está nublando ya la vista a ritmo de blues.

    Abrazos

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